No hay mal que por bien no venga.

El coronavirus, sin que el índice de mortandad lo justifique, nos está haciendo pensar en la muerte, algo que llevábamos décadas intentando eliminar de nuestra memoria. Este virus, esta miniatura que ni siquiera es un organismo unicelular, que ni siquiera tiene independencia bilógica y necesita a las células que infecta para poder realizar su metabolismo y reproducirse, nos está desconectando de muchos tubos a través de los cuales nos entraba el ímpetu vital, las drogas que desconectaban nuestra consciencia y nos hacían vivir en la más obnubiladora felicidad.

Hoy, muchos han dejado de acudir a los lugares-fiesta, a los lugares con alto riesgo de contagio. Se quedan en casa, pues lo importante es vivir, mantenerse vivo; entre otras razones, porque no queremos morir sin haber comprendido, al menos, el sentido de la vida, la finalidad de este universo.

El coronavirus, que solo mata a los viejos y enfermos, ha desacelerado la trepidante actividad festiva que inundaba las sociedades civilizadas –se trataba, ante todo, de no recordar.

Por una parte, Occidente se pavonea de haberse construido sobre la civilización judeo-cristiana y, por otra, trata a la Biblia como a una recopilación de cuentos infantiles sin ninguna relevancia histórica, filosófica o científica. ¿Quiere ello decir que la civilización occidental está basada en un conjunto de fábulas contradictorias? ¿Quiere eso decir que el judaísmo y el cristianismo son meras leyendas de los antiguos? En cualquier caso, tendrán que ser ellos quienes decidan con qué parte de la historia se quedan.

El coronavirus ha traído un instante de reflexión del que quizás alguien se aproveche.

Quizás haya alguien que, a pesar del aturdimiento general en el que vive el intelecto humano de hoy, decida abrir la Biblia. No se detendrá en reyes, números o jueces (imposible pasar de la primera página), pero tal vez vuelva a leer los primeros capítulos del Génesis. Hablamos de los protestantes, siempre y cuando no pregunten a los pastores por la interpretación de este o aquel versículo –los católicos ni siquiera tienen la Biblia en casa. Ha habido, pues, una desconexión con el relato profético. Los científicos parecían mejor preparados que la curia para controlar y manipular las fuerzas que operan en el universo. El coronavirus ha mostrado que es el mal el que controla nuestras vidas. El mal que habla del eje del mal; el mal que colapsa de pena ante los niños destripados por sus bombas. El coronavirus ha traído un instante de reflexión del que quizás alguien se aproveche. Quizás alguien, después de leer el Génesis abra el Corán, o quizás no tenga este libro “prohibido” por los amantes de la verdad y de la civilización. Quizás se decida a salir de casa e ir a una librería a comprarlo –las librerías nunca han sido lugares abarrotados de gente.

La cuarentena espiritual, no obstante, no durará mucho más tiempo. Hay que volver a la fiesta, al olvido, a la inconsciencia. Sin embargo, es posible que haya habido alguien a quien el coronavirus le haya hecho reflexionar lo suficiente como para permitirle ver la estructura sobre la que se ha montado la falsa realidad en la que vivimos. Alguien se ha podido salvar del oblivium y despertar en el mundo de los vivos. Alguien ha podido volver a conectarse a la fuente.

Debemos retomar el concepto de Ajirah (la vida más allá del periodo post-mortem) para dar sentido a esta creación y a nuestra propia vida. Solo la imagen de Ajirah puede mantenernos en la cordura, en un ámbito sano sin alteraciones psicológicas. Solo el juicio de Ajirah puede infundirnos el temor suficiente como para convertirnos en individuos moralmente buenos. La normalidad, la lógica, la tranquilidad y la indagación intelectual son imprescindibles para transformarnos en elementos sociales luminosos que actúen como modelos a seguir. No serán las leyes ni la educación académica las que lo consigan. Si descartamos Ajirah, se instalará la locura, algún tipo de locura, en nuestra psicología, necesitaremos de nuevo las drogas y quizás el suicidio nos haga señas desde lejos. No acudáis a su llamada. Hay otras opciones. El coronavirus nos ha hecho entender que corríamos frenéticamente hacia el abismo. Nos ha detenido por un instante y hemos recordado ese viejo concepto de Ajirah. No lo dejemos escapar de nuevo al olvido.

Ya han muerto más de 4.000 individuos a causa del coronavirus, pero tú sigues vivo. ¿Puede ello deberse a la casualidad? ¿Es posible que no haya nadie allí fuera que ejecute los registros, las órdenes inscritas en el ADN universal? Sin duda que tu estar vivo forma parte de la trama existencial. Sin duda que hay un propósito en todo ello. La gente se lanza a la calle para proveerse de alimentos antes de que desaparezcan de los mercados. Se trata de vivir por vivir, como si alargar nuestra vida unos años más, fuese a cambiar nuestro destino. Tiempo de cuarentena, tiempo de reflexionar, tiempo sin trabajo, tiempo sin fiesta. Dejemos las drogas a un lado, el consumo, las conmemoraciones, aceptemos la inactividad a la que nos está relegando el virus. Aprovechemos estos instantes de reflexión. Salgamos, escapemos, del quiste existencial en el que nos encontramos.

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