La enfermedad, ese maestro

La enfermedad, como cualquier otro fenómeno, necesita albergar en su propia naturaleza elementos positivos y elementos negativos cuya interacción le permitan establecer un equilibrio en consonancia con la configuración intelectual y sentimental del hombre. Si eliminamos uno de estos dos elementos, se romperá el equilibrio y tan detestable resultará estar siempre enfermo como no estarlo nunca.

La enfermedad es un fenómeno necesario y regulador de nuestra energía y su utilización. Si fuéramos nosotros quienes controlásemos la salud, habría un tremendo despilfarro; derrocharíamos este formidable poder en actividades improductivas e, incluso, dañinas para nuestra actividad intelectual.

La enfermedad nos separa de la rutina diaria, del estrés diario y del automatismo diario. Nos desconecta del mundo y nos arroja al lecho, inmóviles y ajenos a cualquier acontecimiento.

Es tiempo de reflexión. Tantas cosas han pasado desapercibidas en los últimos meses o años. Apenas hemos tenido tiempo de relacionarnos con nuestros hijos, de visitar a nuestros amigos. Quizás necesitaban nuestra ayuda o un consejo o simplemente nuestra compañía. Vemos ahora los fotogramas de nuestra vida pasar delante de nuestra consciencia como si fueran los fotogramas de otra vida, de la vida de otra persona.

Es tiempo de reunificarse, de reunir los fragmentos en los que se había descuartizado nuestra vida, nuestros recuerdos. “Quizás muera al final de esta enfermedad. ¿Acaso no he tomado los medios por fines? He malgastado la salud que tenía en juergas, en horas perdidas viendo televisión, escuchando música, haciendo turismo… ¿En qué se me ha ido el tiempo?” El tiempo de la salud que deberíamos haber utilizado en indagar, en reflexionar, en construir, por ejemplo, un ser humano; por ejemplo, a nuestros hijos.

Todo son interrogantes en la enfermedad. Sentimos un tremendo pesar por haber sido tan negligentes con la salud. Pero mañana, ya recuperados, volveremos a las andadas. Hace falta una prolongada y profunda reflexión para que el efecto sea duradero. Tenemos que observar nuestra fragilidad, caer en la cuenta de lo ignorantes que somos de nosotros mismos. Ahora nos zarandea un virus o una bacteria o algo que se ha desequilibrado en nuestro interior. No sabemos qué pueda ser. Sentimos los síntomas, nada más, y nuestra impotencia para reestablecer el equilibrio.

La enfermedad nos libera de las vanas fantasías terrenales…

La enfermedad nos libera de las vanas fantasías terrenales, de los proyectos que parecían hacernos inmortales. Ahora la muerte yace con nosotros. Quizás se vaya, pero hemos sentido su frío, su existencia, su cercanía. ¿Qué es entonces lo verdaderamente importante en la vida? ¿Cuál es su verdadero objetivo? No podemos vivir en este mundo sin contar con el Más Allá. Tiene que haber una continua interacción –uno es consecuencia del otro. ¿Qué haremos mañana si el ángel de la muerte no encuentra nuestro nombre en su lista? No queremos volver al ciego automatismo, a la nefasta inconsciencia.

Sin embargo, la salud es parte del equilibrio. No es un enemigo ni la causa de nuestra negligencia. La salud nos permite actuar, reflexionar, indagar… desde el otro lado. Necesitamos entender el circuito existencial también desde la salud. Necesitamos reestablecer el equilibrio.

¿Qué es entonces la enfermedad? Un fenómeno que se produce en el sistema operativo (inaccesible para el ser humano) y que se manifiesta en el sistema funcional a través de síntomas. No es algo visible ni perceptible para el hombre. Forma parte de la inevitable dialéctica de los contrarios. Dialéctica que observamos y sentimos en nosotros mismos –unas veces la llamamos salud y otras, enfermedad. Son caras de una misma moneda.

enfer1

Detestar la enfermedad es privarnos de este gran maestro. No asustéis a vuestros hijos con su sombra. Antes bien, enseñadles a beneficiarse de ella, a recogerse, a interiorizarse. Cada enfermedad es una oportunidad para volver a activar la consciencia y la reflexión, para apreciar la salud, el vigor, la energía. El lecho en el que yacen es todo su mundo, el que ha quedado, como el mundo de la tumba. Así será nuestro final. Un final de obnubilación, de agonía perpetua o un viaje hacia el dominio de los que han sido agraciados. Es en los tiempos de salud y enfermedad, en ese sutil equilibrio, en los que estamos decidiendo nuestro futuro post-mortem. Si perdemos esta enseñanza, perderemos este primer paraíso, este primer jardín.

Enseñad a vuestros hijos a beneficiarse del tiempo de inactividad que produce la enfermedad. Enseñadles a contemplar cómo la noche va cubriendo al día hasta que aparece la Luna. No puede haber un acontecimiento más sobrecogedor. Es el patrón de la propia existencia –la muerte cubre a la vida, la vejez abroga la juventud, la tristeza hace desaparecer la alegría. Son los contrarios superponiéndose, equilibrándose.

Les habéis dado todo lo que pedían, todos los artilugios electrónicos que parecían mágicos, ropa de marca… Mas ahora que yacen aturdidos por la fiebre, preguntadles qué valor tienen todos esos objetos inertes. Preguntadles si ven la diferencia entre lo vivo y lo muerto. Todo ese mundo virtual les estorba ahora. Están solos, sin miedo, recogidos en el ámbito de la enfermedad, ámbito en el que todo se amplifica. La salud pronto cubrirá a la enfermedad. Se reestablecerá el equilibrio. Volverá el vigor, la fuerza y la energía. Pero algo debería quedar en la memoria, algo que debería modificar su estado de salud –las enseñanzas del maestro enfermedad. Ese gran amigo que un día, por fin, nos abrirá la puerta hacia la eternidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s