¿Es hora de que una mujer sea el presidente de Israel?

La pregunta parece retórica, pues es solo cuestión de tiempo el que las mujeres ocupen este cargo en todos los países del mundo. Y no solo el de presidentes de gobierno, sino también la dirección de corporaciones financieras, multinacionales, ministerios, universidades… Alguna razón debe haber para ello. No parece que sea un fenómeno espontáneo, sino más bien un efecto secundario; algo que era inevitable en el algún punto del desajuste social que llevamos sufriendo desde la Reforma, que no reformó nada, pero apuntaló el norte europeo en detrimento del sur católico –con una buena dosis moral y social musulmana.

La Reforma fue un movimiento político y no religioso, un movimiento que buscaba el poder, el dominio, la supremacía… a través de la “eficacia”. Y esa eficacia podía valerse de cualquier medio para conseguir sus fines.

Las sociedades que fueron surgiendo de ese movimiento, aparentemente religioso, fueron sociedades basadas en el materialismo, encubierto, al principio, por un cínico puritanismo. La eficacia era el nuevo dios anglosajón, y todo lo demás debía sacrificarse en su altar. Se trataba, en definitiva, de sustituir a un Dios legislador, por parlamentos licurgos; la transcendencia, por paraísos terrenales que ahora se llamaban “sociedades del bienestar”; el universo, como la obra de un Agente externo, por leyes físicas inherentes a la materia; el Plan, por la ciencia, como el ámbito de la verdad absoluta, negando la fiabilidad de cualquier otra fuente.

A través del colonialismo, esta religión de la eficacia se fue extendiendo por todo el mundo, cubriendo y eliminando cualquier otro valor, cualquier otra fórmula.

Mas resultaba difícil imaginarse un paraíso sin vicio, sin licencia para transgredir todos los valores sociales, incluso los que le son propios a la naturaleza humana. Había que trastocar la naturaleza humana para romper los diques de contención moral, para eliminar barreras y mover al infinito los límites establecidos.

Heredera de la Reforma, de Calvino, de la eficacia… la revolución francesa decapitará a la monarquía y abrirá el camino hacia la verdadera reforma política que iniciara Lutero –la revolución rusa. Sin monarquía, sin autoridad, sin designios divinos, sin estratificación… no les resultó difícil a los ideólogos rusos, judíos en su gran mayoría, establecer nuevos baremos de justicia –igualdad social y de género. La mujer entraba, así, en el mundo laboral, en la política, en la economía… en detrimento del papel que hasta ahora había jugado en la familia, en la preservación de los valores tradicionales y religiosos.

Sin embargo, no será en la Unión Soviética ni más tarde en Rusia donde las aguas con mayor fuerza hagan saltar los diques de contención. El vicio, las anomalías, las irregularidades psicológicas… Se harán fuertes en Occidente –Europa y Estados Unidos (con Canadá y Australia). Desde aquí extenderá sus tentáculos el deep state.

En un reciente artículo publicado en el The Jerusalem Post, Emily Schrader, pasando por alto todas estas consideraciones, se centra en la figura de Miriam Peretz como una posible candidata a la presidencia de Israel. ¡Por fin una mujer!

No solo parece obviar Emily los análisis político-históricos, sino también los archivos de su memoria:

Después de las elecciones en Estados Unidos, se ha hablado mucho sobre el futuro de la relación entre Estados Unidos e Israel, el estado del discurso civil en Estados Unidos, la negativa de Trump a ceder y una serie de otras cuestiones. Pero todo esto está cubriendo lo que quizás sea el punto culminante de esta elección: el notable logro de la vicepresidenta electa Kamala Harris, quien no solo se ha convertido en la primera mujer en ocupar este cargo, sino en la primera mujer de color en hacerlo. Es hora de que Israel dé un paso similar, pero para nuestro próximo presidente.

Mientras vemos a Israel lidiar con turbulentas protestas, fallos de nuestros líderes políticos y una crisis económica debida a la pandemia de COVID-19, tal vez sea hora de que también nosotros cambiemos de página y seleccionemos a la primera mujer presidenta (electa) de Israel: Miriam Peretz.

Es cierto que los primeros presidentes (por aquel entonces, primer ministro) de Israel, Golda Meir incluida, no fueron electos en las urnas –se podría argumentar que no estaba el horno para bollos– pero ocupó todos los cargos políticos disponibles en su tiempo –embajadora de Israel en la Unión Soviética, ministra de trabajo, ministra de interior y ministra de relaciones exteriores. Así mismo, ocupa el tercer puesto en la lista de presidentes mujer, detrás de Sirimavo (Sri Lanka) e Indira Gandhi (India), no sin una cierta dosis de ironía, pues era el tercer mundo el que se adelantaba, en tan delicado asunto de tener una dama en el poder, al primer mundo, siempre reacio a experimentos sociales innovadores. No nos olvidemos de Benazir Bhutto, que ocupó el cargo de primer ministro de Paquistán desde 1988 a 1996, salvo un intervalo de 3 años (1990-1993).

