La fuente suministradora de soma

Cada uno de nosotros está conectado a una terminal de la misma fuente. Nos llega, pues, el mismo fluido, el mismo soma, el mismo contenido. Todos pensamos igual, nos mueve el mismo deseo, ambicionamos los mismos objetivos. Mas el tinte que mejor colorea nuestro intelecto es la inconsciencia, el abandono de la responsabilidad que exige el recuerdo –quien es capaz de recordar debe mantener en su memoria el escenario de la realidad. Su vida, su pensamiento, son una continua denuncia del acto de encubrir la verdad. No habla, no publica, no concede entrevistas… y, sin embargo, es la única guía que le queda al hombre; la única luz que aún logra resplandecer y atravesar las tinieblas que ya lo cubren todo, desde arriba y desde abajo, tinieblas sobre tinieblas.

Ahora la fuente bombea fluidos más resistentes provenientes del Silicon Valley, un valle olvidado, un olvido absoluto que nos ha hecho preocuparnos de las terminales, obviando así la fuente, los planes, las maquinaciones.

Pensábamos que el asunto era tan sencillo como poner las manos y esperar a que cayese algún artefacto con nuevas funciones, productor de nuevas sensaciones –algo digno de admiración, como el ferrocarril, el motor de explosión, los aviones, la bomba atómica, el cobi19… Tinieblas sobre tinieblas.

¿Y bien? Ya ha caído, en forma de pandemia, y ha cerrado la fuente y ha detenido el flujo. ¿A qué esperamos ahora? A que se reabra la fuente y se reanude el flujo –a que todo vuelva a la “normalidad”. Eso no va a suceder. Nada puede “volver”. El pasado se borra mientras avanza inexorablemente, se devora a sí mismo. Podemos imitarlo, tratar de representar sus mismos escenarios, pero aquella realidad solo permanece en la memoria –nada puede volver.

Todo se ha cerrado, pero el Silicon Valley sigue trabajando. La fuente se ha desconectado de las terminales, pero los expertos no han cesado de producir nuevos programas, nuevas aplicaciones, nuevos sistemas de control de masas. Perfeccionan los ordenadores cuánticos para facilitar a los usuarios comunes el acceso a mundos virtuales que nada tienen que ver con la aburrida rutina de cada día.

Sus máquinas algorítmicas trabajan para averiguar con absoluta exactitud cuánta gente hace falta realmente en el mundo…

Sus máquinas algorítmicas trabajan para averiguar con absoluta exactitud cuánta gente hace falta realmente en el mundo –cuántos trabajadores, cuántos técnicos, cuántos expertos, que muevan el mecanismo que de vida al paraíso de las elites. Quizás ese número hace tiempo que saltó en alguna pantalla y está inscrito en las tablas de piedra de Georgia –500 millones. Parece razonable –100.000 elegidos y 4 millones 900 mil siervos. Quizás hagan falta cálculos más precisos, pero no creemos que la cifra final vaya a variar substancialmente.

Los rostros se han vuelto adustos al escuchar estas noticias, y cada uno se imagina ahora la forma en la que se podría conseguir esta drástica reducción poblacional. Desde la perspectiva que nos ofrece nuestra situación actual, podemos concebir dos escenarios plausibles: 1) Una guerra nuclear controlada; 2) Una devastadora pandemia que fuese eliminando paulatinamente el exceso de población, al tiempo que preparase al resto de habitantes para el nuevo orden mundial. ¿Cabría un tercer escenario? Cabría –un escenario post-apocalíptico en el que las propias fuerzas de la naturaleza se encargasen de acabar con la vida en la Tierra.

¿Qué podríamos hacer para cambiar una posible línea del destino? ¿Qué podríamos hacer para generar un cuarto escenario, un escenario de paz, de reflexión y de espiritualidad? La respuesta a esta pregunta podría ser otra inquietante pregunta: ¿Estamos dispuestos a cambiar un solo elemento de nuestra forma de vida, uno solo de los valores que la conforman?

Cada día nos metemos el tubo de la terminal en la boca y succionamos para ver si nos llega algo del flujo de la fuente. No queremos cambios, sino perfeccionar los sistemas de transmisión desde el Silicon Valley.

¿Qué esperanzas albergan los que desean la vuelta a la normalidad? ¿Acaso sea mejorar su condición de androides, de siervos, de esclavos, de entidades llenas de chips que controlen su motricidad, sus emociones, sus pensamientos? Si lográsemos un cierto control de la configuración genética de las entidades vivas –plantas, animales y humanos– ¿a dónde podríamos llegar? ¿Qué nuevos seres se podrían generar? No importa que no podamos responder, pues sobre nada de todo esto tenemos el más mínimo control. Todo pasa a otro nivel. Nosotros tan solo ponemos las manos para ver si cae algo nuevo, algo divertido, inesperado, chocante.

No obstante, hay algo que podemos hacer. El que recuerde, el que haya releído, el que haya sentido la naturaleza del molde primigenio en el que hemos sido creados… que se aleje de este torbellino informativo, de esta maquinación online, y adore a su Señor, y se prepare para el único escenario que realmente cuenta.

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