El deep state se ha quedado sin elites

Netanyahu ha mencionado al deep state y lo ha acusado de querer deshacerse de él, al menos políticamente. Probablemente tenga razón, y aún cabe la posibilidad, nada disparatada, de que quiera, al mismo tiempo, deshacerse de todos los presidentes y gobiernos del mundo –la mediocridad de la que el deep state se ha servido hasta ahora para manejar el mundo en los últimos 100 años se ha vuelto un lastre demasiado pesado que apenas le deja avanzar por las turbulentas aguas de los órdenes mundiales. Mas no sólo ha sido la mediocridad el obstáculo, sino también salirse del Plan General de la Creación, que es inamovible, y tratar de esquivarlo puede tiene efectos devastadores e irreparables, ya que nunca hay vuelta a tras, nunca hay repetición –es una cinta que no se puede rebobinar.

Netanyahu quiere poder, más poder. Quiere, incluso, que la ley no tenga efecto cuando se trate de juzgar sus delitos, de aplicarse a sus desmanes. “Un presidente debería estar por encima de la justicia humana”. Todos deberíamos estar por encima o a un lado de la justicia de los hombres. Pero si hemos preferido la humana a la divina, deberíamos ser consecuentes con tan nefasta preferencia y bajar la cerviz.

Mas los problemas del deep state sin duda que son otros. Los gobiernos que han surgido de una paulatina eliminación de las elites, han resultado ser inoperantes, como era de esperar. Se han creído que son ellos los que gobiernan de facto, los que dirigen a las masas, las controlan, las torean, las burlan… y se han otorgado prerrogativas que han estado a punto de desequilibrar la ecuación más de la cuenta. El coronavirus, no obstante, les está colocando bien la corbata a estos muñecos de feria –ha metido el puño de la manga en la sopa y, al tratar de limpiarse con la servilleta, ha tirado una copa de vino sobre el solomillo de otro comensal, quien le ha increpado por su torpeza; un tercero, soliviantado por aquellas ofensivas palabras, le ha echado una jarra de agua fría sobre la cabeza. Una escena de cortesanos palaciegos rutinaria. Eran amiguitos del colegio y siguen jugando a la gallinita ciega. Los palos de ciego, no obstante, los recibimos nosotros –pasivos espectadores, anodinos, pusilánimes votantes.

España no tiene gobierno. La ministra de exteriores no sabe lo que dice ni cómo decirlo…

España no tiene gobierno. La ministra de exteriores no sabe lo que dice ni cómo decirlo. Fue ella quien primero utilizó el término “requisado” y quien tras hablar con su homólogo turco sentenció abatida: “Hasta aquí hemos podido llegar”. ¿Hasta dónde? No tiene ningún poder que la respalde, ningún gobierno, ningún ejército. El gobierno no siente ninguna urgencia o necesidad de tomar más acciones que las prudentes conversaciones de Arancha con el homólogo. No sabemos de qué hablaron, aunque nos lo podemos imaginar –Arancha no se enteró de nada y ahora resulta que todo está bien y los respiradores llegarán a España en cuestión de días. ¿Quiere ello decir que el ministro turco tampoco sabía lo que pasaba con ese cargamento? ¿Quién montó la historia de un avión chino? Diálogo de ministros, diálogo de besugos. El presidente del gobierno ha elogiado la tremenda solidaridad que está demostrando el pueblo español, su inagotable capacidad de sacrificio. Numancia sigue resistiendo –gobierno tras gobierno, invasores tras invasores… El heroísmo de los pueblos nunca será ensalzado lo suficiente, si bien, en este caso, en el caso del pueblo español, valdría la pena contemplar la posibilidad de pasar a la ofensiva –también la paciencia tiene su límite.

