La gran mentira

Una buena parte de la humanidad tiene puestas sus esperanzas en Marte. Cada día mira a esa zona del cielo en la que se supone que está el planeta rojo… y suspira mientras calcula los meses que faltan para la cuenta atrás. Ya están reclutando gente para la misión, pero son muchas las solicitudes que han rechazado –algunos les acusan de supremacía blanca, y otros están pensando en rehacer el currículo, exagerando un poco sus virtudes y cualificaciones.

Piensan en viajar al espacio profundo en medio de estrictos confinamientos. Los británicos, en cambio, han puesto sus esperanzas en Marte y en Portugal, en caso de que la misión espacial se suspenda debido a algún contratiempo, como un descenso en las temperaturas, algún tornillo, exceso de viento… Ya se sabe que estas misiones son particularmente delicadas –un despiste, y te manda a una luna de Júpiter. Ya es el tercer cohete en dos meses que le explota a Space X. “Esta vez, se trata de hacer bien las cosas”, comentó un alto funcionario de la NASA, quien falleció de una inexplicable trombosis a las pocas horas de haber emitido su comentario. Varios expertos en fallecimientos intempestivos se apresuraron en negar que hubiera alguna correlación entre el fallecimiento del funcionario y sus declaraciones. A todos han sorprendido las palabras del experto, pues nadie ha dicho que existiese una tal correlación.

Portugal resulta más accesible, y aunque el Atlántico no tenga el glamour de los inmensos lagos subterráneos de Marte, tiene su oleaje, su historia y sus millones de toneladas de material plástico, como prueba irrefutable de que en la Tierra hay vida, presumiblemente inteligente. Todo ello hace que Portugal sea una opción más que razonable. O quizás, no. Playas vacías, bañistas con mascarillas, distanciamiento, desconfianza. Mientras se apagan las últimas esperanzas de volver a la normalidad, se encienden otras cada vez más alejadas de nuestra realidad.

Alexey Turchin y Maxim Chernyakov son rusos materialistas, decepcionados de su revolución, científicos que prefieren no creer en lo que ven en sus laboratorios, en sus fórmulas, en sus ecuaciones. Han escrito un artículo publicado en Popular Mechanics en el que explican la hoja de ruta hacia la inmortalidad. Es una hipótesis, o quizás algo menos, una elucubración, un pasatiempo para matar el aburrimiento en esas largas y gélidas noches siberianas.

No hay evidencia de una vida futura. Pero tampoco hay pruebas de que la muerte médica sea el fin de la experiencia subjetiva, o que la muerte sea irreversible o la inmortalidad imposible.

La esperanza. Algo se mueve en ese solitario Atlántico. Podemos ser inmortales, revertir la muerte, vivir para siempre en Portugal. Era evidente que la existencia tenía que albergar un sentido en su seno –la inmortalidad. Quizás todo haya sido un largo experimento hasta lograr vencer a la muerte. Los rusos lo han logrado.

Esta hoja de ruta involucra sistemas de IA súper-inteligentes impulsados ​​por esferas Dyson, ya que la tecnología primaria podría algún día hacer posible la resurrección.

¿Algún día? ¿Acaso no es algo seguro, algo encerrado en un sistema que sólo necesita un pequeño desarrollo para modificar nuestra mortal configuración? ¿No? ¿Es así?

El desarrollo de la IA va bastante rápido, pero todavía estamos lejos de poder ‘descargar’ un humano en un ordenador. Si queremos hacerlo con una buena probabilidad de éxito, entonces tendremos que esperar al año 2600.

Es un año demasiado lejano, improbable, incierto. ¿Por qué hablan de lo que podría ocurrir cuando todos los que hemos leído la noticia estemos muertos, y estén muertas las siguientes 20 generaciones, y seamos polvo y huesos carcomidos?

La fuente de alimentación detrás de la IA sería tan poderosa que necesitaría “esferas Dyson”, una mega-estructura de paneles solares que abarcaría una estrella y capturaría un gran porcentaje de su potencia de salida.

Quizás no haya vacaciones este año. ¿Quién las necesita con todo lo que se nos avecina? Al menos, el fin del mundo parece ahora más real, más cercano, más necesario. ¿Quién puede querer la inmortalidad? Solo los necios negligentes que viven con la consciencia apagada, y los expertos, los científicos, los especialistas. Solo ellos no han caído en la cuenta de que esta vida es soportable, precisamente, porque existe la muerte, porque es efímera, porque se acaba. Cerrar esta puerta supondría aceptar el castigo de Sísifo.

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