Explorando el enigma de la consciencia.

ARTÍCULO DEL EXTRARRADIO

Nautis.com

El comentario sobre el artículo publicado en Popular Mechanics, «Tu propia consciencia puede interactuar con el universo entero, creen los científicos», (Your Very Own Consciousness Can Interact With the Whole Universe), de Susan Lahey. El artículo trata sobre un viaje al laberinto de la consciencia.

La cuestión de si la consciencia es un mero producto de la actividad neuronal o una entidad independiente ha desconcertado durante mucho tiempo tanto a científicos como a filósofos. Gracias a los nuevos descubrimientos, la arquitectura de la consciencia comienza a emerger, insinuando una forma que pronto podremos comprender.

La búsqueda de la comprensión de la consciencia ha dado lugar a investigaciones pioneras que entrelazan los campos de la física, la anatomía y la geometría. Esta confluencia de disciplinas está delineando lentamente los contornos de lo que podría ser la verdadera estructura de la consciencia. En el centro de esta exploración se encuentra una teoría revolucionaria propuesta en la década de 1990 por el premio Nobel Roger Penrose y el anestesiólogo Stuart Hameroff. Su teoría de la Reducción Objetiva Orquestada (Orch OR) postula que la consciencia es un evento cuántico que ocurre dentro de los microtúbulos de las células nerviosas del cerebro. La teoría Orch OR concibe la consciencia como una onda cuántica que se propaga a través de los microtúbulos y posee atributos cuánticos como la superposición y el entrelazamiento. Esta perspectiva ha generado debate, y algunos la han descartado por inverosímil.

Sin embargo, la historia de los científicos que se esfuerzan por revitalizar esta teoría es, sin duda, fascinante. Los recientes diálogos con Hameroff en «Closer To Truth» arrojan luz sobre la naturaleza cuántica de la consciencia. Él sugiere que la consciencia, especialmente en estados alterados de conciencia, opera a nivel cuántico, con capacidad de existir de forma ubicua. Esta consciencia cuántica, argumenta, puede entrelazarse con partículas cuánticas a través del cosmos, desafiando nuestra comprensión convencional de los límites de la mente.

Los críticos de la teoría Orch OR han argumentado que la coherencia cuántica, vital para este modelo, no podría resistir el ambiente cálido y húmedo del cerebro. Sin embargo, el campo de la biología cuántica ha revelado que la vida aprovecha las propiedades cuánticas en condiciones aparentemente desfavorables. El proceso de fotosíntesis en las plantas, por ejemplo, revela cómo las propiedades cuánticas facilitan la transferencia de energía, un concepto que posiblemente se refleje en el cerebro humano. La investigación de Jack Tuszynski ofrece perspectivas intrigantes. Las simulaciones computacionales de su equipo sugieren que los microtúbulos podrían mantener la coherencia cuántica durante más tiempo del que se creía, lo que apunta a un posible sustrato para la consciencia cuántica.

Paralelamente, estudios realizados por un equipo de la Universidad de Florida Central iluminan los microtúbulos con luz visible, observando una reemisión de luz prolongada, lo que sugiere la estabilidad de estados cuánticos vinculados a la consciencia. Si bien confirmar la teoría Orch OR sigue siendo un objetivo lejano, estos hallazgos representan pasos cruciales en nuestra búsqueda. La colaboración de Penrose y Hameroff con figuras como Deepak Chopra busca desentrañar expresiones de consciencia en el universo, una empresa que genera tanto entusiasmo como escepticismo en la comunidad científica.

Más allá de la investigación individual, el panorama general de los estudios de consciencia está en constante evolución. El trabajo de Timothy Palmer sobre caos y clima en la Universidad de Oxford propone que la mecánica cuántica del universo es fundamentalmente geométrica, lo que resuena con el concepto de una consciencia universal integrada en un espacio de estados geométrico fractal. Esta perspectiva sugiere un viaje cósmico compartido, donde nuestra consciencia y libre albedrío se entrelazan con un entramado cósmico más grandioso e interconectado.