Por lo tanto, tanto en Israel como en otros países, que podríamos calificar de tradicionalistas con una mayoría musulmana o con comunidades musulmanas significativas, las mujeres han gobernado durante largos periodos de tiempo desde hace decenios. Así, pues, el hecho de que Miriam Peretz, u otra mujer, ganase las próximas elecciones en Israel –por qué conformarse con una vicepresidencia– no debería sorprendernos en absoluto.

Sin embargo, y al margen de los juegos de adivinación, el problema continúa: ¿Por qué desde hace unas cuantas décadas las mujeres están copando los puestos de responsabilidad en todas las esferas de las sociedades, especialmente y como algo inusual, occidentales? Presidentes de gobierno, primeros ministros, ministros, parlamentarios… y ello en un periodo récor. Sin duda que se podrían barajar un buen número de causas, pero nosotros hemos encontrado tres que nos parecen suficientes para explicar este controvertido fenómeno.

La primera hace referencia al cambio educacional que han experimentado las sociedades occidentales, en el que ha habido una agresiva imposición del concepto de igualdad basado en derechos y no en realidades fisiológicas y psicológicas, de modo que estos principios han tenido que ir dejando paso a una unificación anti-natura del hombre y de la mujer en tanto que personas, que seres humanos. Este cambio, esta rebelión, ha ido debilitando la determinación del hombre para asumir su papel natural de líder, tanto en la familia como en la sociedad. A este fenómeno que bien podríamos calificar de insurrección, se ha ido uniendo la puesta en práctica, según las interpretaciones de los poderes fácticos, y entre ellos los medios, de la declaración de los derechos humanos, haciendo, inexplicablemente, hincapié en todo tipo de anomalías, impensables hace solo unas pocas décadas, como la homosexualidad, el lesbianismo, el transgenerismo… creando una gran confusión social y mermando, aún más, la ya debilitada determinación masculina. Muchos hombres, no solo han abandonado su responsabilidad como dirigentes familiares, políticos… sino también su propia condición heterosexual, uniéndose a la anómala comunidad LGBT, que Bruselas, la ONU, la Casa Blanca… han clasificado como normal, justa y progresista. Este abandono ha creado un espacio, un vacío, una dislocación, propicios para una disimulada ocupación.

Y aquí entra en escena la segunda posible causa –el síndrome del emigrante. Cuando un individuo o una familia emigran a otro país, lo hacen con una gran dosis de determinación, añadiendo a su estado anímico normal una enorme cantidad de energía, pues tienen que hacer frente a una situación de inferioridad –son extranjeros, no conocen la lengua y, quizás, tiene un color de piel más oscuro que los nativos, como es el caso de Kamala Harris. Van a luchar, van a esforzarse, van a trabajar 24 horas al día si hace falta, pero van a triunfar, van a llegar a lo más alto de la escala social o morirán en el empeño.

De la misma forma, la mujer va a entrar en un nuevo ámbito de poder que hasta entonces le era desconocido, controlado por el hombre, y en el que tendrá que luchar, como los emigrantes, para hacerse un lugar en aquel concurrido festín. Para lograrlo, la mujer cuenta con una poderosa arma –la unificación natural de sus impulsos y de sus necesidades. La mujer no es tridimensional, como lo es el hombre. La psicología de la mujer es plana o unilateral. No tiene que combinar su deseo de poder con aspectos filosóficos, metafísicos o espirituales. Todas sus capacidades las empleará, unificadas, en un solo objetivo. Tampoco la materia moral o ética va a impedir que este tipo de consideraciones enturbien su futuro profesional. La mujer está mucho más inclinada al cambio de valores que el hombre. Todo aquello que le produce placer o satisfacción se convierte, ipso facto, en algo bueno e incuestionable –vemos la facilidad con la que la mujer se desnuda y se prostituye para conseguir el éxito. Tampoco intelectualmente la mujer está dividida. No hay interrogantes que le azucen. No “pierde” el tiempo en cuestiones que no le reportan un claro y rápido beneficio –no hay mujeres filósofos, campeones de ajedrez o líderes religiosos, salvo raras excepciones. Todo ello hará que sea el perfecto policía, el perfecto soldado, el perfecto director de banco… pues toda su energía, todo su tiempo, lo dedicará a esas tareas sin que ninguna otra preocupación, sin que ninguna otra inquietud o escrúpulo desvíen su atención.

Estos tres fenómenos, situaciones o características, han hecho de la mujer el sustituto del hombre en cuanto que dirigente –familiar y social. Han hecho de la mujer el cómplice idóneo del deep state.

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