Seamos realistas y ponderemos lo que realmente le importamos al Sistema

Ser realistas y ponderar puede llevarnos al más devastador desaliento. Sobre todo, porque a poco que analicemos nuestra situación en el intrincado engranaje social, descubriremos, con cierto terror, que no somos otra cosa que piezas que se desgastan y se tiran, se reemplazan por otras nuevas, o se llevan al desguace.

No obstante, y a pesar de tan perturbador realismo, debemos ser también consecuentes con el mundo que hemos ayudado a construir. ¿Qué relevancia podemos tener los ciudadanos de a pie en un universo compuesto exclusivamente de materia que casualmente propició, de alguna forma, que surgiera la vida? ¿Qué importa, realmente, si nos extinguimos? ¿Qué importa si nos exterminan? ¿Qué valor puede tener la vida humana?

Es indudable que el humanismo fue necesario, fue un paso intermedio para saltar con una cierta comodidad de unas sociedades que enarbolaban el estandarte en el que estaba escrito: “Dios, patria y rey”, a otras en las que se decapitaba al monarca, se extendía el concepto de patria allende los mares y se sustituía a Dios por los parlamentos en los que se sentaban los nuevos legisladores. No fue tarea fácil. Les costó siglos conseguirlo –no tenían a su lado a ningún miembro de la familia coronavirus. El hombre era lo suficientemente grandioso como para no necesitar la ayuda de un Dios vigilante. Antes bien, le esperaban siglos de gloria. A todos les pareció bien aquel inusitado cambio de valores. En realidad, estaban condenando a muerte a las generaciones venideras, a sus propios hijos.

Se ofrecían paraísos que se podían comprar con dinero. Todavía se ofrecen. Se podrán comprar cuando remita la pandemia. El hombre ha ido demasiado lejos en el extravío y ya no puede volver al camino. Son imágenes engañosas. ¿Acaso si sobrevivo al virus no moriré? Se trata simplemente de retrasar la partida, de no pensar en ella, de ser felices. Basta una copa para lograrlo, un porro, una noche de sexo. Pero el ejército estadounidense tiene planes, mientras la gente solo piensa en volver a su rutina paradisiaca de antes. No éramos felices. Había frustración en el recuento, angustia, locura camuflada en un atractivo excentricismo. ¿Por qué entonces queremos volver a un mundo de huérfanos psicópatas?

Quizás encontremos un CD de música. Podríamos bailar, apoyarnos unos en otros, sentir el éxtasis nihilista mientras saboreamos las últimas gotas de tequila. ¿Quién se sentará sobre una esterilla para meditar? ¿Quién encenderá una barrita de incienso al Buda? ¿A qué grupo terapéutico acudiremos? No podemos volver a este absurdo; no podemos confiar de nuevo en sus propuestas.

Podemos creer en Ajirah (la Otra Vida) de la misma forma que creemos que existe Australia. Son creencias que no nos incumben realmente, que no interfieren en nuestros ambiciosos planes. No se trata, pues, de una creencia, sino de una peculiar forma de manifestarse la superstición. Por ello, cuando la creencia en Ajirah deja de ser una curiosidad heredada para convertirse en el centro de nuestra realidad, modifica radicalmente nuestro modo de vida. Nos aleja de las consignas culturales, nos deforma y nos hace irreconocibles:

Yo soy una jirafa

Y vosotros perros bien educados

Estos animales no tienen mucho que ver entre sí

Decís que me amáis

Creedme, no me amáis

Odiáis el animal que soy

Hay que replegarse porque estamos en el mundo, pero no somos del mundo. No podemos esperar que el mundo nos reconozca. Somos jirafas y no hay forma de que podamos pasar desapercibidos cuando asistimos a sus congresos, a sus celebraciones, a sus sesiones parlamentarias… Hay que volver a los sótanos, a las reuniones clandestinas, porque hemos resistido a la corriente del tiempo, de la historia, del cinismo… y nos hemos transformado en animales indeseables. ¿O es que, acaso, queréis aprender a ladrar? ¿Os avergonzáis de las manchas que cubren vuestra piel? ¿Os avergonzáis de los signos que marcan vuestra identidad? Hace falta determinación para evitar que salgan ladridos por la boca.

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