¿Puede un científico no ser religioso?

Quizás sea ésta la verdadera cuestión –desenmascarar el encubrimiento general que lleva a cabo la ciencia, un término tendencioso que no significa conocimiento, sino círculo cerrado de poder académico, especialmente a partir del siglo XVII con el establecimiento oficial de la Royal Society of London. A partir de este momento se obviará el estudio del sistema funcional para tratar de controlar el sistema operativo del Universo –un trabajo de Sísifo en realidad, pues lo único que hacen estos científicos, estos alquimistas del siglo XXI, estos chamanes, es sacar una muñeca rusa detrás de otra.

Para cerrar aún más ese círculo académico y eliminar cualquier vestigio de conocimiento que pudiera haber fuera de él, todo aquello que no se ajuste a su método lo llamarán “religioso” y, por lo tanto, ajeno a la ciencia. Y lo llaman así sin haber antes definido este término; sin entender, pues, lo que significa; sin entender, en última instancia, lo que están diciendo.

La palabra “religión” viene definida por tres términos latinos, el primero de los cuales, y siguiendo un orden imperativo, es “religere”, que significa religar, unir, entrelazar. Ésta es la situación en la que nos encontramos todos al nacer –nos religan a una visión del mundo, a una cosmogonía completa que va desde la idea de Dios, de la creación del Universo, de la vida, de la estratificación ontológica de los seres, hasta la mano con la que se debe comer, con la que se debe escribir; desde la vida hasta la muerte; desde las costumbres hasta la íntima visión interior. Lo que nos diferencia de un comanche es la religación que cada uno de nosotros tiene a su familia, a su tribu, a su comunidad o a su país. Es inevitable y, al mismo tiempo, necesario, que sea así, pues el niño necesita crecer dentro de unos parámetros fijos y comprensibles. Es su protección física y psicológica.

Sin embargo, en la mayoría de los casos este entrelazamiento con nuestra comunidad puede estar altamente adulterado, de forma que sus postulados contradigan sus prácticas, y sus prácticas ya no hagan referencia a esa cosmogonía familiar.

Es aquí donde pasamos a la segunda fase del proceso religioso que viene demarcada por el término latino “relegere”. Es decir, re-leer, indagar, volver a las fuentes, volver a los textos que más visos de objetividad tengan. Hay como una distancia cada vez mayor entre lo que nos dicta la fitra, el molde primigenio en el que hemos sido configurados, y lo que nos enseñan en ese estar religado; y esa distancia, ese malestar nos lleva a sospechar que algo no va bien, nos lleva a inducir que en esa cosmogonía tribal o familiar no hay guía, no hay coherencia. Simplemente se repite, sin caer en la cuenta de lo que se dice, una vieja canción deformada. Es como quien camina de noche y silba. Es cierto que de esta forma está negando tener miedo, pero no por ello verá más claro. Y eso es lo que nos pasa hoy. Al no re-leer, al no indagar, silbamos mientras nos dirigimos a un precipicio de ignorancia.

Mas re-leer no es la fase final, pues es la fase más larga y muchos son los que habiendo entrado en ella, se pierden debido al fuerte gregarismo que hay en ellos y prefieren seguir sin bando –asustados, temerosos, pero al mismo tiempo arrogantes.

Y es en este escenario donde nos vemos obligados a pasar a la tercera fase, definida por el término latino “religio”, que significa elegir escrupulosamente, con detenimiento. “Religio” será, pues, el término opuesto a “negligio”; es decir, a negligencia, descuido, abandono. Los pocos que llegan a esta fase con vida, con equilibrio, con determinación, son conscientes de que deben elegir entre volver a la religación con su tribu, con su comunidad, o abandonar toda esa dependencia malsana basada en la hipocresía o en la ignorancia y establecerse en un nuevo “religere”, esta vez no impuesto por nuestros padres, por nuestros conciudadanos, por la idiosincrasia histórica del lugar en el que hemos nacido. Ahora, somos nosotros quienes libremente y tras una larga y a veces dolorosa indagación hemos elegido nuestra propia cosmogonía.

Por lo tanto, quien no sigue este proceso y no llega a la última fase, a la fase de elegir tras un minucioso examen de las opciones existenciales, es un negligente, alguien que sigue una corriente sin haber realmente investigado su veracidad, su objetividad. Tenemos ateos que siguen las modas de su tiempo y por ello les parece insufrible hablar de Dios en sus clases, en sus libros, en sus entrevistas. Mas no son ateos religiosos, sino ateos negligentes. Y de la misma forma hay individuos religiosos negligentes que prefirieron quedarse en la primera fase del proceso, mantenerse religados a su tribu, aunque en lo más profundo de sí mismos saben que simplemente es una coartada para no investigar, para no tener que cambiar de moda.

¿Puede, entonces, un científico no ser religioso? ¿Puede alguien que busca la verdad, el conocimiento, no haber realizado este proceso? En este caso se trataría de un científico no-religioso y, por lo tanto, negligente, despreocupado, pero con un buen sueldo, dando clases en alguna universidad o anotando datos en algún laboratorio.

Un científico que realmente busca la verdad, el conocimiento, la comprensión existencial, tiene que ser, necesariamente, religioso. Tras la religación a su tribu, ha re-leído, ha indagado y, finalmente, ha elegido escrupulosamente. Con estos científicos, con estos ateos, con estos creyentes, se puede hablar; se puede llevar a cabo un debate, pues sus propuestas, sus cosmogonías, son religiosas –están basadas en una honesta y sincera investigación. Éste sería un diálogo constructivo.

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