Un viaje urbano a través de la locura

King Kong es la bestia, el desorden urbano, social, la fuerza salvaje, primigenia, que se antepone al circo burgués, al espectáculo donde siempre es mejor que muera algún trapecista y el domador sea atacado por sus leones. No es una lucha lógica, inevitable, una lucha para mantener los ciclos vitales y el equilibrio biótico. Aquí se trata de rescatar los deseos más bajos y simplistas del hombre, las fantasías que la diversión estimula.

El hecho de que el mundo del espectáculo se haya convertido en el mayor negocio de la historia, ya indica que el hombre de hoy aborrece la realidad, detesta su vida desprovista de las emociones, excentricidades y situaciones psicópatas que acompañan a cualquier manifestación teatral. Todo es un teatro –el futbol, el patinaje sobre hielo, las galas cinematográficas… teatro sobre teatro; comedias para presentar comedias… espectáculos, dinero fácil y abundante… el éxito al alcance de la mano, la fama, el glamour de la apoteosis divina, el lujo, la exhibición.

Sin embargo, la primera parte de la tragedia que la sociedad norteamericana representa cada día comienza cuando millones de jokers, de aficionados, de cantantes de calle, de bailarinas de tercera… se dan cuenta de que el éxito ha pasado por otra avenida y sus elegidos lo están celebrando en la plaza mayor. Ellos no han sido invitados a la fiesta. Son de los perdedores. No han sido presentados en los círculos adecuados; les faltaba normalidad; no lograban encajar en el apretado corsé de lo “aceptable”; había informes policiales, inquietantes fotografías… un pasado demasiado conflictivo. O eran negros con un certificado de secundaria. Es lo que le dice la asistenta social a Arthur, la asistenta negra que ya se ha dado cuenta de la farsa general: “Les importas una mierda… les importo una mierda.”

El fracaso del espectáculo les ha llevado al fracaso existencial, al fracaso social, educativo. Han perdido todas las oportunidades de ser de los grandes del show, pero, al mismo tiempo, han perdido todas las demás –para la sociedad de ciudadanos “respetables”, no son, sino escoria, drogadictos, payasos. Son el hazmerreir de sus vecinos, de sus familiares… no tienen amigos, nunca han tenido amigos, nunca podrán tenerlos.

Uno a uno van metiéndose en su casilla correspondiente –terapia de grupo, psiquiatría, cárcel, sobredosis, hospitalización… Las instituciones gubernamentales han hecho todo lo que estaba en su mano, pero ya no hay más dinero; el presupuesto se ha agotado. Uno a uno tendrán que ir saliendo de su casilla correspondiente. Será la sociedad, ahora, la que tenga que absorberlos, ocuparse de ellos, sufrir sus excentricidades, su violencia… algunos acabarán matando. Uno a uno se han vuelto psicópatas en su estado terminal.

En medio de este estado generalizado de cosas, aparecen de vez en cuando películas como Taxi Driver, Fight Club, V for Vendetta y, la última de la serie, Joker, en las que se trata de censurar, dentro de una total incongruencia, a una sociedad, en este caso la norteamericana, por expulsar a sus “mejores” individuos, simplemente porque son diferentes –eufemismo de psicópatas. Más aún, hay sospecha de que ha sido la propia sociedad la que los ha originado, ya que es una sociedad extremadamente competitiva en la que sólo tienen cabida los “triunfadores”; es decir, los que producen dinero.

No obstante, y si tenemos en cuenta la inquietante máxima del doctor J.T. Kent, una de las figuras más relevantes de la homeopatía, “Primero la enfermedad y después el virus”, no nos resultará difícil entender que millones de individuos, hijos de la enfermiza sociedad norteamericana, contrajeran el virus del fracaso familiar, social, profesional y económico. Sin embargo, en la medicina “oficial” primero es el virus y después la enfermedad –este mismo orden de factores es el que funciona en Hollywood.

Ahora, pues, se trata de denunciar al virus que la sociedad ha inoculado en el sano y vigoroso organismo de millones de ciudadanos estadounidenses. Pero el joker de la película de Todd Phillips, que acaba de estrenarse hace poco más de un mes, ya está enfermo cuando intenta abrirse camino en el show business, ya es un psicópata, que acabará matando.

La empresa en la que trabaja le ha mandado a un hospital especial para niños inválidos con la tarea de amenizar sus recreos cantando y bailando, siempre vestido de payaso. Mientras realiza la función se le cae al suelo el revolver que lleva escondido entre la ropa. Los responsables del centro denuncian los hechos y su jefe le despide. Arthur, el joker, no entiende por qué ha perdido el trabajo. Tan solo era un revolver, cargado, que llevaba por casualidad; alguien se lo había regalado, un juguete… a los niños inválidos les hizo gracia, les pareció que era parte de la función. Arthur no entiende, no logra seguir un discurso lógico, no consigue entender que no puede ir a una función para niños con un revolver, sin permiso de armas, sin ninguna razón que lo justifique. Cada vez se acentúa más la psicopatía, la separación. Incluso si consiguiera dirigir un buen programa o trabajar de comediante con una troupe de teatro famosa, no lograría mantenerse por mucho tiempo.

