La muerte ya está de camino para arrancarte el alma

Hemos llegado al punto crítico, absurdo e imprevisible, en el que ya no sabemos qué hacer con la muerte, qué valor darle, cómo explicar tan devastador fenómeno en un mundo tecnológico que nos promete la inmortalidad y viajes inter galácticos o, al menos, excitantes vacaciones en algún hotel cerca de la Luna.

A este respecto, resulta interesante la propuesta de Dan Ariely, profesor de sicología en la universidad de Duke, en Carolina del Norte. El escenario podría ser bastante escatológico, ya que se trata de un investigador judío que trabaja en una universidad fundada por metodistas y cuáqueros, y que provee a su presidente y profesores con fabulosos salarios. Siempre hay dinero cuando el objetivo es más ideológico que académico.

En su artículo It’s Time to Find a Better Way to Die (Es hora de buscar una mejor forma de morir), Dan Ariely nos sorprende con las siguientes declaraciones:

En el próximo siglo, encontraremos muchas formas de mejorar la vida. Pero también deberemos descubrir una forma digna de morir. Varios estudios confirman lo que ya todos sabemos y entendemos intuitivamente: el final de una experiencia afecta significativamente la forma en que recordamos y evaluamos la experiencia en general. Esa es la lógica detrás de la insistencia en un final feliz en las películas de Hollywood o en el postre al final de una comida. Este principio, el inmenso significado de experimentar un final positivo, se refleja en todas las esferas de la vida, excepto en una: la muerte.

En principio estamos de acuerdo en que los “finales” –de una película, de una novela o de un romance– son los responsables de dejarnos un dulce o un amargo sabor de boca. Nos resulta relativamente fácil, en los ejemplos citados, entender lo que pueda ser un “final feliz”, pero esta facilidad se va desvaneciendo cuando se trata de buscarle uno a la vida. Este aprieto no es peregrino, pues si comenzamos a imaginar qué podría significar en nuestras propias vidas un final feliz, nos encontraremos con el escalofriante escenario de que ninguno realmente lo es, y ello porque la muerte acaba con todo –con la riqueza, con la familia, con el bienestar, con la fama, con el prestigio, con los proyectos y con la pasión. Nos encontramos desnudos, solos, sin anhelos, sin deseos.

El final en una película, como en una novela, deja abiertas numerosas posibilidades de seguir con la historia. Sin embargo, la muerte las cierra todas. Alí, primo y a la vez yerno del Profeta Muhammad, lo expresaba de la siguiente manera:

“Morimos como hemos vivido, y resucitaremos como hayamos muerto.”

La muerte, pues, no es un final independiente de nuestra vida, sino su máxima expresión, su resumen… su secreto. Edgar Allan Poe está considerado como un gran poeta, lo que podría equivaler a decir que fue un gran hombre. Sin embargo, murió víctima del alcoholismo, la sífilis e incluso hay quienes piensan que él mismo se ayudó a morir con una especie de suicidio encubierto. Su muerte delata su vida. No importa lo que la sociedad piense al respecto, no importan las modas que eleven el alcoholismo y la sífilis al grado de logro espiritual y artístico –Poe experimentó, ya en vida, un infierno que se manifestó en su forma de morir. Murió como vivió y resucitará de la forma en la que murió –alcoholizado y sifilítico. No podemos separar nuestra forma de vida, nuestra mil-lah, de nuestra muerte.

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El gran logro tecnológico

Sin embargo, gracias a la medicina y a la moderna tecnología, el final de la vida, en casi todos los casos, no constituye su punto álgido. Por el contrario: es un punto bajo. Muchas personas hoy, y la mayoría de nosotros en el futuro, probablemente moriremos en una cama de hospital, en agonía, desconcertados e indefensos. Experimentando miedo y humillación. Sometidos a procedimientos dolorosos e inquietantes para ganar unos días más de “vida”. En el estado actual en el que se encuentra este tema, nuestra capacidad de influir en la forma en que terminaremos nuestra vida es insignificante. Y esta no es solo una forma triste de terminar con nuestra vida: también es una forma terrible de dejar nuestra memoria en los seres queridos que quedan atrás. Lo que está claro es que la forma en que experimentamos nuestros últimos días, semanas y meses es importante para nosotros y para nuestros seres queridos.