Tampoco Francia tiene gobierno. Macron, como un torpe sastre que no está versado en el patronaje, ha gobernado con recortes y represión policial. Los chalecos amarillos se han convertido en el nuevo símbolo de Francia, superponiéndose a la imagen del presidente paseando con su perro y, a veces, con su esposa. Macron gobierna desde un palacio, desde el enclave que siempre han ocupado los monarcas de todo el mundo. Quizás tome café en la gran sala de invitados en la que Hollande, copríncipe de Andorra y gran maestre de la legión de honor, solía regalar a las realezas europeas con exquisitos banquetes de 3000 euros el cubierto. Parece como si Francia no hubiera conseguido todavía limpiarse la sangre de Luis XVI. Una sangre inútil que encendió las guerras de la Vendée. Hay un perturbador silencio que cubre el vasto territorio que se extiende al sur de la Loire atlántica (País de Retz), al suroeste de Maine y Loire (les Mauges), al norte de la Vendée (le Bocaje) y al norte de Deux Sèvres (le Haut Poitou). Toda esta región es conocida hoy con el nombre de “Vendée Militaire”. Y aun se podría afirmar que el escenario sobrepasó esta Vandée Miliatire al atravesar el ejército vendeano la Loire y llegar hasta Granville. Un silencio que permite escuchar aquella barbarie revolucionaria que se cobró la vida de 500.000 hombres, mujeres y adolescentes que lucharon por defender su patria –la Vandée, no Francia– su Dios y su rey. Estaban de acuerdo en que hacían falta cambios sustanciales en la forma obsoleta en la que la monarquía se relacionaba con el pueblo; hacían falta cambios en muchas otras esferas de sus sociedades, pero sin guillotina, sin demagogia, sin privilegios para los burgueses, los nuevos monarcas de Francia. Estaban convencidos de que se trataba de eliminar los abusos acumulados a lo largo del tiempo y de restablecer un dinamismo económico y social favorable para todos. Se equivocaban:

Ya las primeras disposiciones republicanas van a decepcionar rápidamente a los vendeanos –requisición del grano. El nuevo estado, a través de los gendarmes de la República, requisaba el grano producido en los extensos campos de la Vendée para llevarlo a las ciudades, donde habitaban los burgueses. El 12 de julio de 1790 la Asamblea vota la constitución civil del clero. Esta ley tenía por objeto desligar a la Iglesia del poder de Roma, convirtiendo a los sacerdotes en funcionarios elegidos civilmente. Los obispos ya no serían nombrados por el papa o el rey, sino por la Asamblea civil, y de la misma forma ésta sería la encargada de elegir y nombrar a sacerdotes y vicarios. Según esta ley, los sacerdotes que estuvieran ejerciendo como tales deberían prestar juramento a la nueva Constitución, pero en su gran mayoría se negaron a hacerlo y la población vendeana los apoyó. Aquellos que sí aceptaron y juraron fidelidad a la Constitución recibieron toda clase de privilegios, pero sus iglesias permanecían desesperadamente vacías. Muchos de ellos, víctimas de intimidación e incluso de agresiones, decidieron abandonar la Vendée. A los sacerdotes refractarios, como así se llamó a los que se negaron a prestar juramento a la Constitución, se les prohibió el culto. Sin embargo, las ceremonias continuaron y cada vez era mayor el número de asistentes a las mismas. A veces las misas se celebraban por la noche, clandestinamente; a menudo sin sacerdote –bajo la dirección de uno de los fieles.

El 10 de agosto de 1792 se atacan las Tullerías y es arrestado y encarcelado Luis XVI. En septiembre de 1792 se expulsa a los sacerdotes refractarios. 264 eclesiásticos son agrupados en Angers y expulsados hacia España. El 21 de enero de 1793 es guillotinado Luis XVI y con su muerte se apaga para los habitantes de la Vendée la última esperanza de que el gobierno revolucionario respete su forma de vida, sus creencias y sus valores.

No obstante, el gran detonante, lo que va a hacer que el progresivo malestar que sienten las gentes de la Vendée desemboque en un alzamiento armado, va a ser la conscripción. Desde abril de 1792 el ejército republicano se bate en sus fronteras contra Prusia y Austria. En 1793 España e Inglaterra se unen a estas dos potencias para acabar con la Revolución Francesa y debilitar el poder republicano que deseaba anexionarse toda la ribera izquierda del Rin. El ejército francés, que no se encontraba en su mejor momento, no logra reclutar voluntarios. Obligado a luchar contra media Europa, no ve otra solución que la de recurrir al reclutamiento forzoso. Utilizando el método de sorteo, se van a reclutar 300 mil hombres solteros entre 18 y 40 años. Los funcionarios quedarán fuera del sorteo, así como la burguesía, que siempre podrá comprar un reemplazo. Sólo quedan, pues, los campesinos y artesanos, y serán ellos los que entren en ese sorteo y tengan que partir lejos de sus hogares para defender a la República. Parecen estar viviendo el colmo del cinismo y no están dispuestos a permitir que los principales beneficiarios de la Revolución, funcionarios y burgueses, se salgan del sorteo. Ni campesinos ni artesanos desean morir por la República, ni mucho menos por defender los intereses de otros, por defender un concepto que les es totalmente ajeno –Francia. Para los habitantes de la Vendée no hay más patria que sus tierras, sus tradiciones, su religión y su rey. El día del sorteo, en Saint Florent le Vieil, se reúne una gran multitud para rechazar el reclutamiento forzoso. Se produce un enfrentamiento con los patriotas, en el que muchos de ellos serán linchados. San Florent entra en guerra.

