El provincianismo filosófico y otros cuernos de la bestia.

¿Cómo ser un pensador y mantener al mismo tiempo una cierta dosis de normalidad? Gilles Deleuze descubre una siniestra anomalía que recorre la literatura anglosajona: el suicidio de Virginia Wolf, el alcoholismo de Thomas Hardy, el pesimismo de Jack Kerouac; pero también esa pesadez de los filósofos alemanes, incluido Heidegger, que tanto exasperaba a Nietzsche, es ya una especie de irregularidad psicológica.

No sabemos por qué las cosas han ocurrido de esta forma. No podemos apreciar dónde está la dificultad, dónde están los cimientos del muro del absurdo que tanto daño ha hecho entre los pensadores occidentales. En otras palabras, no sentimos lástima por ellos en absoluto ni sentimos que debamos recoger el testigo ensangrentado de sus reflexiones. Nada hay más detestable que los enfermos que se quejan ostentosamente de sus males y al mismo tiempo se niegan a tomar el remedio alegando alguna especie de sabiduría que tienen, ignorada por el médico. «No importa, gracias. Ya sé lo que debo hacer.» Quizás lo único que quede sea encogernos de hombros. Esta vez, sin embargo, hemos cerrado la puerta y estamos dispuestos a dar nuestra opinión al último enfermo del día sobre la sabiduría de esos lamentables pacientes.

El primer cuerno que encontramos en su tejido óseo es el provincianismo filosófico. Hay en ellos una especie de incapacidad para abrir la ventana y ver otros horizontes. De ninguna manera pueden apartarse del griego y del latín, lenguas basadas en el ser y no en la apariencia, en la sensación. ¿Cómo decimos en árabe «el cielo es azul»? Decimos as-samaau zarqaaun (el cielo azul). ¿Y cómo decimos «soy feliz»? Decimos ana sa’id (yo feliz). ¿Dónde, entonces, está el ser, el «es», el “soy”, el ente?

Toda la filosofía griega se basa en una desviación lingüística, la de imaginar que las cosas y las personas son, y que son entidades. Preguntar por el ser de algo en el sentido ontológico de la palabra es lo mismo que preguntar por la realidad de un automóvil en una película. Hay, es cierto, una presencia, hay en ese objeto una densidad, una consistencia, una belleza, pero todo eso es originado por la apariencia, por la sensación que produce el contacto de nuestras facultades cognitivas con un mecanismo dado. En este caso particular con un proyector de cine y la pantalla blanca. Encontramos lo mismo en las novelas. ¿Cuál es su ser? Mediante una técnica narrativa, el escritor crea en nosotros una sensación de realidad que nos hace vivir las vicisitudes de los personajes como si existieran, independientemente de su creador. Sin embargo, lo que realmente sucede es que nada de esto tiene ser o existe fuera del soporte de una pantalla, un proyector o una técnica narrativa.

El hombre nunca podrá comprender el ser porque él mismo no es. Es la sensación de ser lo que mantiene este universo. Es entonces más apropiado preguntar de dónde viene esta sensación. Es cierto que hay una fragilidad tremenda en todo lo que parece existir. El sueño profundo nos alerta contra esta seguridad de nuestra existencia, tan real, tan independiente de todo. Nuestro cuerpo funciona, pero no sabemos cómo y lo que sabemos proviene de una investigación externa: un cerebro que indaga sobre un estómago, un ojo que ve una mano y un oído que escucha los jugos gástricos. ¿No es esto acaso una desmembración, un arreglo, algo articulado? Todo el conjunto se llama “yo” porque tiene una identidad momentánea, una sensación de unidad. Sin embargo, es más bien una denominación de algo más allá de nosotros, de la persona, es decir de la máscara que come, camina y sufre. Nada es. Más bien, todo se manifiesta según diferentes máscaras, personas, que uno quiere crear.