Si bien los experimentos de Tuszynski y las teorías de Palmer no resuelven el enigma de la consciencia, ofrecen una visión de su posible morada y estructura. Indican que la consciencia no es un fenómeno intangible y abstracto, sino algo que puede ubicarse y comprenderse dentro de un marco geométrico complejo, quizás fractal. En el gran tapiz de la existencia, la búsqueda de la comprensión de la consciencia es una narrativa tejida con investigación científica, reflexión filosófica y un toque de especulación cósmica. A medida que profundizamos en la arquitectura de la consciencia, nos acercamos a desentrañar uno de los mayores misterios del universo, trazando un camino a través del intrincado laberinto de la mente hacia una comprensión más clara de nuestra propia esencia.

SONDAS: Una y otra vez nos vemos obligados a enfrentarnos a una incuestionable y devastadora realidad -los científicos son las criaturas menos aptas para entender el sistema funcional de la existencia. Han quedado atrapados en sus propias formulaciones; aferrados a unas premisas falsas y disparatadas -evolución, Big Bang, viajes intergalácticos, vida inteligente en algún lugar del espacio, un evento cuántico… y sobre todo en su obsesión con poder manipular el sistema operativo de la creación. Las arañas tienen mucho cuidado, cuando tejen sus redes, en no quedar ellas mismas aprisionadas en las trampas que han preparado para otras especies animales. Los científicos, en cambio, no han tomado estas precauciones y se debaten ahora contra los pegajosos hilos que ellos mismos han ido tejiendo a lo largo de los últimos siglos. Ya nadie se cree los principios básicos de su ciencia, pero deben defenderlos contra viento y marea si quieren formar parte del Club Académico -un club que ha ido seleccionando a las mentes más raquíticas e ilógicas de cada generación. ¿El resultado? Ahí está, por ejemplo, el artículo de Susan Lahey.

No deja de ser interesante y al mismo tiempo anómalo, que después de mil años de pensamiento, de filosofía, de “ciencia” … sea ahora cuando estos científicos se planteen qué demonios es eso de la consciencia. Y ello porque este concepto básico y fundamental -imprescindible- ha estado ausente del pensamiento europeo, resumido en la frase/muleta de René Descartes “Cogito, ergo sum”, según la cual todo empieza y todo acaba en un proceso pensante cuyo origen y funcionamiento, en realidad, les resultaba y les resulta tan misterioso como el de la consciencia. Sin embargo, no podían dejar ese cabo suelto, pues, en tanto que dioses, están obligados a explicar cualquier fenómeno, cualquier elemento existente en el Universo. Mas no podrán entender, ni por lo tanto explicar, qué sea la consciencia, pues ellos mismos están atrapados en una red de interconexiones falsas -piensan, pero no reflexionan.

El primer error, el más grave, consiste en otorgar al cerebro una función productora, en vez de receptora, y ello a pesar de que hace ya muchas décadas que toman a los ordenadores como el mejor símil para aproximarse al cerebro humano. Y bien, reflexionemos a partir de este mismo símil.

Ya tenemos un ordenador encima de la mesa. Lo hemos abierto y no pasa nada. ¿Podrá esta máquina producir programas? Obviamente, no. Todos los programas que necesitamos vendrán de fuera. Se habrán hecho en un estudio de producción. A continuación, se habrán codificado e introducido en un CD o flash de memoria. Ahora ya podemos introducir cualquiera de estos dispositivos en nuestro ordenador y empezar a trabajar con los programas que necesitamos.

Hay, pues, un aparato capaz de decodificar el input que le llega de fuera. Tenemos también un estudio de producción en el que un grupo de especialistas desarrolla todo tipo de software. Y, por último, estamos nosotros, los usuarios, que vamos a interconectar los programas con el ordenador para desarrollar diferentes proyectos -de diseño, de ingeniería, de arquitectura… de contabilidad. Y todo ello sin olvidar que alguien -una empresa, un equipo de ingenieros- ha diseñado y fabricado el ordenador en cuestión. No se originó de sí mismo, pues en realidad su propia constitución -trozos de plástico, silicona, metales- sería incapaz de producir un objeto con las complejísimas funciones que realiza un ordenador.

Y este mismo sistema lo hemos estado utilizando desde hace milenios, aunque fuese fuera de la informática. En la antigua China había en los “ayuntamientos” de cada localidad una sala con miles de casillas de madera, algunas vacías, aunque la mayoría albergaban piedrecitas de diferentes formas y colores, dependiendo del significado que se hubiera dado a cada una de ellas y que, en principio, solo el funcionario encargado de esa sala conocía. Unas de estas piedrecitas indicaban los miembros de una familia o el número de cabezas de ganado que poseía, o si tenían propiedades. También marcaban los difuntos de esa misma familia u otro tipo de información que se considerase importante. Se trataba del mismo sistema que hoy llevan a cabo los ordenadores, y ello porque no podemos salirnos del sistema general, del Sistema Divino, del que no somos, sino un reflejo, su sombra -si desaparece el objeto, desaparece la sombra. La sombra existe únicamente como proyección del objeto.

