Algo sabemos, aunque sepamos que no sabemos nada.

Sin duda que hoy podemos considerarnos todos sabios, al menos desde el punto de vista socrático, pues en verdad que lo único que sabemos es que no sabemos nada. ¿Es realmente un signo de sabiduría el ser conscientes de no saber nada? Quizás se trate de una percepción momentánea, de una decepción ante un conocimiento que finalmente se nos ha escapado… pero nunca de una realidad permanente, de un estado inherente al hombre. Sabemos que sabemos poco, menos de lo que pensábamos, pero sabemos, sabemos aquello que nos incumbe, que necesitamos saber, comprender, utilizar –sabemos hacer barcos de vela, carretas, espadas, lanzas, arados… sabemos tricotar, hacer vestidos, fabricar papel, seda… Mas no sabemos con exactitud que pueda ser una molécula ARNm ni cómo funciona, cómo interactúa con otras moléculas en la célula. No sabemos cómo meter esa molécula en un frasco y luego inyectarla en un ser humano y hacer que se deslice por los fluidos inter-orgánicos hasta llegar a una célula, penetrar en ella y modificar la configuración del virus. Pero, quizás, no saber todo eso no signifique que no sepamos nada. Nos confunden las petulantes declaraciones de los científicos con las que parecen haber olvidado que tampoco ellos saben nada, excepto aquello con lo que estamos afinados con el resto del universo.

Reconocer nuestros límites cognitivos no quiere decir que seamos unos débiles mentales, unos ineptos, unos necios. Simplemente sabemos que la parte operativa de la existencia es impenetrable para el hombre. Únicamente tenemos acceso a la funcional –únicamente, y nos basta, es suficiente para vivir en este mundo en plenitud. Mas también sabemos que en el Otro, sabremos más, tendremos acceso a otros conocimientos, a otras percepciones.

Estas reflexiones, sin más pretensión que echar un vistazo al actual estado de cosas, nos permiten concluir que vivimos en el ámbito insospechado de una gran mentira. La mentira de hacernos creer que es mejor abandonar el conocimiento funcional en favor del operativo, el que nos permitirá controlar y dirigir las fuerzas que operan en el universo –el que nos permitirá ser dioses, o como dioses.

Mas la gran mentira tiene cola y no la puede esconder –no hay viajes espaciales ni nunca los ha habido; no hay espacio profundo repleto de trillones de galaxias; no hay coronavirus, excepto en la fábula que los medios de comunicación han fabricado con la intención de crear una mitología independiente que elimine a todas las anteriores; no existe la ciencia de los científicos, existe la ciencia de una Luna que cambia de casas mostrándonos el paso del tiempo en forma de meses, existe el Sol como signo del día y cómputo de las estaciones, existen las estrellas que iluminan el cielo, lo embellecen y guían a caravaneros y navegantes en la noche; no existe la muerte como el final de todo, sino como el principio de una nueva fase existencial; no somos el producto de una selectiva evolución, sino que hemos sido creados en el mejor de los moldes para tomar consciencia de la realidad, conectarnos a la órbita divina y ser inmensamente felices, o para sumergirnos en la más abyecta despreocupación existencial, vivir desconectados de la fuente y caer en un fuego en el que ni morimos ni vivimos.

Esta es la gran mentira en la que estamos enquistados, prisioneros, amordazados… pensando que todo ha sido producto del azar, de una sucesión cuasi infinita de felices y adecuadas casualidades, cuyo único presumible objetivo para el individuo es el de morir y para las sociedades humanas “evolucionar” hacia una inevitable y predecible distopía.

Dicen que nos aman y por ello han trabajado incansablemente para obtener la mejor vacuna que nos libre de ese virus asesino que ha paralizado el mundo. Pero no nos aman, eso forma parte también de la gran mentira. Odian el animal que somos –un animal que habita en el mundo, pero que no es del mundo. Se siente extraño en él y no logra creerse la gran mentira. Le tienen sin cuidado los logros del hombre –a punto ya los seres humanos de ser eliminados vía vacunación libre obligatoria.

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No sabemos nada, pero algo sabemos, aunque no seamos del mundo. Sabemos que todo ha sido una mentira, que todo es una mentira, que no ha quedado un solo saliente al que poder agarrarnos –Copérnico, Galileo, Space X, AstraZeneca… el becerro de oro, la gran fiesta gitana.

Y si no queremos participar en esa fiesta ni que nuestros hijos cambien de género y luego de sexo e ingieran hormonas para al final suicidarse.

Odian el animal que somos. Nos odian porque les hemos visto la cola, hemos presenciado cómo fabrican la gran mentira –derechos humanos, libertad individual, democracia, legislaciones humanas… La gran mentira, la gran tiranía.

“¿Por qué no?” Así han alterado el orden de valores, así han cambiado la creación del Altísimo. “¡Ya basta! Ya basta de dioses legisladores, vigilantes, entrometidos.” Así nos han arrojado a una vida absurda de 70 años. “¿Acaso no te has divertido?” No, no nos hemos divertido, nadie se ha divertido. Ha sido una fiesta sangrienta, infestada de virus, de vacunas, de mentiras.

“Pues esperad, pues todavía hay más mentiras por venir.” Mentiras que se aprenden en la escuela, en la familia, en los templos. Mentiras que nos van a inocular disueltas en el ARNm… por nuestro bien.

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