Siempre nos queda el suicidio, pero hay otra opción.

Seamos sinceros. A nadie le importó la muerte de Dios. Lo celebramos como el triunfo del humanismo frente a una divinidad que parecía no estar controlando Su creación. Todos sabíamos que era más una forma de justificar aquel asesinato que el resultado de un análisis filosófico. Los enterradores musitaban a cada palada de tierra que arrojaban sobre el ataúd: “Por fin solos, por fin solos.”

Después del funeral, el hombre regresó a la infancia desprovisto de todo medio de supervivencia. Mas su propio infantilismo le impedía darse cuenta de su precaria situación. Una situación que remedaba a la de esos niños que se han quedado en casa con sus primos y vecinos, mientras sus padres se han ido al cine.

-Sed buenos. No hagáis trastadas.

-Sí, mama, seremos buenos.

En el mismo instante en el que se ha cerrado la puerta, empieza la fiesta. El frigorífico está lleno de comida golosa, de helados y dulces. Hartos de comer, comienzan a echarse la comida unos a otros, a pisarla entre gritos de histeria. En medio de aquella aborigen, Pedrito se ha resbalado y se ha caído al suelo, fracturándose un brazo. Llega el silencio. Todos le miran aterrados, sin saber qué hacer. Pedrito gime de dolor. Su bracito se ha doblado de forma extraña y no lo puede mover. Su hermanita mayor ha tomado la iniciativa y ha telefoneado a su madre. “Por suerte”, se olvidó de cerrar el teléfono. Abandonan la sala mientras echan un último vistazo a la escena que llena la pantalla: “Nos vamos a perder el final”, piensa el padre. 15 minutos más tarde, llegan a casa, en la que todo son gritos y gemidos, lloriqueos, lamentaciones. Mientras la madre recrimina a los niños por su irresponsable actitud, el padre se dirige hacia el coche, llevando a Pedrito en sus brazos. No es fácil vivir sin los padres.

Ahora Pedrito, con los huesos del brazo en su sitio, con una incipiente barba manchándole las mejillas, ha decidido ser chica –le molestan sus genitales y quiere tener pechos. No ha habido en su decisión análisis, como no lo hubo en el asesinato de Dios ni en la fiesta en la que se rompió el brazo. Son decisiones arbitrarias, pasajeras… Es su derecho, aunque necesite a su padre para que le lleve al hospital –para eso están los padres, para eso está Dios.

Los sepultureros siguen observando el ataúd –demasiado pequeño para ser el de Dios. “Quizás hemos matado a otra entidad”, comentan entre ellos. “Quizás sea un dios menor, un ídolo, un genio o un demonio con tres cabezas. ¡No lo abras! Déjalo que descanse en paz!”

Ahora se busca la reconciliación: “Quizás sea posible llegar a un compromiso entre ciencia y religión”, proponen algunos. Un momento, hagamos recuento. Aparte de los sepultureros nadie más ha notado el tamaño del ataúd, demasiado pequeño para ser el del que decimos que es. Tampoco nadie le ha echado de menos, solo cuando zozobraba la nave o caía en picado el avión. Entonces le suplicaban. Los psicólogos lo explican como un lapsus del subconsciente que probablemente aún no se ha enterado del crimen.

Pedrito se ha suicidado. No logró encontrar una base racional para seguir viviendo. Lo cierto es que aquel hueso nunca terminó de soldarse. O quizás fuese aquella fiesta… la comida volando por la casa, el hospital, Dios asesinado.

¿Estamos seguros de que hicimos lo correcto? Fue una representación teatral, una pose, una estética a falta de un fundamento sobre el que levantar el edificio de la rebeldía. Pedrito solo quería jugar, pero sin reglas, destrozar la casa, romperse el brazo, matar a Dios.

Pero ¿realmente cree alguien que se puede llevar a cabo semejante acción? ¿Puede cometerse un crimen de ese calibre? ¿Puede un personaje matar al escritor? ¿Acaso no estamos hablando de realidades ontológicas irreconciliables? Probablemente sea así. Probablemente se tratase de un símbolo, de una forma de hablar. Quizás se trataba de hacer callar a Dios y dejar que el hombre tomase la palabra –también nosotros tenemos algo que decir con respecto a la marcha general de la existencia. Los sepultadores siguen nerviosos, incómodos: “¿A quién habremos matado? ¿Qué es lo que estamos enterrando?” Se lavan las manos. “Tan solo cumplíamos órdenes.” Pedrito solo quería jugar, divertirse pícaramente –se disfrazó de mujer, llenó la casa de confite y decoró las paredes con graffitis. Mató a uno de sus primos a botellazos a la salida de una discoteca. Alguien protesta iracundo: “¡Para eso hemos matado a Dios! ¡Para festejar el mayor crimen de la historia con fiestas infantiles!”

op2

Bien, ya hemos llegado al punto de máxima inflexión, el punto en el que se producen las rectificaciones más disonantes y disparatadas, el punto de los lamentos, de las justificaciones, de la retórica más incoherente. Todo parece colapsar, hundirse en arenas movedizas.

Los artífices del asesinato tienen algo que decir. Están desolados, perplejos, al ver a las masas enloquecer, exigir explicaciones. “¿Acaso pensabais que el asunto se nos había escapado de las manos inducidos por ciertos momentos de caos, de titubeos, de pruebas…? Las sustituciones llevan tiempo, especialmente cuando se trata de sustituir a Dios. Mas después de casi trescientos años de orfandad, seguimos vivos y con telescopios que nos acercan a lo más profundo del universo, con microscopios que nos permiten penetrar en la intimidad de la célula. Modificamos las mitocondrias como quien rehace una mayonesa. Generamos seres humanos en probetas, modificamos su genoma, curamos el 70% de los cánceres… Nadie, excepto nosotros, puede tomar el relevo. Dejar, pues, de fastidiar con vuestras dudas y vuestra culpabilidad, propia de esclavos.”

Han terminado los oficios religiosos y la gente sale de las iglesias, de las sinagogas, de las mezquitas, de los templos… Salen cabizbajos, pues en esos locales ya no hay divinidades, ya no hay santificación, ya no hay símbolos. ¿A quién adoramos? ¿A un padre de familia? ¿A un dios crucificado? Si es así, ¿por qué se nos reprocha que lo hayamos matado una segunda vez, que lo hayamos rematado?

Lo que habéis matado y crucificado es el chamanismo, la blasfemia, el encubrimiento… y ahora solo os queda para elegir la Verdad o el suicidio. ¿O contáis con otra opción?

Pedrito eligió el suicidio –estaba harto de drogarse, de engancharse al cinismo o al delito. Habéis desmontado la arquitectura de espejos que reflejaban un universo infinito y caótico, en desarrollo, azar tras azar… con el que pensabais erigiros en la estirpe de superhombres. Ahora, la fiesta se está acabando. Ya nadie se acuerda de Pedrito, y los invitados al gran banquete van abandonando la sala, con mascarillas, hacía nuevos confinamientos, mientras escuchan una voz que sale de unos orificios que llenan las paredes y los techos: “Ya ha comenzado el reclutamiento de colonos para las bases en Marte. Se descubren nuevos exoplanetas con características similares a las de nuestra Tierra. La IA controlará el funcionamiento de nuestras ciudades…” La voz se va apagando mientras un altavoz neandertal toma el relevo: “¡Vamos, vamos, vamos! ¡Suban a esa furgoneta! ¡En fila!” Nadie sabe a dónde les llevan. Alguien musita como si hablase consigo mismo: “Hizo bien Pedrito en suicidarse.”

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