 

No hace falta que indaguemos en su biografía para saber que Dan es un judío. La ambigüedad con la que encubre la realidad lo delata. ¿Quiénes han sido los que han desarrollado y propagado “las modernas tecnologías” aplicadas también a la medicina, pero sobre todo a las armas de destrucción masiva? Veamos un caso.

Estados Unidos necesitaba una nueva arma que confiriera a su ejército un poder invencible, irresistible. Los judíos de la facción belicista ya la habían encontrado y se preparaban para fabricarla. Sólo hacía falta que Roosevelt comprendiese la importancia del proyecto y la absoluta necesidad de que fuesen los Estados Unidos los primeros en tener esta arma de destrucción masiva. El encargado de convencerle fue el físico judío Albert Einstein. En su carta al Presidente norteamericano fechada el 2 de agosto de 1939 le informa de que: “En el transcurso de los últimos cuatro meses se ha podido comprobar que es posible –gracias al trabajo de Joliot en Francia y de Fermi y Szilard en América– provocar una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio, la cual generaría un gran poder y grandes cantidades de elementos del tipo radio. Ahora parece más que seguro que se pueda lograr en un futuro cercano. Este nuevo fenómeno podría conducirnos a la construcción de poderosísimas bombas. Una sola bomba de estas características transportada en un buque y explosionada en un puerto lo destruiría completamente, así como una buena parte de las zonas colindantes.”

El “pacifista” Einstein nos hiela la sangre con sus consejos al Presidente, en los que muestra su total desprecio por la vida humana. Y en lo que respecta a las materias primas necesarias para fabricar este destructor artefacto se abren nuevas perspectivas, nada halagüeñas, para el Congo Belga –en su carta, deja caer, a modo de sugerencia, que la fuente más importante de uranio se encuentra en ese país.

Querían y quieren controlar el universo entero, la vida, la materia… y ahora se sienten compungidos antes los devastadores resultados –no sólo hemos perdido el arte de vivir, sino también el arte de morir. Sin embargo, sus laboratorios no cesan de atentar contra la integridad humana, contra su dignidad, tanto en la forma en la que nos obligan a vivir, como en la forma en la que nos obligan a morir.

Llegamos a este modo particular de terminar nuestra vida sin planificación. No puedo imaginar que alguien haya construido un sistema como el nuestro si antes haberlo planificado. Pero, llegamos aquí. ¿Cómo? Las profesiones de la salud se centran en la mortalidad y la esperanza de vida medida por días, no en la calidad de vida. Además de eso, la muerte no es un tema divertido para pensar o hablar, por lo que rara vez pensamos en la muerte. Preferimos reprimir y negarnos a lidiar con eso, lo que finalmente nos ha llevado a donde estamos.

Pero ese era el objetivo inicial –¿ya lo has olvidado Dan?– rebelarse contra el Sistema Divino y substituirlo por el de los adoradores del Becerro de Oro –un sistema sin prohibiciones, sin restricciones para el vicio; un sistema basado en un radical cambio de valores en el que se denigre la virtud y ensalce la corrupción. Sin embargo, ese nuevo sistema ofrecía un insalvable inconveniente –el escándalo de la muerte. ¿Puede acaso haber un paraíso en el que indefectiblemente tengamos que morir? Había, pues, que lograr la inmortalidad. Biólogos, químicos, arqueólogos y hasta astrofísicos, se pusieron manos a la obra. El resultado real, más allá de las pueriles maquinaciones científicas, es una prohibición tácita de morir. La casa de los “Muertos vivientes” podríamos llamar a los hospitales de hoy, con sus unidades especiales, UCI, UCE… en las que nadie se puede morir de forma natural: “Su esposo debió haber muerto hace 22 días, pero gracias a las nuevas tecnologías lo hemos mantenido vivo tres semanas. Y esto es solo el principio. Cuando le llegue la muerte a su nieto lo mantendremos vivo, al menos, 8 meses. Como ve, estamos rozando la inmortalidad.” Pero no estamos rozando nada, a no ser una destrucción sistemática de la vida y de la muerte. ¿Cómo cree Ariely que morirá un transgénero? ¿Cómo cree Ariely que resucitará?