Todavía no hemos respondido a la pregunta de dónde viene esta sensación. Viene del hecho de que hay un Ser, el que creó no sólo todos los elementos de la película, sino también la pantalla y el proyector, y ha escrito el guión de la novela con todos sus personajes y el universo necesario para que prosperen. Y esta es la relación ontológica que produce en nosotros esta sensación. Por eso, después de haber esculpido a su Moisés y considerando lo real que era, lo humano, Miguel Ángel le gritó, en vano: «¡Habla! ¡Habla!». Pero la estatua no habló porque Miguel Ángel no era, no tenía ser, y por eso no podía crear esa sensación de existencia, de ser, en otra entidad.

Lomonosov dijo algo similar sobre la materia: “La materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma.” No se crea, es decir, no podemos infligir esta sensación de existencia a nada porque nosotros mismos no somos, y por la misma razón no podemos destruir nada, ya que destruir es solo otra forma de crear en sentido negativo. Solo podemos manipular los elementos dados, las sensaciones que se nos presentan.

Chuang Tzu relata un interesante diálogo entre dos hombres sentados, conversando de noche en la orilla de un río. De repente, uno de ellos siente que algo se mueve detrás de ellos. Mira y ve un fantasma. Aterrorizado, le dice a su compañero: «¡Mira! ¡Hay un fantasma detrás de nosotros! ¿Qué vamos a hacer?» Y éste le responde: «Nada. Ni tú ni yo existimos. ¿Cómo puede la apariencia de una inexistencia dañar a dos que no existen?»

Sólo existe el Creador. Es Él y sólo Él, por lo tanto, quien puede crear estas sensaciones. Y decimos sensaciones y no seres porque eso implicaría independencia de aquéllas respecto de Él, el Ser Absoluto. Si yo soy, si el cielo es, si los átomos son, le damos la simple facultad de ser «también» y es aquí donde encontramos el fundamento de todas las formulaciones politeístas de los griegos y de los romanos, así como, inevitablemente, la concepción antropológica del Creador ya que todo lo que es, todo a lo que se atribuye la capacidad de ser, es antropológico. Es decir tiene forma, densidad y está sujeto al tiempo y al espacio.

Es aquí, en este provincianismo filosófico, en esta incapacidad occidental de recorrer el mundo, de desterritorializarse, de expandirse, de convertirse en rizoma, de unirse, entonces, de conectarse con otros elementos, otras formas de pensar, otros delirios, es aquí, repetimos, donde reside la tragedia europea, que ya es la tragedia mundial porque esta frustración continua, estas arrugas en el rostro, este estreñimiento existencial han generado un resentimiento profundo y un gesto, un movimiento crudo para destruir todos los espejos en el que su gravedad, su ignorancia… su fealdad pudiera verse reflejada.

Es aquí donde palpamos el segundo cuerno, largo y famélico, de su tejido óseo: la separación y enemistad entre la acción y la contemplación. Esos dos polos existen en el ser humano como los dos medios extremos de la búsqueda de la felicidad. Se denigra la vida o el espíritu. Nos vemos obligados a volver a cierta forma de animalismo o a luchar sin piedad contra nuestra naturaleza para romper el molde original del que salimos. En pocas palabras, lo que se nos propone es sufrir una esquizofrenia quemada, que sólo se resuelve con el odio al hombre y el resentimiento contra la vida.

Y, sin embargo, el mensaje más antiguo recibido por los hombres es que no hay contradicción, no hay oposición entre esas dos tendencias del corazón humano. Es un viejo problema que persiste en la obstinación del provincianismo filosófico. Cuando Arjudna recibe las enseñanzas, claras y detalladas, de la boca de Krishna, sus brazos de guerrero tiemblan, apenas puede sostener el arco y las riendas del carro. Su maestro le ha ordenado preparar un ejército y luchar contra su propio clan, sus propios parientes, sus tíos y primos. Arjudna intenta regatear: «Ahora que sabemos la verdad, ¿por qué no nos retiramos a una cueva y pasamos el tiempo meditando y contemplando? ¿Por qué interferir en los humildes asuntos de este mundo?» La segunda parte de la doctrina necesita ser explicada; el discípulo sólo ha entendido lo primero. «¿Crees que puedes matar? Cuando disparas tus flechas, no eres tú quien dispara. Cuando matas a tus enemigos, no serás tú quien los mata».

Puede que sea demasiado metafísico, aunque encontramos palabras similares, casi idénticas, en el Corán.

