El perturbador dilema entre libre albedrío y la predestinación.

La milenaria discusión teológico-filosófica sobre si existe o no el libre albedrío ha estado siempre basada en la subjetividad de los postulantes, lo que les ha llevado a una extenuación de argumentos sin llegar a un resultado satisfactorio.

Y ello, porque el proceso indagatorio debe hacerse a la inversa –primero tenemos que saber con certeza si el hombre es libre en sus acciones, pensamientos, imaginaciones… o si, por el contrario, somos programas cerrados. Una vez que tengamos la respuesta certera, podremos comenzar a buscar argumentos, evidencias, que la apoyen.

Discutir desde el subjetivismo humano sobre cualquier asunto es una pérdida de tiempo, ya que nuestras capacidades cognitivas son muy limitadas y nunca nuestra subjetividad podrá abarcar todas las posibilidades y sus interacciones.

Deberemos, pues, dirigirnos a la objetividad, que solo puede provenir del Creador, ya que es el único que conoce cada partícula de la existencia, pues es Él Quien las ha creado todas.

La objetividad divina se ha ido transportando sobre el sistema profético, quedando registrada en los registros revelados y en las enseñanzas de los propios profetas.

(59) Sólo Él tiene las llaves del Ghaib y sólo Él lo conoce. Sabe lo que hay en la tierra y en el mar. No cae una sola hoja que Él no conozca y sepa que ha caído, ni hay semilla en la oscuridad de la tierra ni nada húmedo o seco que no esté en un registro (Kitab) inalterable.

Qur-an 6 – al An’am

Hay una significativa insistencia en el Corán con respecto a la idea de que todo cuanto acontece en el universo y en nosotros mismos, sean ideas, acciones, sentimientos… ya estaba registrado antes de su manifestación.

(22) No ocurre nada, ni bueno ni malo, en la Tierra o en vosotros mismos que no esté en un registro (Kitab) antes de que hagamos que se manifieste.

Qur-an 57 – al Hadid

No es algo que se haya registrado después, como hacemos en un diario, en una crónica o en un análisis, sino, antes, ya que en esos registros está la información necesaria para que se produzca. De la misma forma que en el ADN está toda la información para que los ribosomas fabriquen la proteína que necesitan las células, en el ADN universal, en el Lauh-Mahfudh, están contenido todos los registros necesarios para generar este universo –con todos sus elementos, sus acciones y sus devenires.

Cada uno de estos elementos, cada planta, cada roca, cada animal, cada hombre… tiene un destino ineludible que debe ejecutar sin que pueda alejarse de él o modificarlo un solo milímetro. Del mismo modo que un programa de diseño no puede realizar funciones que no estén dentro del programa –no se le puede añadir ni quitar nada.

Nuestro destino, en última instancia, nos puede llevar al fuego o al jardín; y por ello, se nos ha dado una configuración psicológica, un carácter, una personalidad, específicos, afinados con el destino que se haya elegido para nosotros.

(179) Hemos creado para yahannam (el fuego eterno) multitud de yin y de hombres.

Qur-an 7 – al ‘Araf

Nuestra libertad, pues, no reside en la acción, sino en la consciencia. En realidad, todo funciona sin que en ello intervenga nuestra voluntad –no decidimos cuándo vamos a ir al baño ni si queremos ir o hemos decidido no ir nunca más; no controlamos nuestros órganos, nuestra digestión, nuestra respiración (¿Quién respira durante la noche?); no sabemos cómo funcionan los sistemas ni podemos influir en la composición de la sangre; no podemos decidir en qué circunstancias vamos a tener miedo… Todo ocurre “a pesar de nosotros”, sin nosotros. Y, sin embargo, no nos importa, pues sabemos, ya sea intuitivamente, que es mejor así, ya que, si fuéramos nosotros los que tuviéramos que controlar nuestro hígado, por ejemplo, no duraríamos con vida ni 24 horas.

De esta forma, descubrimos que ese “yo” que nos constituye es mucho más escurridizo de lo que en un principio habíamos pensado. No obstante, si nos vamos observando y vamos emboscando a ese “yo”, pronto caeremos en la cuenta de que nos resulta difícil asociarlo al cuerpo, a cualquier parte del cuerpo o a todo él –el yo está en el cuerpo, pero no es del cuerpo. Lo podríamos definir como el resultado de la interacción entre la nafs (entidad viva independiente) y la consciencia. Un observador que ve la existencia a través de la nafs y sus elementos cognitivos. Y es aquí donde reside nuestra libertad. Un día, hemos descubierto que, de la misma forma que podemos observar a los otros, a lo externo, podemos observarnos a nosotros mismos, a lo interno.

Desde esta perspectiva, poco importa quién mueva los hilos de nuestro destino, poco importa cuál sea el papel que nos haya tocado jugar en la filmación existencial. Lo único que realmente importa es observar la película –desde dentro y desde fuera. Un grandioso privilegio que únicamente se ha otorgado al hombre (ver Artículo XIII).

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