Concéntrate en lo esencial

No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa, que no sabemos lo que nos pasa. En medio de este aturdimiento, del que ya nos avisara Ortega y Gasset a mediados del siglo pasado, nos resulta casi imposible distinguir entre lo que es esencial y lo que es infructuoso; entre lo que nos incumbe y lo que no nos concierne; entre lo que es útil y lo que es estéril.

Primero perdimos el sentido, la dirección, el objetivo; después el timón, los medios, las herramientas; más tarde, nuestra propia identidad. Ahora viajamos en un barco fantasma, sin rumbo, sin deseo, sin ambiciones. Hay un malestar instalado en algún paisaje interior. Mas no nos preocupa saber a qué responde esta inquietud que nos impide ser felices, que incluso bajo los efectos obnubilantes de las drogas nos azuza e inquiere como un náufrago que se debate por alcanzar el último salvavidas.

Hemos estado ocupados analizando macropolíticas. Nos preocupaban los precios del petróleo y las desavenencias en el seno de la OPEC, y ello nos llevó a olvidarnos de nuestros vecinos, de nuestros familiares, de nuestros hijos. Hablábamos con los amigos que ocasionalmente nos encontrábamos en un bar del “clásico” de futbol, de algún escándalo financiero o del último y provocador Instagram. Así arruinábamos nuestras vidas. Cada vez era más difícil saber lo que nos pasaba.

Cuando llegábamos a casa nos esperaba la lista con los últimos desperfectos detectados, con las posibles reformas… con los reproches acumulados desde aquel nefasto día en el que, llevados por la inercia social, dijimos “sí” frente a un altar o frente a un imam. No había ningún sistema instalado en nuestros hogares. No había hogares, tan solo un caos que lograba mantener a flote el barco familiar. Tampoco entonces sabíamos lo que nos pasaba –seguía el malestar, el barullo cerebral, la confusión de no estar seguros en qué punto del océano nos encontrábamos.

Vivíamos conectados a la macropolítica institucional impuesta por los medios de comunicación, descuidando nuestros verdaderos intereses, desatendiendo la micropolítica cotidiana. Hemos perdido buena parte de nuestra vida siguiendo las consignas culturales que nos incitaban a vivir como viven las entidades carentes de consciencia –sin embargo, las plantas y los animales siguen estrictamente su programa y no lo alteran.

Es tiempo de volver a la micropolítica, a ocuparnos de nuestros intereses y a desentendernos de todo aquello que no nos incumbe. En unas pocas semanas han cambiado de forma radical la vida de millones de individuos con tan solo unos cuantos artículos en los principales medios de comunicación. ¿Cómo es posible que las calles de las principales ciudades europeas estén vacías? ¿Cómo lo han conseguido? La gente es tan dependiente del sistema, que no puede desconectarse de él –ni un instante. Se ha independizado de la familia, de la amistad, del compañerismo… pero no del sistema. Sin embargo, esta es la desconexión que nos libera.

En el ámbito de la macropolítica hay temor a contagiarnos, hay angustia, aburrimiento, pesimismo frente a un futuro envuelto en negros nubarrones. En ese ámbito su voz es la voz de la verdad, la voz del sabio oráculo. Mas en el ámbito de la micropolítica hay libertad e independencia –el virus, cualquier eventualidad, no puede frustrar nuestras expectativas, pues no están enraizadas en la cultura terrenal. No nos desesperamos cuando se desliza el último grano de arena y marca la hora cero, la hora final. No era aquí donde habíamos puestos nuestras esperanzas. Hemos cruzado el umbral con la misma indiferencia con la que abandonamos la sala de espera de una vieja estación de tren. Lo esencial es preparar ese viaje, conocer las geografías que habremos de atravesar.

¿Qué haremos con todos esos montajes, con todas esas crisis que sólo han existido en la prensa?

Seguirán cayendo las bolsas, se agudizará la crisis, se retirarán las libertades civiles… macropolítica. Observemos los escenarios que se sucederán vertiginosamente en las próximas semanas. ¿Qué haremos con todos esos montajes, con todas esas crisis que sólo han existido en la prensa? Nadie puede conocer lo que pasa en el mundo, en cada rincón. Ni siquiera sabemos lo que pasa en el barrio. Es tan fácil proyectar una falsa imagen de la realidad. Mas poco efecto pueden tener esos discursos cuando es la micropolítica la que nos provoca lanzarnos a la acción que nos beneficia, a la reflexión, a la indagación.

Queremos vivir a toda costa. De eso se trata. No hay otro objetivo a la vista. ¿Es que no hay nadie que nos alerte del absurdo de tal posición? Este medio-vivo artefacto biológico nos está dando la oportunidad de reflexionar, de interrumpir nuestros frívolos programas existenciales –piscina por la mañana, coctel, compras, cafeterías, gimnasio… Hay un viaje que preparar y no sabemos cuándo zarpará el barco. Concéntrate en lo esencial, abandona la macropolítica.

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