Hagan juego, señores… No va más

La buena suerte y la mala suerte son extremos de un mismo absurdo –la casualidad. Pensar que pudiera existir y materializarse este concepto significaría que aceptamos que puedan existir fenómenos desconectados de la red general de acontecimientos.

La casualidad, en cuanto que una forma de hablar, es aceptable, pues no podemos seguir ni, mucho menos, enumerar todas las causas y efectos que ha hecho que ese individuo tropezase con la pata de la silla y se cayese al suelo. Sin embargo, este acto, como, por otra parte, todos los demás, es el resultado de innumerables causas y efectos que empezaron con la creación de este universo –primero fue el diseño, el guión, la realización… y después la proyección.

Cualquier suceso, por nimio que sea, lo podemos rastrear hasta un punto en el tiempo que nos permita entender que su primera causa se produjo en el momento mismo de comenzar a proyectarse esta creación.

De alguna forma, toda acción, todo movimiento, todo acontecimiento… tiene un mismo origen; es el resultado de un mismo impulso y un mismo momentum. Sin embargo, la inconmensurable cantidad de causas y efectos que los han traído hasta nosotros a través del tiempo nos hace preferir el uso del término “casualidad”, como una forma de eliminar una posible intención por parte de un agente externo –no hay nada misterioso en el hecho de haber tropezado con la pata de la silla. No nos damos cuenta, empero, de que el concepto “casualidad”, de existir, sería el verdadero misterio, ya que se manifestaría de forma independiente sin interactuar con el resto de sucesos. Todo acto “casual” significa, además, inmediatez en el tiempo –hace unas horas, esa silla no estaba en esa posición. Este hecho refuerza la idea de que aquel individuo tropezó con la pata de la silla por casualidad. Si damos marcha atrás, sin embargo, iremos cayendo en la cuenta de que ese acto está ligado irreductiblemente a otros, formando parte integrante del guión universal.

Tenemos otro ejemplo en dos grupos de piedrecitas. En el primero de ellos, las piedrecitas están colocadas al borde de la carretera sin ningún patrón específico, y cualquiera dirá, si se le pregunta, que ha sido el azar el que las ha colocado en esa arbitraria posición. En el segundo grupo, las piedrecitas están en la playa y forman una cara sonriente. En este caso, parece evidente que haya sido un agente, quizás un niño, quien deliberadamente las haya colocado de esa forma. Para muchos teóricos estos dos grupos de piedrecitas son un ejemplo de casualidad e intencionalidad. Sin embargo, esta aproximación es errónea, ya que parte del principio materialista de que este universo, él mismo, es fruto de la casualidad y, por lo tanto, solamente hay actos arbitrarios originados al azar, y actos intencionados causados por algún agente. Por el contrario, desde el punto de vista de un universo producido por un Agente externo según un diseño previo, solo puede existir intencionalidad, materializada a través de un agente consciente (un niño) o de fenómenos-herramientas, como el viento, la lluvia, el agua… que en manos de ese Agente externo van conformando el diseño previo de la creación.

Desde el punto de vista del espectador, el hecho de que el proyectil que cayó a unos pocos metros del protagonista no explotase, se debió a una casualidad, a un fallo casual. Para el director, en cambio, ese fallo estaba calculado desde el principio en el guión de la película. Si hay director, diseñador, Creador, no puede haber casualidad, sino intencionalidad.

En el caso del cine, el director no puede controlar todos los elementos de la filmación, pues la propia película forma parte de la trama general de la creación y muchos de los objetos que constituyen el escenario están ahí por decisión del Agente externo y no del director. Sin embargo, en el caso del guión existencial, todos los escenarios y acontecimientos se han originado, siguiendo el diseño propio, en el origen –allí están las primeras causas de todos los sucesos que irán materializando el guión. No puede producirse ninguna acción que no podamos rastrearla hasta el origen, siguiendo una cadena cuasi infinita de causas y efectos, de interacciones, de conexiones… en la gigantesca trama existencial.

Para el crupier, el hecho de que aquel caballero se haya llevado una fortuna apostando todo su dinero al 25 rojo, solo puede deberse a la casualidad o a algún tipo de trampa. Para el Agente externo, en cambio, para el Diseñador, para el Creador, ese “golpe de suerte” estaba en el guión mucho antes de que se produjera –su primera causa estaba ya en el origen.

(22) No ocurre nada, ni bueno ni malo, en la Tierra o en vosotros mismos que no esté en un registro antes de que hagamos que se manifieste.

Qur-an 57 – al Hadid

 

(59) No cae una sola hoja que Él no conozca y sepa que ha caído, ni hay semilla en la oscuridad de la tierra ni nada húmedo o seco que no esté en un registro inalterable.

Qur-an 6 – al An’am

 

En el caso de un escritor todavía es más evidente que nada de lo ocurre en su novela se debe a la casualidad. Al nivel de los personajes puede haber casualidad si el escritor ha decidido que eso es lo que quiere que piense el lector. Mas el lector sabe que esa “casualidad” forma parte del plan del autor –es él quien ha predestinado toda la trama.

La escalofriante propuesta de una creación casual, arbitraria, debida al azar, desbarata la más elemental lógica, propia del sentido común. No hablamos aquí de conocimiento, sino de escándalo racional. En este caso, lo primero fue el azar, que “eligió”, entre muchas otras posibilidades, la del universo que nos rodea. Mas cómo puede surgir el azar de la nada y originar una creación estrictamente ordenada, fase a fase, siguiendo un programa perfectamente visible, con el claro objetivo de producir organismos vivos inteligentes y conscientes, capaces de observar y observarse a sí mismos, reflexivos, con una clara imagen de la muerte como su inevitable final. Estas entidades vivas independientes (nafs), dotadas de lenguaje conceptual, ya pueden volver al origen y entender el sentido de la existencia y de su propia creación. ¿Puede este portentoso proceso deberse al azar? Más aún, ¿puede haber azar en esta creación?

El hombre no es libre en la acción, sino en la consciencia. El guión de la película está cerrado. Lo que se proyecta, no se puede alterar, únicamente observar como algo externo a nosotros mismos. Tenemos la posibilidad de ser espectadores, mas no la de meternos en el guión y alterarlo.

Podemos vivir en un mundo regido por el ciego azar sin más finalidad que nacer y morir, o podemos tomar plena consciencia del funcionamiento de la creación, siguiendo el guión, las fases del viaje existencial, su geografía… todo ello trasportado en el relato profético.

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