(17) No fuisteis vosotros quienes los matasteis, sino que fue Allah Quien los mató. Ni arrojabas tú cuando arrojabas, sino que era Allah Quien arrojaba.  (Corán 8-Sura de los botines de guerra, al-Anfal)

El mejor ejemplo de la inevitable unión entre el cuerpo y el alma, entre el espíritu y el mundo, se encuentra en los profetas: almas elevadas en plena acción, caudillos de naciones, guerreros, esposos, padres, mercaderes, sabios, legisladores… a la vez desprendidos de toda acción, ajenos al resultado, indiferentes al fracaso o al éxito, siempre unidos a su destino como la única combinación posible, la combinación de números que siempre gana, como si fueran jugadores de dados que apuestan todo a una sola tirada. Lo que encontramos aquí, en este provincianismo filosófico, en esos largos cuernos famélicos, en toda esa reverencia sacerdotal, es el grillete que los mantiene a todos sometidos a la perplejidad de su propio ombligo.

Podríamos aventurarnos a decir que son los filósofos los menos capacitados para hablar de filosofía en cuanto que sabiduría. Sus vidas nos muestran una transmutación parsimoniosa de universidad en universidad, de sillón en sillón, de fogón en fogón para calentarse las manos, con una manta sobre las piernas y, quién sabe, quizás con un brasero debajo de la mesa. La mayoría solteros, sin hijos, sin amantes, segregando teorías como única forma de eyacular, de dejar atrás su impotencia. Lo que estamos diciendo aquí es de gran importancia ya que la vida de un hombre es el único indicio que puede mostrarnos hasta qué punto podemos confiar en sus «hallazgos».

Es la acción misma la que mejor muestra el pensamiento y la veracidad del pensamiento. Los compañeros del Profeta Muhammad vieron ángeles durante una batalla, mientras luchaban, mientras mataban y morían. Sólo la acción elimina los apegos y permite la contemplación. Ser filósofo debería significar tener un estilo de vida, un encanto, un atractivo. Musa fue hijo adoptivo de Faraón, mató a un hombre, escapó, trabajó como pastor, se casó con al menos dos mujeres, volvió a su tierra natal y se enfrentó al orden establecido; enseñó a los Banu Isra’il lo que habían olvidado, huyó con ellos, vivió en el desierto. Es un tipo de vida que provoca, el tipo de vida en el que podemos confiar. Vale la pena escuchar a un hombre así, vale la pena seguirle.

Muhammad quedó huérfano a una edad muy temprana, vivió con su tío y su abuelo, organizó caravanas comerciales, se enfrentó al politeísmo y al despotismo de los Quraish de Meca, emigró a Medina, organizó una nación y estableció el tawhid, conquistó Meca y el resto de Arabia. Sus seguidores derrotaron a los más grandes imperios de la época y conquistaron casi todo el mundo conocido.

Ahora podemos entender mejor por qué el estoicismo se expandió hacia el este y el oeste, penetrando en todas las escuelas de pensamiento y tiñéndolas con su propio color. Aquí, la palabra “estoicismo” no se refiere sólo a la escuela filosófica fundada por Zenón de Citium en el año 320 E.C., sino también a una concepción práctica del pensamiento que en Oriente se denominó taoísmo. Ambas escuelas buscaban lo mismo: la forma de vida correcta, un estilo, un encanto, el encuentro con ese hombre universal, completo, santo guerrero, sabio comerciante, esposo contemplativo, todo en uno, y más, un hombre sin límites, un hombre-ummah. Sin embargo, aunque en el plano teórico desarrollaron la filosofía práctica frente a la especulación platónica y aristotélica, sólo consiguieron emular a este hombre perfecto. Esos no eran, después de todo, más que caricaturas de los hombres cuyo destino ha llevado toda la historia humana, todo el esfuerzo de un argumento.

Provincianismo y esquizofrenia: los dos cuernos de la bestia blanca.

(1) ¿Acaso no hubo un tiempo en el que el hombre –insan– no era nada digno de mención? (Corán76-Sura del hombre, al-Insan)

(9) …¿Acaso no te creé antes cuando no eras nada? (Corán 19-Sura de Mariam)

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