El punto final de nuestra vida está determinado por el eje del progreso que están haciendo la medicina y la tecnología para mantener la vida a toda costa, sin pensar ni prestar atención al final. Espero que en los próximos cien años comprendamos el daño que está causando este enfoque a nuestra calidad de vida individual y colectiva, a la dignidad humana y el costo económico para la sociedad que soportamos por no tomar medidas para diseñar y tomar el control de la forma en la que debemos morir.

Demasiados errores de apreciación. Habéis sido vosotros quienes habéis generado esa tecnología y luego la habéis impuesto a la gente asegurándoles que eran mejores las sociedades que generaba a las sociedades basadas en un afinamiento con el medio y la naturaleza humana. ¿Queréis dar marcha atrás? Tenéis un abismo de fuego.

Ya hay muchas formas en que es posible reconfigurar el final de la vida. Debemos volver al cuidado espiritual y moral del enfermo terminal más que a sus constantes vitales. Menos reanimación. Uso de drogas y medicamentos para combatir el dolor, la presión y la ansiedad. Una decisión sobre el punto en el que nuestra deteriorada calidad de vida, cuando estamos luchando con la muerte, no justifica el esfuerzo invertido, y es mejor dedicar el tiempo que les queda a sus seres queridos.

Sí, hay que volver, volver al Sistema Divino, el sistema que habéis destruido a cambio de intentar edificar vuestro paraíso en este mundo. Demasiado tarde y, además, son medidas inútiles. No importa cómo te llegue la agonía final –morirás como hayas vivido. La forma de morir no puede abrogar la forma en la que se ha vivido. No se trata de “un final”, sino de la consecuencia de toda una vida.

Pero el final de la vida no se trata solo de la atención médica que recibimos. También podemos tratar de pasar nuestro tiempo teniendo en cuenta lo que hemos logrado, las cosas que nos han traído orgullo y alegría, en lugar de centrarnos en el miedo y en contar los días y las horas que quedan en las arenas cada vez más pequeñas del reloj de arena de nuestra vida.

*


Ya el Qur-an nos advierte de que no hay nadie que ame más la vida, cualquier vida, que los judíos, los Banu Isra-il.


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(96) Ten por seguro que son ellos los que más se afanan por la vida de este mundo, más incluso que los idólatras. Todos ellos desearían vivir mil años, pero eso no les apartaría del castigo que se les ha decretado.

Qur-an 2 – al Baqarah

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Dani, Dani, ¡De qué demonios estás hablando! ¿Acaso le ofreces a alguien que ha vivido una vida vacía, dirigida por las modas, por las propuestas Facebook… que repase sus logros? La muerte está a punto de arrancarle el alma y tú le aconsejas que traiga a su memoria aquella escena cuando besó a su chica por primera vez.

Podemos construir y dar forma a la manera en la que nos separamos del mundo, en nuestros términos, con dignidad y control, para minimizar el sufrimiento mental y físico. Este es un desafío complejo y multifacético, social, físico, financiero y moral, pero tenemos el deber de contemplarlo y no apartar la mirada. En los próximos cien años, sin duda, encontraremos muchas formas de mejorar nuestras vidas. Pero una de las contribuciones más valiosas a la vida podría ser encontrar la forma en la que valga la pena morir.

 

Te lo pondré de forma que lo entiendas mejor: Una de las contribuciones más valiosas a la muerte podría ser la de encontrar la forma en la que valga la pena vivir.

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