Sordos, mudos y ciegos… Así son los muertos

Lo que diferencia a los vivos de los muertos ha dejado de ser algo aparente, manifiesto, reconocible a simple vista. Antes bien, se ha convertido en una cuestión forense. Hace falta un diagnóstico de especialista para saber si estamos tratando con un individuo vivo o muerto.

Hace tiempo que el ser humano, en masa, inició el proceso de desconexión con la fuente, con el generador de energía, que le daba vida, emoción, vibrante sensación de existir. Este hombre, arrogante y falto de determinación, se conectó a otra fuente, una fuente seca, y a un generador que él mismo necesitaba recibir potencia. Le llegó la muerte súbita sin que él mismo se diera cuenta. Siguió andando, moviéndose, realizando actos propios de los vivos, pero todo en él estaba muerto, inerte. Sus oídos no entendían lo que escuchaban, le parecía como si fueran silbidos que venían de muy lejos; su intelecto se sentía confundido con la información que recibía –no lograba procesarla; su corazón no percibía la realidad. En este estado de inconsciencia pasaba la mayor parte del tiempo –hasta que las curvas de su encefalograma se convirtieron en una línea recta continúa.

Los forenses siguieron dándole por vivo. Arguyeron que el hombre, en masa, había entrado en otra fase evolutiva y que habría que esperar hasta que saliera de ella para ver su nueva configuración y sus nuevas características.

Los forenses, en su errática apreciación, no fueron capaces de representarse la imagen de la vida conectada y consciente. Creyeron que era suficiente tener ojos para ver y oídos para oír. Obviamente, se equivocaban. Hoy el hombre deambula desorientado, sordo, mudo y ciego. ¿Quién le podrá guiar?

Los ojos deben estar abiertos para percibir los objetos que nos rodean, pero no basta. Hace falta que haya luz, de modo que la facultad de ver interactúe con ella y haya, así, fecundación, resultado, visión. Ahora vemos. No hace falta palpar esos objetos, imaginar su color, su textura… todas las cosas se presentan ante los ojos de forma diáfana, evidente, con todo detalle.

De igual manera, la consciencia ilumina los conceptos que oímos mientras leemos o escuchamos a alguien, de forma que el intelecto pueda procesar sus significados y ofrecer una interpretación.

Ni la luz ni la consciencia razonan o realizan funciones cognoscitivas –simplemente, muestran, ponen de manifiesto, exponen… y de este modo vamos construyendo la biblioteca interior, bien ordenada para que en cada momento podamos encontrar fácil y rápidamente todo aquello que necesitemos. Cuando, por otra parte, la consciencia está desactivada, dejamos de percibir las acciones que realizamos, dejamos de entender el escenario en el que estamos viviendo, y quedamos, así, a merced de nuestra subjetividad sin que podamos contrastarla con la información de la biblioteca interior –se ha apagado la luz y hemos dejado de percibir los objetos tal y como son en realidad. Especulamos sobre ellos, sobre su forma, su color, los materiales con los que se han construido –imaginamos un conjunto de elementos que poco o nada tienen que ver con su verdadero estado. No podemos interpretar la realidad con la imaginación y las elucubraciones que nos sugiere. Necesitamos ver, entender, comprender… con la luz, con la consciencia activada. De lo contrario, estaremos viviendo en medio de tinieblas, de oscuridad, como los muertos viven en sus tumbas.

No basta para estar vivo un informe forense, debe ratificarlo el corazón de la derecha, el fuad, su ritmo, sus latidos.

Mas ¿cómo puede descender la luz sobre nuestro ámbito vital? ¿Cuáles son los requisitos para que esto ocurra? La luz necesita que ese ámbito esté limpio, libre de impurezas, de inmundicias que impidan que la luz atraviese el cristal de nuestra ventana. De la misma forma, la consciencia muestra la realidad de lo que entra en nuestra memoria. Si es suciedad lo que se pega al cristal, la luz no pasará y la consciencia exhibirá fotogramas confusos e incoherentes que el intelecto no será capaz de procesar ni de interpretar.

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Cada vez que encendemos la televisión o abrimos el ordenador o el móvil, se abalanzan sobre nosotros torrentes de noticias, y nos sumergen en un mundo de consignas e informaciones que nada tienen que ver con nuestras vidas –nos hablan de colonias humanas en Marte, de viajes más allá del infinito, de agujeros negros, de hoteles espaciales, del poder regenerativo de las salamandras… Nos proponen participar de su entusiasmo por una cercana inmortalidad. Aparecen videos porno por doquier, videos trucados, fantasiosas interpretaciones históricas, falsas geografías… Inmundicia que empaña los cristales, que mantiene a la consciencia ajena a nuestra realidad, a nuestra biblioteca interior.

El elemento purificador por excelencia es el recuerdo…

Parece urgente, pues, purificar nuestra memoria, poner filtros en los puntos de acceso, en lo que oímos y vemos. Mas el elemento purificador por excelencia es el recuerdo. Vivimos en una absoluta amnesia. Hay un continuo reset, un continuo reinicio que va devorando nuestros recuerdos, la información coherente y objetiva que habíamos ido acumulando y ordenando en la biblioteca anterior.

Apenas recordamos el rostro de nuestros abuelos y ni siquiera sabemos el nombre de nuestros bisabuelos –dos generaciones, a veces ni eso, es todo lo que nos ha quedado en la memoria. ¿Cómo entonces podremos remontarnos al origen, a nuestro origen?

Es urgente abandonar el “progreso” y la tecnología y volver al sistema profético, a sus libros, a sus enseñanzas, al recuerdo de cómo fuimos creados, del objetivo de esta existencia. El recuerdo, con plena consciencia de lo que nos muestra, es la mejor forma de limpiar los cristales de inmundicia, de banalidad, de fantasías… y de permitir que entre la luz e ilumine el verdadero ámbito de la realidad.

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