Por lo tanto, vemos que este símil es el correcto, aunque todavía necesitamos de un elemento indispensable para que este patrón, este sistema funcione -la vida. Tanto el ordenador como el flash de memoria, los especialistas y los usuarios, deben estar vivos, tener vida, energía, fuerza… Éste es el papel que juega en el caso de todos estos dispositivos la electricidad. Sin embargo, esta corriente vital no forma parte del ordenador, sino que viene de fuera. Una compañía especializada será la responsable de que esa fuerza eléctrica llegue a cada hogar, a cada local, a cada fábrica… de forma que estos dispositivos cobren vida y puedan realizar las funciones para las que han sido fabricados. Ya tenemos, pues, el patrón completo. Superpongámoslo sobre el todo y más tarde sobre las partes que lo componen.

En un principio el Universo era un espacio inerte, sin vida, pero albergaba en su seno todos los componentes necesarios para que un tiempo después le llegase la energía, la energía vital, la vida. Había sido diseñado por un Agente Externo y más tarde producido por sus “especialistas”. Se trataba de un collage gigantesco en el que había piezas que irían cobrando vida, recibiendo esa “electricidad”; y otras, inertes, que servirían de soporte para las piezas vivas. Ahora había que introducir en esos “ordenadores” -plantas y animales- los programas específicos para cada especie y para cada individuo a través de un sistema de información codificada -el ADN.

Hasta ahora ningún elemento de los que componen este Universo contiene inteligencia ni consciencia. Es un Universo robotizado y, por lo tanto, sin sentido, sin una finalidad que lo justifique. Por lo tanto, hacía falta que surgiera una entidad consciente, un usuario capaz de utilizar su ordenador y los programas que se habían introducido en él -el hombre. Se trata de una criatura que comparte con el resto de la creación, de las entidades vivas, buena parte de sus características -se mueve, respira, se reproduce, se relaciona con el mundo exterior; exactamente igual que hacen los elefantes, los hongos o los abetos.

Sin embargo, algo transcendental separa al hombre de estas otras entidades vivas. Plantas y animales son ordenadores en los que se ha introducido un programa específico, pero no hay un usuario que los utilice. Vemos en el mundo vegetal y animal una irradiación, algo que desde nuestra perspectiva humana interpretamos como inteligencia y consciencia. Sin embargo, estas características tienen su origen en el Diseñador y en los “especialistas” que han originado todas las especies vivas. No podía ser de otra forma -el que está vivo, vivifica; el inteligente emana inteligencia; el consciente desparrama consciencia por toda su creación.

Seguimos con un Universo robotizado, con millones de entidades vivas programadas. Mas la propia dinámica creadora exigía que hubiera una entidad consciente y que ello le permitiera conectarse a la Órbita Divina, más allá de toda contingencia existencial, material, perecedera.

Mas esta entidad -el hombre- en su aspecto de criatura viva sigue siendo un robot, una máquina que funciona a través de un programa específico que irá desarrollando sin posible elección hasta que la muerte le catapulte a otra fase existencial. Sin embargo, a lo largo de su vida en este mundo esta entidad irá ampliando su campo de consciencia hasta entender la finalidad de este Universo y de su propia condición. Los programas que recibirá, su destino completo, desde la gestación hasta la muerte, han sido diseñados y generados en el estudio de producción y será su cerebro -su procesador- quien los decodifique y envíe toda esa información a los órganos de su cuerpo y de su cognición; un cerebro, pues, receptor y no productor.

Mas ya hemos dicho que en el caso del hombre, caso especial, sí hay un usuario -la Nafs, poseedora del Fuad -el dispositivo inmaterial no observable ni computable que interconectará las capacidades cognitivas con la consciencia, produciendo reflexión.

No hemos creado el Cielo y la Tierra ni lo que entre ambos hay en vano. Eso es lo que piensan los encubridores. (Corán, sura 38, aleya 27)

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