Epicuro en los infiernos

El lema epicúreo: “Busca el placer y evita el dolor. ¿Por qué hacerlo más complicado?” Lo podríamos sustituir por éste otro más realista y constructivo: “Busca la paz y el conocimiento y de esta forma evitarás la depresión y la angustia… la ansiedad.”

En este artículo de Jonny Thomson hemos encontrado algunos de los autoengaños entre los que se mueve el ateísmo.

Los epicúreos fueron algunos de los primeros materialistas del mundo y argumentaron que no hay ni Dios, ni dioses, ni espíritus, sino solo átomos y el mundo físico tangible.

El mundo físico tangible forma parte del sistema operativo y es solo una pequeña parte del entramo existencial. Nuestra experiencia cotidiana nos enseña que hay muchos elementos invisibles, inexistentes para nuestros sentidos y, sin embargo, ahí están, vivos o inertes, jugando un papel fundamental en nuestras vidas –la enfermedad, la vida, la muerte, el mundo microscópico… Ninguno de estos fenómenos es perceptible por nuestros sentidos. Sin embargo, existen, y sabemos que existen, que son reales, por los síntomas que manifiestan.

No obstante, se puede excusar a los epicúreos por esta falta de atención “imperdonable”, pues muchos de los “científicos” de hoy caen en la misma falta de observación, y niegan la existencia de cualquier entidad no perceptible por los sentidos o por sus sofisticados instrumentos. Por ello, insisten en llamar enfermedad al conjunto de síntomas que un individuo exterioriza.

Creían que la posición correcta en la vida era la de buscar el placer y evitar el dolor, y que ambos se lograban minimizando nuestros deseos por las cosas.

En la filosofía atomista y terrenal de los epicúreos, todo lo que cuenta en la vida es obtener tanto placer como sea posible y evitar el dolor. No se trata de convertirse en un hedonista desenfrenado, que va de los fumaderos de opio a los burdeles, sino de disfrutar de los placeres superiores de la mente.

Esa posición es la que buscamos todos en la vida, pero también todos sabemos que es imposible de lograr, pues lo que más predomina en esta vida terrenal son las enfermedades, las carencias, las deficiencias, los aspectos venenosos de la psicología humana, la imprevisibilidad… Por otra parte, el primer placer que busca una mente despierta, consciente, es el de entender el sentido de la vida, no el de saber cómo debo vivir. Mientras no sepa por qué y para qué existo, yo y el universo, resultará fuera de lugar el plantearse qué hacer en la vida, una vida sin sentido, sin transcendencia, que se acaba en la muerte, en una recolocación de átomos.

El propio Epicuro creía que el placer se definía como la satisfacción de un deseo, como cuando bebemos un vaso de agua cuando tenemos mucha sed. Pero también argumentó que los deseos en sí mismos eran dolorosos ya que, por definición, significaban anhelo y angustia. La sed es un deseo y no nos gusta tener sed. El verdadero contentamiento, entonces, no puede provenir de crear y complacer deseos sin sentido, sino que debe provenir de minimizar el deseo por completo. ¿Cuál sería el punto de fijarnos nuevos objetivos? Estos serán simplemente nuevos deseos que deberemos esforzarnos por satisfacer. Por lo tanto, minimizar el dolor significaba minimizar los deseos, y los deseos mínimos son aquellos que resultan necesarios para vivir.

Seguimos describiendo la pecera sin preguntarnos quién la ha creado y por qué estamos dentro de ella. Imaginemos que un día despertamos en un habitáculo cúbico cerrado, con unas dimensiones de 3x3x3 metros. ¿Acaso nos preocuparía hacer una descripción exacta de esa habitación? Obviamente, no. El primer pensamiento que asaltaría nuestra mente sería: “¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado a este lugar?” Sin encontrar la respuesta a estas preguntas, lo único en lo que pensaríamos sería en escapar. Y eso es lo que les ocurre a los epicúreos, ateos y materialistas, que al final terminan por escapar –por suicidarse.

Dado que los epicúreos estaban decididos a maximizar el placer y minimizar el dolor, desarrollaron una serie de rituales y rutinas diseñadas para ayudar. Uno de los más conocidos (sobre todo porque hemos perdido mucho escrito por los epicúreos) fue el llamado «Remedio en cuatro partes». Estos eran cuatro principios que creían que deberíamos adoptar para encontrar consuelo y deshacernos del dolor existencial y espiritual:

Entonces hay espíritu, un espíritu que nos duele cuando no llevamos a cabo sus exigencias de coherencia, lógica, raciocinio… un espíritu prisionero, amordazado, que no puede expresar sus síntomas. Mas este espíritu no necesita consuelo, sino libertad.