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No obstante, y a pesar de que la situación de total desequilibrio mental en Arthur es evidente, alarmante incluso, el director de joker intenta por todos los medios presentarle como una víctima, alguien a quien la sociedad ha marcado o alguien que se ha visto, involuntariamente, en circunstancias adversas que le han impedido desarrollar todo su talento –es un hijo adoptivo cuya madrastra permitía que de niño sufriera abusos sexuales. No le han contado más que mentiras sobre su vida y sobre la vida de los que se movían en su entorno. Pero esa es la sociedad norteamericana –niños que no conocen a sus verdaderos padres, prostitución infantil, violencia familiar, drogas, alcohol… Así están todos, así crece una buena parte de esta sociedad desquiciada, enferma. Pero Arthur no quiere sobrevivir, quiere triunfar, aprovechándose de su propia excentricidad, de su peculiar carácter, cualidades estas que tan buenos resultados suelen dar en el mundo del espectáculo, a condición de que se controlen, de que se utilicen hábilmente.

Phillips quiere que se ame a su personaje de comic, que se le admire, que la sociedad occidental se solidarice con él, con su desgarrada infancia, con su destino lleno de malentendidos. Y lo consigue, y ello le lleva a ganar 735 millones de dólares. El espectáculo explicando, exhibiendo, al espectáculo; películas sobre películas; cómicos presentando a actores… la farándula divirtiendo a la farándula.

Arthur es el personaje que más simpatía despierta en los espectadores. Lo prefieren a todos los demás personajes que aparecen en la película –prefieren la anomalía a la normalidad, pero sólo en el cine, en el espectáculo. Fuera, en la “vida real” desearían que su hijo aprobase las oposiciones para notario. La locura resulta atractiva porque desde fuera percibimos al loco como alguien lúcido e inmensamente feliz; no como nosotros, cargando siempre con el pesado absurdo de vivir sin ningún sentido. Pero la locura es el cáncer psíquico, la destrucción de la memoria, de la lógica, del intelecto…

¿Cómo entonces podríamos definir la normalidad?…

¿Cómo entonces podríamos definir la normalidad? Únicamente como la toma de consciencia de ser entidades creadas en viaje continuo hacia la inmortalidad; de ser personajes de una trama existencial que se va desarrollando por fases, y en cada una de estas estaciones tenemos un papel determinado que representar, dentro de un cuerpo específico, bajo la configuración genética adecuada. La locura es tomar nuestro papel momentáneo por nuestra realidad. Es la locura del actor que ha terminado por creerse su personaje, cualquier personaje. Debemos salirnos de escena aun cuando actuamos; debemos ser actores y espectadores al mismo tiempo, como la única forma de no quedar atrapados, de no perder de vista nuestra condición y nuestro viaje.

Las sociedades humanas, especialmente las de hoy en Occidente, son océanos en los que hay que aprender a sobrevivir, a navegar, evitando los malos encuentros. Y nada hay más peligroso que encontrarse con el éxito, el éxito financiero, el éxito profesional o la fama de la que gozan las estrellas del espectáculo. Nada más falso, también; nada más perturbador de la consciencia.

Y esta es la segunda parte de la tragedia –alcanzar lo que joker sueña con alcanzar tampoco cambiaría el desolador estado de cosas en el que vive la sociedad norteamericana, la sociedad occidental. El propio Joaquín Phoenix, el actor que hace el papel de joker, es un buen ejemplo de ello. Su hermano mayor River, con un éxito imparable en la cinematografía de Hollywood (entre otros papeles hizo el del joven Indiana Jones), murió a los 23 años de sobredosis. Cuanto mayor sea el éxito, mayor será el desengaño. Quien lo posee todo ha llegado al borde del abismo. Ya no tiene más camino, más sueños, más esperanzas… solo drogas, estrafalario consumo, prácticas chamánicas, sexo, cinismo existencial o suicidio.

Por el contrario, la mejor forma de atravesar la existencia en este bajo mundo, es la de servirse continuamente del low profile –pasar desapercibido, huir de las cámaras, de los flashes, de las entrevistas televisivas, utilizar los transportes públicos, pagar los billetes… recordar nuestro origen, nuestra condición… la siguiente fase.

¿Qué sentido tendría cambiar la realidad social dentro de la película? ¿Qué importancia tendría cambiar el guión cinematográfico, cambiar nuestro personaje? ¿Qué sentido tendría alcanzar la fama en una película y ser, al mismo tiempo, el actor peor pagado? ¿Dónde está la verdadera riqueza, la verdadera fama?

Joker no contesta a nuestras preguntas, tampoco Taxi Driver lo hace ni Fight Club ni V for Vendetta. Hollywood desconoce las respuestas. Está demasiado ocupado en amasar dinero y en contarlo por las noches en algún burdel.

Antes de buscar un objetivo en este mundo, busquemos EL OBJETIBO de este mundo, de nuestras vidas, de nuestras aspiraciones más profundas. Es tiempo, pues, de abandonar el falso y engañoso mundo del espectáculo; tiempo de estudiar la geografía del viaje existencial –nuestro verdadero asunto, el único que realmente nos incumbe.

(20) Sabed que la vida de este mundo no es, sino banalidad, entretenimiento y ostentación. Os jactáis entre vosotros de las riquezas y de los hijos que tenéis. Es como una lluvia abundante que maravilla a los sembradores. Se llenan de emoción al ver cómo crecen sus cultivos. Después los ves amarillear y luego convertirse en deshecho. En la última vida habrá un terrible castigo, perdón de Allah y complacencia. La vida de este mundo no es, sino un efímero y engañoso tránsito.
Qur-an 57 – al Hadid

Comentarios

One comment on “Un viaje urbano a través de la locura”
  1. España, más de 40 años de azote democrático y el enfermo está en fase terminal; no pasarán otros 40 años antes de tener que coger al muerto y enterrarlo.

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