A nadie le importas; no lo olvides.

Te puedes morir mañana y nadie llorará por ti o serán las que derramen lágrimas de cocodrilo.

A nadie le importas. ¿Estás mirando la foto familiar? ¿Sonríes al fijarte en el tierno gesto de tu hijito pequeño? Acaba de sacarte los ojos. No has criado, sino cuervos hambrientos que graznan amenazadores mientras vuelan alrededor de tu cabeza y te escupen reproches de actos pasados que tú ya has olvidado –los cuervos nunca olvidan.

Ahora paseas la mirada por la foto de tu boda. Ya no tienes corazón para esa foto. Ni siquiera reconoces a la pareja que posa inmóvil, plasmada en un trozo de papel fotográfico.

Cómo ha pasado el tiempo, sin un respiro, sin un abrazo, sin un apretón de manos, un apretón sincero, un apretón capaz de unir dos destinos. Tampoco a los “amigos” le importas.

¿Para quién vives? ¿Acaso te queda alguien a quien amar, a quien respetar, a quien admirar, a quien seguir…? ¿Queda alguien capaz de esos actos? Piénsalo. Estas preguntas son las que te harán ante la balanza que decidirá su última suerte. ¿Qué dirás? ¿A quién acusarás? Te engañaste a ti mismo. Borraste de tu consciencia, de tu atención, al Único que te ha amado siempre, al Único que te ha perdonado, al Único que no te ha reprochado tus infidelidades, tus olvidos, tu negligencia… tu despreocupación. Entonces, cuando recuerdes, copioso será tu llanto, incontenible, como si todos tus órganos, todas tus vísceras, fluyeran hacia tus ojos. ¿Para qué ibas a necesitarlos ya?

Después del llanto, vendrá la reflexión –todo ha sido un sueño. No, un engaño, una representación en la que poco importaba el papel que jugases. ¿Qué importancia pueden tener las realidades virtuales? Estás desnudo. ¿Te importa la desnudez? No, no te importa. En este escenario nada tiene efecto, son cosas de la otra vida. En ésta, todo es desengaño, frustración, amargura.

Trabajaste tan duro para “sacar adelante” a los cuervecillos, para agradar a la esposa que nunca tuvo una sonrisa para ti, nunca una palabra de admiración, nunca… nada. Dedicaste todo tu tiempo a esos menesteres a los que la cultura satánica de tu tiempo te inducía. Se trataba de ser un buen ciudadano, un buen tipo, un androide educado y fiel observante de los principios morales y éticos que “alguien” fabricaba para cada generación.

Gastaste tu tiempo en lo que no te beneficiaba, en lo que no beneficiaba a nadie, y descuidaste al Amado, al que nunca te dio la espalda.

Te vuelves a derecha e izquierda buscando a tu gente. No tienes gente. No hay nadie. No tienes a donde asirte. Aquellos a los que diste tus mejores años, tu energía, tu intelecto, tus aspiraciones… no tienen poder para interceder por ti. No te conocen.

A nadie le importas. A nadie le has importado nunca. La flecha de tu cupido se equivocó de blanco una y otra vez. Se incrustó en cuerpos muertos, en cadáveres bien maquillados, en ideologías traicioneras, en religiones idólatras. Y ahora has despertado –sin ojos, devorados por los cuervos; sin tripas, derretidas por la angustia, con la foto de bodas en tu mano derecha. ¡Arrójala al platillo de la balanza! Ni siquiera se ha movido. Un trozo de papel. ¿De qué te puede salvar un trozo de papel?

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Apoyabas a tu equipo de futbol pagando la cuota anual porque te parecía la mayor proeza, la mejor forma de afianzar tu identidad. ¿Oyes ahora los vítores de sus hinchas? Todo se ha apagado. No ha quedado nadie. Preferiste sus fotos a los libros divinos. ¡Qué mal negocio!

Te hablaron del relato profético, de hombres que guiaban con la luz del conocimiento, pero te inclinaste por el LSD, el peyote y la mezcalina. Aquellos paisajes alucinógenos te parecían preceder a la más alta estación espiritual. ¿Ves ahora a los chamanes que te prometían un placentero viaje post-mortem? Han desaparecido. Estás solo en esta nueva geografía.

¿Quieres volver? Vuelve, vuelve a entregar tus ojos a los cuervos, tu corazón a la viuda negra, tus sueños a las urnas, tus visiones a los sacerdotes. No hay vuelta. Sería inútil, repetitiva, la misma ecuación.

Todavía estás aquí, es cierto, pero de qué te va a servir escuchar las advertencias que te recriminan desde tu interior. Tu interior está podrido. Tu intelecto… saturado de sopor. No puedes digerir lo que comes. La intoxicación que padeces distorsiona las imágenes. Ya no podrás volver al camino.


¿Te hace gracia la verdad? ¿Te divierte vomitar sobre tu corazón?


¿Te hace gracia la verdad? ¿Te divierte vomitar sobre tu corazón?. Sí, te han hecho tantas promesas. Incluso llegaste a pensar que pasarías tus últimos días en algún asteroide o en alguna luna. ¿Ves ahora cómo era el universo? Qué importa ya. Ya nada importa. Tú menos que nada.

Comentarios

One comment on “A nadie le importas; no lo olvides.”
  1. ¡Magnífico!. Azuzando las consciencias del paupérrimo y sumamente desquiciado hombre occidental moderno.

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