Carta abierta a los desesperados

Todo parece indicar que, por fin, el médico ha encontrado la cura para esta enfermedad que padezco desde hace años. Mas no me siento feliz ni me siento eufórico. Hasta ahora he buscado el alivio, no la inmortalidad. La cura es una ínfima prórroga antes de acabar el partido. Una esperanza de que, quizás, algo ira bien, algo mejorará en nuestras vidas. Son esperanzas sin base argumental. No existe la evolución en la naturaleza, como no existe en el devenir de los individuos. Nada, realmente, cambia con la extensión vital que nos da la cura. Es un continuar con lo mismo, tropezando en la misma piedra una y otra vez.

Mas hay algo que nos hace buscar la salud. Algo que nos alerta de que si todo acabase en este mismo instante, nuestra vida habrá sido un fracaso. Hay un malestar que nos impulsa a seguir viviendo, como si hubiera algo que todavía no hemos encontrado –algo fundamental, lo que, precisamente, explicaría el sentido de nuestra existencia terrenal.

La enfermedad trae reflexión, mientras que la salud nos devuelve a la inconsciencia. ¿Por qué todo es paradójico en la vida? Porque todo se mueve dentro de una dialéctica de contrarios, como en un intrincado mecanismo –la inconsciencia, la frivolidad existencial, nos arrastra al abismo de la ignorancia y la despreocupación hasta que llega la enfermedad y nos salva de la caída. Sin embargo, no podemos permanecer en la enfermedad para siempre, pues ello nos llevaría a la desesperación, que es la peor forma de rebeldía.

La enfermedad nos libera de la negligencia, de la ceguera, cuando sus efectos despertadores continúan activos una vez recobrada la salud. Ya nunca podremos sumergirnos en la indolencia existencial por largo tiempo, pues sonarán las alarmas que la enfermedad habrá activado.

Hace falta, pues, un cierto contento en la dolencia. Hace falta saborear sus enseñanzas, sus visiones, ya que la salud nos arroja a la fiesta, al ruido, a una anómala sensación de inmortalidad terrenal.

He vuelto a la salud y, de momento, perdura el silencio y la paz. No sé por cuanto tiempo. Quizás se trate de la calma antes de la tempestad. Podría ser. Mas he visto otro ámbito que subyace al oleaje de la superficie. El océano es mucho más profundo de lo que nos parece cuando paseamos por una playa tropical. Quizás no seamos todo lo que pensamos que somos. Quizás también nosotros estemos construidos en capas y sea la enfermedad lo que nos permita descender por ellas hasta el fondo existencial.

¿Y si ese fondo no fuese el final, la última capa, sino un corredor hacia otro mundo, otro estado, otra condición? ¿Dónde podríamos aprender esta geografía, en qué libros de texto? Reflexiones de enfermo. Mas entonces ¿no será la enfermedad el estado perfecto para reflexionar, para entender, para percibir la realidad? Y ¿no será la salud el velo que nos separa de esa visión?

El enfermo desespera de estar enfermo y puede llegar a desear la muerte y encontrar en el suicidio el remedio a su estado inaceptable. Y el que disfruta de salud desespera por estar sano y, a pesar de ello, no encontrar sentido a su vida y llega a desear la muerte y piensa en el suicidio como la solución a su insoportable condición.

En ambos casos no han sabido aprovechar la oportunidad de reflexionar que les brindaba la enfermedad y la salud. La paradoja solo puede resolverse con el equilibrio –nos encontramos bien en la vida, pero no aborrecemos de la muerte; buscamos el alivio, no la inmortalidad… Reflexiones, quizás, de un enfermo.

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