La contradicción activa el examen existencial

Mientras no hay confrontación nos parece vivir en completa armonía con el mundo. La rutina diaria nos provee de un automatismo que nubla nuestra consciencia, relaja nuestra vigilancia y aturde nuestro intelecto. Y todo ello hace que nos sintamos bien, sobre todo si, tras un cierto bajón, nos suben el sueldo o recibimos un ascenso o nos conceden un crédito. Sin embargo, ningún escenario dura lo suficiente como para convertirse en nuestra película.

Un día, empero, descubrimos que lo único que nos importa es el bienestar tangible. Más aún, caemos en la cuenta de que a pesar de nuestra creencia en Ajirah, en la vida del más allá, deseamos alcanzar la inmortalidad en este mundo. Y esta contradicción nos obliga a examinar nuestros valores, nuestra forma de vida, nuestras convicciones, nuestra mil-lah.

La contradicción es siempre algo aparente, algo que no podemos eludir, algo que pone en marcha el examen existencial. La ecuación resulta irreductible –cuando aparece uno de los factores, inmediatamente, aparece el otro, no podemos eliminarlo. Se hace urgente, pues, resolver la contradicción y llevar todos sus elementos a un común denominador.

Cada vez que escuchamos la primera propuesta, Ajirah, surge, como una representación cuántica que le acompaña, la inmortalidad en este mundo. Una no puede ir sin la otra, ya que la contradicción no se puede resolver en teoría ni pretendiendo que no existe. Es un vaivén pertinaz que va horadando nuestra estabilidad emocional, nuestra coherencia intelectual.

Debemos elegir y configurar nuestra vida según la elección que tomemos o, de lo contrario, cualquier iniciativa vital se volverá inactiva frente a la contradicción. En el momento en el que aparece la contradicción –y tenemos decenas de pares contradictorios– se activa el examen existencial, que no podremos obviar, excepto deteriorando nuestra consistencia psicológica y nuestra coherencia ideológica.

No se puede engañar a la contradicción ni separar sus elementos hasta lograr que uno se independice del otro. Van siempre juntos –irreductiblemente.

La elección que acaba con uno de los elementos de la contradicción puede exigir un cambio radical en nuestra vida, pues cada uno de estos factores lleva consigo una forma específica de vida en la que están implicados numerosos aspectos –tanto internos como externos. Puede cambiar nuestro estilo, nuestra estética, nuestras creencias, nuestra relación económica con la sociedad, nuestras posiciones políticas, nuestra involucración en el devenir existencial… Todo puede cambiar con una simple elección.

Resolver la contradicción es llevar a cabo una profunda cura, es curarnos, salir de los enfermizos dilemas. Es acabar con la guerra interior. Es firmar la paz con todos nuestros enemigos, con todos los elementos que consolidan las contradicciones.

La contradicción nos paraliza…

La contradicción nos paraliza, pues es la lucha de contrarios, en la que cada componente tira hacia el lado opuesto de su contrincante, inmovilizándonos y, al mismo tiempo, desgarrándonos. Nunca podremos unificar la ecuación. Debemos elegir, separar, cortar… eliminar uno de los elementos.

No se trata tanto de cambiar de partido o de religión, como de unificarnos, de resolver la contradicción, enfrentándonos al examen existencial, cuyo resultado final debe ser la cohesión, la congruencia.

La educación de hoy, la familiar como la institucional, no funciona porque está basada en flagrantes contradicciones –ahí tenemos a una ciencia materialista tratando de unificarse con la transcendencia. No olvidemos que Frankenstein, a pesar de estar formado con los miembros más perfectos, era un monstruo. No se pueden unificar los elementos de la contradicción –debemos elegir, resolver el dilema.

¿Cómo hemos llegado a esta situación de estar saturados de contradicciones? Hemos descuidado la aplicación en nuestra vida de nuestras creencias, principios, valores… hasta que se ha manifestado la contradicción y nos ha obligado a pasar el examen existencial. ¡Cuántas veces nos hemos impuesto y hemos impuesto a nuestros hijos graves contradicciones para satisfacer alguna exigencia social o económica! Se instalan, se acumulan y nos saturan.

El primer paso, pues, es descubrirlas. Y las descubrimos cuando aplicamos nuestra creencia en algún aspecto existencial. Si las vamos pasando por alto, si renunciamos a elegir, a resolver la ecuación, el dilema… se irán acumulando y acabarán por saturarnos, haciendo imposible su eliminación. Ello exige una constante vigilancia. El descuido, la negligencia, es nuestro peor enemigo, el que más nos debilita y nos hace vulnerables.

Estar vigilantes significa tomar consciencia, observar nuestros movimientos internos, eliminar las distracciones y concentrarnos en mantener la coherencia en todas nuestras acciones. Y para ello, necesitamos una gran dosis de determinación, cualidad esta que se ha eliminado de todo programa educativo –lo que se promociona es el consentimiento, la permisibilidad, la pusilanimidad… saturación, entidades invertebradas.

El examen no se puede eludir. Podemos dejar el papel en blanco, pero los resultados son implacables y el desorden psíquico que se deriva de tal actitud, devastador.

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