Decepción es la sustancia que constituye la esencia misma de la trama existencial

A pesar de que los malaikah acompañaban a los hombres (insan) desde sus primeros pasos en la Tierra, éstos pronto se olvidaron de las reglas del juego y pretendieron ser recipientes de la sabiduría divina o, simplemente, dieron a entender que todo había sido una feliz cadena de casualidades.

Y ello nos hace suponer que las castas sacerdotales, las castas chamánicas, se establecieron poco después de que Adam y su grupo descendieran de las montañas del sur del Yemen y, de nuevo, se reprodujeran después de posarse, en algún lugar de la Arabia Felix, la nave de Nuh. Parece algo innato a la naturaleza humana tratar de desligarse de la órbita divina para complacerse en una orfandaz metafísica que le permite, pura inmadurez, seguir sus más bajos deseos.

Fuera de la forma que fuere, el insan intentó desde el principio organizarse siguiendo su propia subjetividad. Y en cada modelo social, político y económico que establecía no encontraba, sino decepción. Podríamos seguir los pasos de esta subjetividad hasta llegar a las cruzadas, la revolución rusa, los sistemas democráticos y la decepción que envuelve las presidenciales norteamericanas de 2020. La sabia conclusión a la que llega el predicador del Eclesiastés (1) –“vanidad de vanidades, todo es vanidad”, bien podríamos sustituirla por –decepción de decepciones, todo es decepción. Y ello sin que estemos proponiendo una epistemología del pesimismo o del suicidio. El conocimiento verdadero, por muy devastador que pueda resultarle a nuestro subjetivismo, es siempre esperanzador, pues nos guía al sendero de la realidad objetiva. Y en este caso, nos evita caer en la exageración, en el extremismo, que es la posición existencial que más se aleja de la verdad objetiva –siempre situada en el virtuoso centro, en el virtuoso término medio, aunque esa virtud implique a veces ir a la guerra o matar o destruir. No olvidemos otra de las sabidurías del Eclesiastés (capítulo 3):

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

Tiempo de nacer, y tiempo de morir;

tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;

tiempo de matar, y tiempo de curar;

tiempo de destruir, y tiempo de edificar; 

Y en cada uno de estos tiempos habrá decepción –decepción al plantar y decepción al arrancar lo plantado; decepción al matar y decepción al curar… Todo es decepción, pues nunca llegamos a saborear el absoluto, el placer absoluto, la libertad absoluta, la felicidad absoluta –insatisfacción y, por lo tanto, decepción.

Nuestra configuración genética actual, nuestra constitución, nuestras capacidades físicas y cognoscitivas, están encerradas y no pueden expandirse más allá de los muros que encierran el cuadrilátero existencial en el que se mueve la vida de este mundo (la vida de dunia). Fijémonos en otro versículo de Eclesiastés 1:

¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.

¿Hay algo de lo que se pueda decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.

No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.

El mismo cielo, el mismo Sol y la misma Luna recorriendo el espacio de Este a Oeste; la misma agua surcando la Tierra; el mismo aire; la misma noche y el mismo día… Nada nuevo bajo el Sol. Para qué entonces fatigarnos, para qué construir potentes y gigantescos telescopios, para qué indagar en el mecanismo interno de la construcción existencial… Para qué tratar de vivir sin el Creador.

(68) ¿Os habéis fijado en el agua que bebéis? (69) ¿Sois vosotros los que hacéis que caiga de las nubes o somos Nosotros los que la hacemos caer? (70) De haberlo querido, la habríamos hecho salobre. Aun así, no agradecéis.

Qur-an 56 – al Waquiah

El hombre no puede originar una sola célula, a pesar de no tener que partir de cero, a pesar de tener a su disposición todos los elementos que la constituyen, lípidos, aminoácidos, ADN… ¿Cómo entonces pretende entender el funcionamiento de este universo de una complejidad irreductible? ¿Qué pueden decirnos los astrofísicos sobre el cosmos? Que es cuasi infinito con trillones de galaxias y unos cuantos agujeros negros hipotéticos tragándose novas y… misterios sin resolver… Decepción. Un sentimiento natural, inevitable, que puede promover la desesperación o la reflexión. La desesperación, a su vez, nos incitará al cinismo, a la drogadicción, al crimen y al suicidio –podemos concluir que la mayoría de los occidentales están desesperados sin saber lo que les pasa. La reflexión, por su parte, puede llevarnos a indagar sobre el origen de la existencia y su razón de ser, su sentido. En ese proceso reflexivo podríamos preguntarnos ¿cómo es posible que un universo tan complejo en el que encajan con apabullante precisión todas las piezas carezca de sentido su parte más perfecta, más inexplicable –la vida humana, inteligente y consciente?

Un ejemplo: La actividad de las células procariotas junto con las erupciones volcánicas y otros factores cambiaron la composición de la atmósfera hasta hacerla “respirable” para el nuevo mundo eucariota que permitiría el surgimiento del mundo vegetal. Sin embargo, a falta de otro alimento, las plantas procesarían la luz solar adquiriendo de ella, a través de la operación clorofílica, la energía suficiente para vivir. Esta función la realiza un organelo llamado cloroplasta que produce moléculas de azúcar, indispensables para la vida vegetal y animal. Sin embargo, sólo las plantas poseen este organelo –ni los animales ni los humanos lo tienen en sus células procariotas. Por lo tanto, los animales deberán abastecerse de estas moléculas de azúcar ingiriendo grandes cantidades de plantas –lo cual, a largo plazo, acabaría con el mundo vegetal. Por ello, aparecerán, un tiempo después, los animales carnívoros que se alimentarán de los herbívoros, reduciendo el número de éstos y estableciendo, así, un perfecto equilibrio. Por último, aparecerá el hombre, que tendrá ahora a su disposición plantas, hortalizas, grano, carne… todos ellos alimentos cargados con células de azúcar, con energía, con vida. Un ciclo inimaginable para el hombre –células procariotas-cambio atmosférico-células eucariotas-plantas productoras de azúcar-animales herbívoros-animales carnívoros reguladores-humanos.

¿Puede este ciclo haberse originado sin un diseño previo, sin un plan, sin un objetivo? La reflexión nos puede sacar de la desesperación que nos produce la decepción existencial. La reflexión nos puede llevar a la transcendencia y a entender la vida de este mundo como una parada, como una fase más de un viaje eterno. En esta comprensión, la vida de este mundo deja de ser decepcionante, pues ya no le pedimos lo absoluto y nos conformamos con una relativa felicidad, la que es propia de esta etapa existencial, la que podemos soportar con nuestra configuración terrenal.

Nos alejamos así, del Superman hollywoodense, que nada tiene que ver con la naturaleza humana. Un personaje aceptable únicamente dentro de un mundo ateo y materialista, desprovisto de todo concepto transcendental… una decepción, una estúpida idealización norteamericana del “hombre perfecto”. Preferimos al hombre perfecto taoísta. Sin embargo, el hombre perfecto, objetivamente hablando, está muy lejos de ambos.

El hombre perfecto camina con humildad y habla sin levantar la voz; tropieza, se cae, se arrepiente… El fuego le quema y el contacto con la nieve le hace tiritar, pero siempre hay en su rostro una mueca de felicidad, una mueca de quien conoce las fases que le quedan por recorrer. Ya no hay decepción, sino comprensión.

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