Micropolíticas versus macropolíticas

La proximidad con la que vivimos los acontecimientos es tan extrema hoy, que ni siquiera tenemos noticia de lo que ocurre en la casa de al lado. Circunstancia ésta que aprovechan los medios de comunicación para proyectarnos una realidad deformada que apoye la implantación de la agenda dominante.

Se nos habla de macropolítica, de los billones que ha ganado Bezos, de sus planes de expansión; se analiza el futuro del stream 2 y de la oposición de Estados Unidos a su realización; se denuncia la expansión china y la agresividad rusa… pero nada sabemos de cómo vive la gente en los barrios de Chicago, de Londres, de Madrid, de Sevilla… No sabemos si todavía hay gente, no se oye nada, en Burkina Faso, en la Costa de Marfil o en la Patagonia. No sabemos nada porque para enterarnos de lo que ocurre en el piso de arriba tenemos que leer el periódico o buscar en Facebook –se ha eliminada la vecindad, las asociaciones de vecinos como puntos de reunión en los que dirimir los problemas del barrio, de la ciudad, del municipio, del país, del mundo. Se trataba del proceso contrario al que vivimos hoy –de lo particular a lo general; entender lo general a partir de lo particular; empezar por nosotros para ir extendiendo el campo de percepción y la consciencia hasta llegar a los confines, a lo más externo, a lo más global.

No se puede entender lo que nos pasa si partimos de Wall Street o de los asesores del ministerio de igualdad –son ficciones que nada tienen que ver con nuestras vidas, pero las transforman y las corrompen cuando les damos crédito y realidad.

Si conseguimos que los inquilinos de un bloque de pisos se unan, se reúnan periódicamente, establezcan una caja común, una educación común, una auto-farmacia común… entenderemos mucho mejor que ahora lo que pasa en el mundo.

Reunirse y hablar, poner encima de la mesa todo aquello que nos angustia, la ausencia de un sentido en nuestras vidas… nos llevará, inevitablemente, a la transcendencia, al distanciamiento con la “normalidad” perdida, pero aún deseada, a basar nuestra felicidad en la paz y no en una constante e innecesaria adquisición de bienes perecederos.

Si nos alejamos de la macropolítica, formaremos células independientes, cada vez más fuertes, tejidos, órganos auto-suficientes… que no necesitarán de un cerebro conectado a la fuente trasgresora que succiona nuestra médula y nos vacía el alma.

Con esta nueva forma de vida, de normalidad, podríamos disfrutar de la Navidad cada día del año, pero no a lo pagano, celebrando el nacimiento de un dios caído, abandonado… en medio de un escenario apocalíptico, en medio de un absurdo metafísico. La realidad es mucho más individual y responsable. Se trata de nuestro destino post-mortem, de si nuestra ignorancia, nuestra negligencia, nuestra inconsciencia… van a detener nuestro viaje.

No importa el confinamiento

si la alternativa es ir de vacaciones

y salir por la noche a ligar.

No importa el confinamiento si la alternativa es ir de vacaciones y salir por la noche a ligar. Si somos prisioneros de nuestra confusión, de nuestro miedo a la verdad… de qué nos sirve ser libres. Si después de haber escapado de la cárcel, nos quedamos pegados a sus muros, sin saber a dónde ir, de qué nos habrá servido preparar el plan de huida.

La coherencia nunca se establece por casualidad. Necesita de la reflexión, de la puesta en común, del debate, de la vecindad, de la comunidad, de la micropolítica.

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El mal observa

Las cuitas de los partidos políticos por llegar al poder o por mantenerse en él se han convertido en nuestra mayor preocupación. Y eso es lo que les da fuerza a ellos y nos la quita a nosotros. Alimentamos a sus hijos con la comida que le arrebatamos a los nuestros. Es una posición anti-natura. Como es anti-natura celebrar el nacimiento de Dios desde el más irreflexivo ateísmo. Son los ateos, los paganos, los hipócritas consigo mismos, los que han configurado la Navidad –regalos, vacaciones y reuniones familiares como la mejor oportunidad para despedazarse unos a otros.

¿Puede acaso el Creador de la existencia y del universo que en ella existe encarnarse en un hombre, en un cuerpo de barro, tan frágil, tan inestable, tan efímero? ¿Puede esta aberración ontológica soportar el más mínimo análisis? ¿Cómo debería ser el cuerpo que aguantase semejante encarnación? ¿Acaso no debería ser tan robusto como el propio “cuerpo” del Creador, algo inconmensurable e inimaginable para el hombre?

Permitamos que la búsqueda de las respuestas a estas preguntas sea la verdadera celebración navideña, sus villancicos, su turrón, su misa de gallo.

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