La línea del destino

El hombre de hoy se despierta sin pasado ni futuro. Apenas recuerda lo que hizo ayer y todavía no tiene registrado lo que hará mañana. Antes de poner los pies en el suelo le viene la imagen de la oficina o de la fábrica. Ahora recuerda que tendrá que llamar al fontanero y comprarle unos cuadernos cuadriculados al chaval. Quizás haya quedado con algún amigo para tomar unas copas después del trabajo, o tenga que llamar a la amante de esta temporada para decirle que se verán la semana que viene. Eso es todo. Y no le importa que eso sea todo.

Sin embargo, la angustia que le acompaña de noche y de día como una carga que le hace estar como ausente y encorvarse ligeramente, se debe a esa desconexión con su propia historia, con su pasado, con su futuro… con su devenir.

Todo le parece un producto del azar, de la ciega casualidad, aunque en el fondo reconozca que eso de la eventualidad sea en sí mismo una anomalía racional. Pero el hombre de hoy no cree en otro fenómeno que en el de la contingencia. Todo en su vida fue casual –el que perdiera el autobús aquel día y llegara tarde al trabajo; las piedrecitas colocadas arbitrariamente al borde de la carretera; el que hubiera conocido a su esposa en un baile de fin de curso… Lo que él no elige lo echa al cajón del azar.

El hombre de hoy no es feliz porque no tiene tierra firme en la que pisar –todo es aleatorio, imprevisto, desconcertante en la mayoría de los casos. Se deja llevar por los acontecimientos fortuitos o se aferra a un modelo de vida basado en tradiciones familiares y sociales –odia los cambios, y por ello prefiere ser un conductor de línea a ser un taxista. Detesta los desvíos y las carreteras secundarias –quién sabe a dónde podrían llevarnos.

Este hombre es zarandeado por el destino, por un mundo contingente que no tiene finalidad alguna. No sabe lo que le pasa. No quiere saberlo, no quiere enfrentarse a interrogantes que podrían llevarle al suicidio o a la transcendencia –bosques éstos que le aterran. Son mundos de los que nunca ha oído hablar. A las 11 de la noche se acaba su marcador. Mañana será otro día, otro reinicio –00000.

Sin embargo, su falta de observación le ha impedido descubrir una ley existencial de primer orden:

El destino de cada hombre está afinado con su carácter

Nada, pues, está dirigido por el azar. Todo lo que nos pasa tiene como finalidad desarrollar nuestro carácter, manifestarlo.

También podríamos decir que:

El carácter de cada hombre va en consonancia con su destino

Con el significado de esta máxima podríamos echarnos las manos a la cabeza –un destino, un carácter, o para cada carácter, un destino. Desde que nacemos nos dirigimos ineludiblemente hacía un final predeterminado. Un final que viene fijado por nuestro carácter, por nuestras inclinaciones, por nuestras habilidades, por nuestros elementos venenosos y angelicales. Un paquete completo, un vehículo con el que recorrer nuestro destino. Rutas, surcos, vías… que nos llevan a nuestro final escrito y sellado.

Si no podemos observar este recorrido, si no podemos observarnos recorriéndolo, entonces es que nuestro final es el abismo. Si no podemos salirnos de la acción y permitir que la consciencia nos muestre cuán lejos está nuestra realidad de ese recorrido, entonces nuestro final serán las tinieblas, el sórdido silencio del desencanto.

Nacer y morir, ir apuntando nuevas galaxias, nuevos planetas, nuevos fenómenos que ocurren, según datos de algún observatorio astronómico, a millones de años luz –sentimos vértigo… después indiferencia. ¿Cómo es posible que la materia, sus desarrollos, sus caprichosas segregaciones, mantenga en jaque a las mentes más brillantes de la Tierra? ¿Es posible que la célula se haya convertido en el mecanismo más complejo del universo hasta el punto de que el hombre, la entidad más inteligente de cuantas existen, todavía no entienda su funcionamiento? De nuevo el vértigo, la confusión.

Dejemos el estudio del espacio profundo para aquellos cuyo destino es pasar entretenidos en crucigramas astrofísicos buena parte de su vida. No permitamos que la imaginación nos lleve al lejano extravío; dejemos de publicar las teorías que segrega nuestra subjetividad con el único objetivo de ganar fama y renombre, pues ese es un mal destino. Sigamos, más bien, la línea del destino; repasemos nuestra historia; reconozcamos que hay en los acontecimientos que la han configurado una perfecta sincronización con nuestro carácter.

Sin embargo, a nuestro nivel ontológico existencial hay bifurcaciones en los destinos. Es nuestra última oportunidad, la última posibilidad de “elegir” el recorrido que nos lleve a un final feliz.

Detengámonos, pues, reflexionemos, observémonos, observemos el recorrido que llevamos haciendo, observemos a qué final nos lleva…

30 Julio – 2020

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