El suicidio, una opción más coherente que la revolución

Resulta imposible seguir la partida, pues cada día se juega a un juego diferente. Y de eso se trata –generar tantas señales que no se puedan rastrear las huellas de la caravana. Es mejor hacerse sordo a las informaciones y analizar el suceso en base a los resultados que se están obteniendo.

La gente tiene miedo y no tiene más dios ni más familia que sus sociedades y los gobiernos que las protegen y dirigen. No ha quedado nada más, y para la gran mayoría es suficiente –el banco, la farmacia, la escuela y el hospital. Así son las ciudades de juguete con las que juegan los niños. Hay una ambulancia y una moto de policía. Así también son las ciudades en las que vivimos; ciudades de juguete para muñecos. Sin embargo, es mejor aceptar este estado de cosas o suicidarse antes que intentar organizar una revolución. Rebelarse contra el flujo de la historia sin tener una alternativa existencial real y completa es una excentricidad patológica que nos puede llevar a la auto-destrucción. No debemos perder de vista el hecho incuestionable de que somos nosotros, todos, los que hemos ayudado a construir las sociedades en las que vivimos. Precisamente, porque nunca hemos aceptado una alternativa existencial basada en la transcendencia.

Se busca la revolución como un medio de acabar con la autoridad, a la que se denomina “tiránica”; mas la que surja de la revolución lo será todavía más, todavía más cruel, todavía más inmisericorde.

Hemos sido arrastrados por la corriente de los acontecimientos, que fluye en el tiempo, y que se ha llevado todo lo que no estaba firmemente agarrado al eje transcendental, ahistórico, inamovible. Pero mantenerse adherido a ese eje exige una gran determinación. Nadie quiere abandonar esa corriente, la comodidad gregaria de seguir a la mayoría, de seguir a una minoría investida de poder absoluto por la mayoría –un juego macabro. Sin embargo, la gente es tan dependiente de esa minoría, de ese sistema, de esas sociedades, que nada ni nadie podrá ya desconectarles.

Ahora que tenemos tiempo, lo único que se activará será la desesperación…

Ahora que tenemos tiempo, lo único que se activará será la desesperación, algo predecible por los expertos en comportamiento, que nos aconsejan leer mucho. Mas no será leer lo que nos saque del suicidio, de la rebelión o de la negligencia, sino releer, visionar el transcurso de nuestra vida fotograma a fotograma, secuencia a secuencia, y dejar que la consciencia interactúe con esas imágenes, con el análisis que provoquen, para finalmente llegar a la reflexión, a la objetividad, a la nítida comprensión de los factores que han establecido nuestra posición existencial. ¿Qué es lo que trataba de expresarse en mí cuando luchaba por alcanzar estos o aquellos objetivos? ¿Realmente lo eran? ¿A dónde me ha llevado esta lucha? Nos sentimos exhaustos, crispados, frustrados –ninguna de esas metas resultaba ser el final de la carrera. Unos pocos instantes de respiraciones aceleradas, y emprender de nuevo la marcha. Parecía como si hubiese caído sobre nosotros la maldición de Sísifo.

Este siniestro año 2020 nos ha mostrado la fragilidad, la inconsistencia de nuestras esperanzas. No sólo el tigre era de papel, sino también los dioses a los que habíamos otorgado un poder sin límite. Nos han abandonado, se han desentendido de nosotros, pues están muy ocupados tratando de escapar, ellos también, de la hecatombe. La ciencia, tras más de 100 años de investigación sistemática en los más sofisticados laboratorios, no sabe explicarnos qué son los virus ni cómo funcionan ni por qué nos necesitan para sobrevivir. La NASA anuncia que el virus ha detenido los programas lunares (quizás quiso decir lunáticos) y los proyectos marcianos, aunque sus web-sites “independientes” nos siguen hablando de nuevos descubrimientos neuro-cerebrales, de meteoritos cargados de oro, de las excavaciones del rover curiosity que lleva 10 años dando vueltas a un cráter, de signos de vida en las rocas marcianas… Un dios moribundo que aún quiere salir a luchar.

Si continuamos confiando en estos hologramas divinos, caeremos en el absurdo y la desesperación. Nos inducirán al suicidio, a la rebelión o a la locura. ¿Puede acaso haber mayor locura que desentenderse de la transcendencia? Aceptemos el suicidio, la desconexión. Salgámonos de su órbita que no hace, sino circunvalar engaños, espejismos. Para ellos, ya estamos muertos, siempre lo hemos estado. No tratemos de cambiar la falsedad desde dentro de la falsedad –es tiempo perdido, nuestro tiempo. Salgámonos de su recuento, de sus estadísticas, de su censo. No nos hagamos las preguntas que ellos mismos se hacen. El creyente tiene certeza de la Hora, del Resurgimiento, del Juicio, de la Balanza, del Fuego y del Jardín. Sueña con recorrer toda esta geografía con plena consciencia de estar vivo, de formar parte activa de la trama existencial.

¿Y ellos? ¿Qué es lo que se preguntan? ¿En qué sueñan? Cuentan los días que quedan para volver a los bares, para hacer turismo, para cambiar de coche, para buscarse una amante… para sentirse vacíos, angustiados, como antes.

(45) ¿Acaso los que han maquinado maldades están a salvo de que Allah haga que se los trague la tierra o les haga llegar el castigo por donde ni siquiera lo imaginan? (46) ¿O de que les alcance cuando están ocupados en sus quehaceres diarios, sin que puedan hacer nada para impedirlo? (47) ¿O de que les llegue cuando amedrantados lo esperan? Realmente vuestro Señor es el Clemente, el Compasivo.

Qur-an 16 – an Nahl

*

Ahora ya saben que no están a salvo. Mas los que han sobrevivido seguirán adorando a sus viejos dioses de cartón. Otra oportunidad desperdiciada.

caida

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