Se ha tratado de minimizar la envergadura de esta contrarrevolución, acusándoles de retrógrados, pero la realidad es muy distinta. Incluso Víctor Hugo así lo reconoció: “Francia era más grande que Europa, la Vendée era más grande que Francia”.

¡Maldita sea! ¿Es esta la historia que vamos a permitir que les enseñen a nuestros hijos? ¿Esta mentira? ¿Este encubrimiento?

Durante más de 40 años una buena parte de Francia rechazó una revolución que bajo atractivas y demagogas consignas lo único que pretendía era sustituir el poder monárquico, un poder todavía divino, por un poder laico. Las guerras de la Vendée se acabaron militarmente hacia 1832, pero siguen vivas en la memoria y en el corazón de campesinos y artesanos de Francia; siguen vivas porque la naturaleza esencial del hombre nunca podrá ser destruida, y el anhelo por vivir dentro del Entramado Divino surgirá una y otra vez en el corazón del hombre como una flor que las botas de los asaltantes nunca lograrán aplastar.

Hoy, tras años de silencio impuesto por los “vencedores”, muchos son los historiadores que asocian a las guerras de la Vendée la palabra “genocidio”…

Hoy, tras años de silencio impuesto por los “vencedores”, muchos son los historiadores que asocian a las guerras de la Vendée la palabra “genocidio”, y no parece exagerado el uso de este término si se tiene en cuenta que el número final de muertos podía haber llegado a 500 mil, muchos de los cuales no perdieron la vida luchando en el campo de batalla, sino en continuos y frenéticos fusilamientos que no reparaban en acribillar a hombres, mujeres y adolescentes. La mayoría de las sentencias de muerte respondían a una siniestra arbitrariedad, como fue el caso de Antoine Fournier. El 29 de diciembre de 1793 es arrestado en Cholet, y ese mismo día comparece ante el comité revolucionario de dicha localidad:   

– ¿Está casado y tiene hijos?

– Sí, tengo dos hijos. Uno de ellos es sacerdote refractario, y ha pasado a España.

– ¿Estaría dispuesto a morir por defender su religión?

– Sí.

Ese mismo día se envió a la Asamblea el siguiente informe:

“Padre de un sacerdote refractario; además de fanático, montó guardia para impedir la fuga de los prisioneros patriotas. Asimismo, se le acusa de haberlos maltratado.”

El domingo 12 de enero de 1794 fue ajusticiado en el Champ des Martyrs, en Avrillé. Tras las masacres indiscriminadas comenzó el colonialismo francés.

La Casa Blanca emite comunicados que parecen salir de un hospital siquiátrico. Se acusa a China de no haber ofrecido datos fidedignos sobre el virus, pero cuando los dio y empezaron los primeros contagios y fallecimientos en los Estados Unidos, Trump definió a la pandemia como una leve gripe por la que no valía la pena preocuparse. Después se alarmó y luego ha cerrado media América.

No ha quedado un solo gobierno en el mundo. Modi le ha pedido al Banco Mundial mil millones de dólares para hacer frente al coronavirus en un país de 900 millones de personas con 2000 contagiados y 53 fallecidos. Era de esperar. Todos los países, uno a uno, se han cansado de ser ellos mismos –imitan a Hollywood, van a la luna, se preparan para las próximas expediciones a Marte… y por último, se endeudan con el Banco Mundial. India ya tiene futuro. Pronto le llegará un coronavirus a su medida.

El deep state tendrá que deshacerse de todos estos gobiernos antes de montar el próximo orden mundial –tan nefasto como los anteriores.

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