El asedio a nuestra propia Fortaleza

En verdad que estamos viviendo tiempos satánicos. Tiempos en los que ponemos sitio a nuestras propias ciudades, a nuestro territorio. Nunca antes se había dado un escenario parecido. Siempre eran los ejércitos enemigos los que ponían cerco a un castillo, impidiendo que les llegaran provisiones a sus habitantes. Ahora somos nosotros los que entorpecemos su llegada a nuestros mercados.

En Estados Unidos empieza a ver problemas de suministro de comida, al mismo tiempo que se pudren toneladas de carne y otros productos debido a la prohibición de transportes privados.

peli

Escena de The Village

Nos resguardamos dentro de nuestras casas, de nuestras fortalezas, contra un enemigo imaginario que cada día los medios de comunicación promueven amenazadoramente. Vimos este mismo escenario en la película The Village, dirigida por M. Night Shyamalan en 2004. Siempre hay una razón para cerrar un país, una ciudad o un pueblo. Pero en este caso se trataba de una película, de una ficción, cosas de los guionistas. Antes habíamos visto Matrix, Truman Show, Dark City… Siempre la misma idea, la misma estrategia de dominación. Sin embargo, la puesta en escena que estamos viviendo hoy se asemeja perturbadoramente a la trama de The Village. Un grupo de personas, hartos del mundanal ruido, de la violencia que generan las ciudades, la corrupción y el vicio apoderándose de los jóvenes, deciden retirarse a una pequeña aldea rodeada por un bosque. Se trata de no permitir que las nuevas generaciones salgan de esa aldea, que ahora se ha convertido en su mundo sin que haya otro posible. Sin embargo, ¿cómo conseguir que sus hijos y sus nietos no abandonen aquel minúsculo universo que pretende ser el único lugar habitado de la Tierra? ¿Podrán suprimir en sus jóvenes el deseo de conocer el mundo exterior, sea cual sea? Obviamente, esto resultaría imposible sin un factor añadido –el miedo. Desde que son niños no han dejado de escuchar historias terroríficas de los monstruos que habitan en el bosque. Seres horripilantes que matan y devoran a los humanos. A pesar de que esas historias son la base cognoscitiva de su consciencia, la normalidad que impera en la aldea, la paz, la armonía social… hace que algunos de esos jóvenes comiencen a dudar de la veracidad de esas fantásticas historias. Habrá, pues, que intensificar la narrativa con sonidos pavorosos que recorran el silencio de la noche; aparecerán sombras que se desplazarán entre los árboles; siluetas amenazantes… No hay duda –el bosque está habitado por seres maléficos. Esa realidad impuesta es tan avasalladora, tan imponente, que nadie, en realidad, reflexiona sobre los puntos oscuros de la historia –quiénes son esas criaturas, de dónde han salido, cómo han llegado al bosque, qué hay fuera de ese territorio… El miedo, el hecho de que hayan sido los mayores del pueblo, las personas más respetables, quienes cuenten estas historias con absoluta fe en su veracidad, es suficiente para que todo el mundo lo acepte y viva, relativamente feliz, llevando esa carga sobre sus espaldas –a veces, no obstante, habrá que intensificar las escenas de terror, haciendo creer a la gente que son atacados por esos seres diabólicos. Sonarán sirenas de alarma, la gente correrá despavorida hacia los refugios, y todos verán con sus propios ojos a seres gigantes, encorvados, exhibiendo sus poderosas garras. ¿Quién se atreverá a dudar de esta realidad, ahora incuestionable?

¿Quién se atreverá a dudar de esta realidad, ahora incuestionable?

Para nuestra generación, la que nació en los 50 o 60, sólo la idea de que el guión de The Village pudiera hacerse realidad, nos pone los pelos de punta. Sin embargo, para los que hoy son niños o para los que todavía están por nacer, éste sería un escenario deseable. Aceptarían de buen grado una vida online; justificarían vivir entre pantallas de ordenador como forma de evitar los efectos mortíferos de la pandemia, de cualquier pandemia, de cualquier monstruo. Fabuloso material soft, juegos interactivos, programas “educativos”… corriendo en ordenadores cuánticos.

Nadie se va a acercar a la ventana para asegurarse de que el enemigo sigue cercando nuestra ciudad, nuestra calle. La siguiente generación se olvidará de ese hipotético enemigo. No tendrá más ventana que las pantallas del ordenador. La comida habrá dejado de llegar –ya nadie circulará por las calles ni por las carreteras. Comida sintética a domicilio –mundo online. Territorios ocupados por monstruos, por virus… por el miedo a la muerte. Ciudades sitiadas por sus propios habitantes. Confinamiento autoimpuesto. Ciudadanos policías, como en California, donde ya se está preparando a 20.000 ciudadanos para que rastreen a los contactos de la gente infectada. Final de película. El título, esta vez, será distopía.

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