1. No temas a Dios. Recuerda que solamente somos átomos. No irás al infierno y no irás al cielo. La «vida después de la muerte» será la nada, de la misma manera que cuando no tenías conciencia alguna de los dinosaurios o Cleopatra. Simplemente no había nada antes de que existieras, y la muerte es una gran extensión del mismo vacío intemporal e indoloro.

2. No te preocupes por la muerte. Este es un corolario natural del Paso 1. Sin cuerpo, no hay dolor. En la muerte perdemos todos nuestros deseos y, junto con ellos, el sufrimiento y el descontento. Es sorprendente lo similar que esto suena a mucha de la filosofía oriental, especialmente budista, en ese momento.

Es interesante y enfermizo que la gran liberación que se le ofrece al hombre sea la muerte, una muerte sin transcendencia. Una muerte-olvido, una muerte que nos devuelve a la nada sin responder a nuestra apremiante pregunta de por qué entonces hemos venido a la existencia, ¿para sufrir unos cuantos años mientras buscamos el placer? ¿Puede ser este el objetivo de este universo? ¿No resulta extraño y sorprendente que en medio de esta nadería incoherente, absurda, el hombre se pregunte por qué existe, con plena consciencia de estar vivo y de tener, inevitablemente, que morir? ¿No es esta la prueba de que el hombre aspira a una vida transcendente que no acaba con la muerte, sino que, precisamente, comienza después de ésta?

3. Lo bueno es fácil de conseguir. El placer viene en la satisfacción de los deseos, específicamente de los deseos biológicos básicos que se requieren para mantenernos vivos. Cualquier cosa más complicada que esto, o más difícil de lograr, solo crea dolor. Hay agua para beber, comida para comer y camas para dormir. Eso es todo lo que necesitas.

¡Increíble la puerilidad de los filósofos! La cuestión es siempre la misma –cuál es el sentido de comer, de beber y de dormir, para luego morir. ¿Merece la pena vivir 80 años para realizar diariamente estas funciones básicas?

4. Lo terrible es fácil de soportar. Incluso si es difícil satisfacer las necesidades básicas, recuerda que el dolor es de corta duración. Rara vez tenemos hambre por mucho tiempo, y las enfermedades se curan con bastante facilidad (y esto se escribió 2300 años antes de los antibióticos). Todos los demás dolores a menudo pueden mitigarse con placeres. Si no se pueden satisfacer las necesidades biológicas básicas, entonces muere, pero ya establecimos que no hay nada que temer de la muerte.

Parece como si este cuarto punto lo hubieran escrito Fauci, Gates, Bezo… o fuese un comunicado del Fórum Económico Mundial. El futuro que nos propone hoy el sistema es una vuelta al pasado, a un pasado materialista, ateo y suicida.

La guía para vivir de Epicuro no nos dice «las cinco cosas que debemos hacer antes del desayuno» o «los diez lugares que debemos visitar para ya nunca volver a estar tristes». El epicureísmo supone un cambio psicológico de algún tipo.

Es decir, ese cambio psicológico consiste en reconocer que la vida no tiene por qué ser tan complicada como la hacemos. Al final del día, solo somos animales con necesidades básicas. Tenemos las herramientas necesarias para satisfacer nuestros deseos, pero cuando no las tenemos, hay en nosotros enormes reservas de fuerza y ​​resistencia capaces de soportarlo todo. No tenemos, pues, nada que temer porque no hay por qué temer a la muerte. Cuando estamos vivos, la muerte no está cerca; cuando estemos muertos, ya no importa la vida.

Práctico, moderno y sencillo, Epicuro ofrece una valiosa visión de la vida. Es un consuelo existencial para los materialistas y ateos. Es la felicidad en cuatro líneas.

Jonny Thomson quizás debía haberse dedicado a hacer programas culinarios en televisión, pues se le dan bien las recetas –un plato práctico, sencillo y económico. Mas la vida es otra cosa. La felicidad solo puede alcanzarse estableciendo en nuestra psique y en nuestro corazón una visión coherente y lógica de la existencia. El consuelo es para los tontos, los pusilánimes y la LGBT.

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