¿A qué virus debemos tener miedo?

Estos mequetrefes han echado el ejército a la calle por una leve gripe, por 288 muertos, en su mayoría enfermos y ancianos; han cerrado escuelas y universidades, parques, consultas médicas… No saben por qué lo hacen –todas las razones objetivas son inoperantes en este caso. Reciben órdenes o, simplemente, siguen las consignas de la prensa mediática más importante.

No obstante, el experimento está siendo todo un éxito. Con tan solo los medios de comunicación promoviendo el miedo, la incertidumbre, la duda, el desasosiego, y un virus inofensivo que provoca menos mortandad que los accidentes de bicicleta, están paralizando el mundo, la economía; están cerrando los mercados bursátiles, mercados que nunca debieron abrirse; el Sistema de Reserva Federal, una de las últimas ignominias financieras de Occidente, parece estar volviéndose loco; se suspenden eventos multitudinarios, fiestas religiosas, encuentros deportivos, visitas de estado… por 5.000 muertos en todo el mundo. Parece una broma, pero decenas de países han decretado estado de alarma y las calles de Madrid o de Milán están vacías.

La gente tiene miedo, el virus más letal de cuantos pueda haber. Eso nos pasa por haber permitido que nuestra estructura ósea cambiase el fosfato y el calcio por una substancia gelatinosa. Nos falta determinación. Hemos soltado todas las amarras, y ya no controlamos ningún aspecto de nuestras vidas.

Se declara el estado de emergencia en Nueva York tras contabilizar 2 muertes en una población de 10 millones de habitantes. Por su parte, Macron advierte que estamos en una situación de guerra, y España confiesa que no tiene medios logísticos para realizar todas las pruebas del coronavirus, y se dedica a cerrar fronteras. Ahora, salir a la calle o sentarse en un parque puede convertirse en un delito grave. Pronto dispararán a matar a quien tosa o estornude, como una medida de protección nacional. Todos estos mequetrefes dirigen el mundo por activa o por pasiva. Es a ellos a quienes entregamos nuestros hijos para que los eduquen, para que les enseñen a tener miedo, todos los miedos –a la muerte, a la enfermedad, al futuro, al fracaso laboral, al fracaso matrimonial… Se los entregamos para que siembren en ellos la duda, la incertidumbre… “Quizás no sea un chico”, la pusilanimidad… El estado, los mequetrefes, se encargará de tus asuntos, sobre todo, de arruinarte la vida con tu consentimiento, con tu beneplácito, pues “tus asuntos” son demasiado pesados como para llevarlos sobre tus escuálidas espaldas. Les hemos entregado nuestras vidas. Son ellos los que deciden, eligen, consideran, controlan, ponderan… por nosotros.

Nos obligan a quedarnos en casa, a no salir, pues el coronavirus anda suelto, contagiando, asfixiando, matando sin piedad, diezmando la población de nuestro divertido país. Es una gran oportunidad para reflexionar y dar un giro copernicano a nuestras vidas. Mas no llevados por el miedo, por la angustia, sino por una nueva perspectiva existencial. Ralentizamos nuestro ritmo vital para ir recuperando nuestras responsabilidades. Pensábamos que no teníamos tiempo para educar a nuestros hijos, para indagar, para estudiar, para mantener una dinámica y provechosa vida social. Ahora, tras este apagón de juergas y de pasar horas entretenidos en sandeces que mermaban nuestra salud más que el cob19, nuestros días se han estirado, las horas se han extendido y parecen multiplicarse por dos, por tres, por diez. Tenemos tiempo, nos queda tiempo para ocuparnos de nuestros asuntos, para decidir, para elegir, para producir nuestras propias modas, para desarrollar nuestra independencia y consagrarnos a construir comunidades en huelga perpetua.

Nos dicen que no enviemos a nuestros hijos a la escuela ni a las universidades, que no vayamos a trabajar, que nos metamos en nuestra burbuja familiar. ¡Hagámoslo! Mas no por miedo, sino por sobredosis de vitalidad, como un medio de ir conquistando la verdadera independencia y libertad. Construyamos túneles que nos permitan viajar entre las burbujas. Es tiempo de clandestinidad, tiempo de lucha, tiempo de responsabilidad, tiempo de análisis.

¿Por qué estudian inglés nuestros hijos? Porque los mequetrefes nos han dicho que es la lengua universal, la que abre todas las puertas del éxito. Y bien, nos han vuelto a mentir, nos han vuelto a engañar, como en el caso del coronavirus. Y ello, porque no analizamos las consignas que nos lanzan, no indagamos en sus consecuencias, no las discutimos en nuestros círculos de amigos y familiares –no tenemos círculos, no tenemos amigos ni familiares. Estamos solos, desposeídos, endeudados… y ellos deciden por nosotros. Y a todos parece bien mientras siga la juerga. Es este estado de cosas el que debería darnos miedo, pánico, horror. Los mequetrefes nos aseguran que ha sido una tempestad pasajera. Las aguas han de volver a su cauce con ligeras variaciones –a partir de ahora habrá más control para que no vuelva a suceder algo así. Todos asienten, pues entienden que es por su bien. Nadie ha reflexionado. Es el miedo el que los tenía atenazados en su burbuja. Quizás hayamos perdido la última posibilidad de escapar de la prisión en la que se encuentra encerrado nuestro intelecto, apagada la consciencia.

La peste negra fue una pandemia que devastó Eurasia en el siglo XIV alcanzando su punto álgido entre 1347 y 1353. Es difícil conocer el número de fallecidos, pero la estimación de 25 millones de personas solo en Europa no parece alejarse demasiado de la realidad. En Florencia, solamente un quinto de la población sobrevivió. En el territorio actual de Alemania, se estima que uno de cada diez habitantes perdió la vida a causa de la peste negra. Estas cifras todavía fueron más desoladoras en Hamburgo, Colonia y Bremen.

Esto es lo que estudiamos en el colegio, meros datos anecdóticos. Aquí seguimos, una humanidad centuplicada, equipada con la más alta tecnología. Las pestes vienen y van sin que puedan acabar con el hombre. ¿Por qué entonces esta pandemia está paralizando el mundo? El experimento está demostrando el poder de los medios de comunicación. A través de ellos, los poderes fácticos pueden controlar y dirigir a las poblaciones humanas a su antojo, sin límite, sin excepciones. Y ello, porque la educación ha hecho su trabajo –ha producido ciudadanos pusilánimes que siguen los caminos bien señalizados, aunque el destino final sea la autodestrucción. En vez de resistir, el hombre de hoy prefiere rendirse y morir degollado.

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Nos han dicho que la ley está por encima de todos los principios y de todos los valores, y que desobedecerla significa convertirnos en delincuentes peligrosos. Pero la ley la hacen los hombres, ¿cómo entonces puede estar por encima de sus intereses, de su beneficio, de su provecho? ¿Cómo la ley puede proteger un sistema social, político y económico que aniquila el intelecto humano y desactiva la consciencia? ¿Qué queda entonces? El sueño de los poderosos –si no podemos hacer que los robots se vuelvan humanos, androides, hagamos que los humanos se vuelvan robots. Nuestra generación luchó contra esta maquinación, pero fracasó. El materialismo, el ateísmo, la soberbia de creernos por encima de los dioses, no convenció a nadie y el resultado fue todavía más devastador que la manipulación genética y social.

Esta vez, si queremos vencer al mal, a todos sus ejes, tendremos que hacerlo con el bien, con la guía profética, con la objetividad divina.

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