Neil deGrasse Tyson, el joker de la NASA

Acaba de ponerse su cara más agresiva y habla pausadamente, como un verdugo que propone a su víctima ladear un poco más la cabeza hacia la izquierda para que el corte sea limpio y no le cause un dolor innecesario –el reo, no obstante, desconoce la razón por la cual le van a decapitar.

Mientras Tyson declaraba sin ambages que hay que cerrar las puertas del internet, de YouTube y otras plataformas mediáticas a los terraplanistas, el otro joker NASA, Michio Kaku, proponía deificar a Newton o, al menos, santificarle -¿qué necesidad tenemos de un Dios si ya ha nacido Newton y con él la luz? Obviamente, se trata de payasadas, de ocurrencias propias de los jokers, o de mensajes que reciben y con los que se les dirige hacia los lugares por los que hace aguas la agenda materialista de Occidente –hay que tapar agujeros; trabajo de albañiles y de fontaneros con doctorados en física.

El argumento de Tyson, casi delictivo, con el que intenta cerrar el apasionado debate sobre la forma de la Tierra, su movilidad o su acinesia, su origen, el big bang… es el de un juez que es parte del conflicto y ha decidido cerrar el caso –no le queda al reo, sino ladear ligeramente la cabeza hacia la izquierda.

Los sistemas de creencias no son necesariamente peligrosos hasta que no son difundidos por alguien con influencia.

¿Cuál es el sentido del debate cuando un lado del argumento es objetivamente cierto? No hay ninguno. A menos que el argumentador incorrecto tenga la capacidad de influir en las masas. Cuando un músico relativamente famoso comenzó a promocionar ideas terraplanistas en las redes sociales, el astrofísico Neil deGrasse Tyson sabía que tenía que saltar al ring y defender la ciencia con la ciencia. Los sistemas de creencias generales no son una amenaza, pero es importante combatir puntos de vista incorrectos y peligrosos cuando tienen la posibilidad de influenciar a una sociedad mayor.

El punto de arranque del argumento Tyson es que una parte del conflicto representa la objetividad, la verdad sin posibles errores… la ciencia. La otra parte, en cambio, estaría sumergida en la distorsionada imagen de la realidad que proyecta la subjetividad humana. De ser este el escenario, no cabe la menor duda de que un debate entre estas dos partes resultaría vano y fútil. No obstante, la dislocación lógica que produce el argumento Tyson es que este planteamiento viene de una de las partes en conflicto y, por lo tanto, carece de todo valor, ya que lo mismo pueden decir los terraplanistas o cualquier otro grupo que defienda una ideología contraria a la de la NASA.

La mejor indicación, sin embargo, de que la cosmovisión que proyectan las instituciones científicas y académicas occidentales ni siquiera roza esa tan anhelada objetividad, viene dada por la injustificada agresividad con la que se refieren a cualquier teoría que pudiera poner en tela de juicio sus planteamientos básicos, planteamientos que, por otra parte, esas mismas instituciones no dejan de variar y contradecir constantemente.

La propuesta NASA va en contra de nuestra experiencia cotidiana…

¿Dónde reside entonces el problema si uno o diez o cien millones de individuos creen que la Tierra es plana, o que es inmóvil, o las dos cosas al mismo tiempo? Después de todo, la propuesta NASA va en contra de nuestra experiencia cotidiana –lo que vemos por doquier es una gran alfombra extendida, miremos hacia donde miremos, absolutamente inmóvil. Todos nuestros actos están basados en esta inmovilidad y en esta planitud.

Cuando vamos en un avión tenemos delante de nuestros asientos una pequeña pantalla que muestra un mapa plano de la ruta y un avión que la va recorriendo dejando una estela roja. Cuando miramos por la ventanilla, vemos una Tierra siempre plana e inmóvil que vamos dejando atrás. En ninguna situación, dentro de nuestra experiencia cotidiana, dejamos de comprobar la inmovilidad y planitud de la Tierra.

En la quietud de la noche hay un silencio sepulcral roto, a veces, por el ruido de algún animal o de algún insecto –nada se mueve, nada cambia, las mismas estrellas de siempre, siempre en el mismo lugar de la bóveda celeste.

Cada noche vemos a la Luna moviéndose y cambiando de casas y, detrás, va el Sol como signo del día. Es tan evidente, que incluso en las escuelas se sigue enseñando que el Sol sale por el Este y se pone por el Oeste, ¿qué otra cosa se puede decir?

Las inconmensurables aguas oceánicas no se mueven un centímetro de su cauce a pesar de que la Tierra debería estar girando sobre sí misma y alrededor del Sol a una tremenda velocidad. ¿Quién podría detener su inercia a salirse de los enormes agujeros en los que se mantienen inmóviles? La atracción que ejerce la Luna sobre esas aguas oceánicas las hace retroceder mar a dentro centenares de metros, pero no así a las piedras, a los insectos, a las plantas o a los seres humanos. ¿De dónde le viene a esa atracción lunar su exquisita selección?

Cuando planteas la imposibilidad de no sentir los movimientos de la Tierra si ésta rotase y se trasladase a más de 1000 kilómetros por hora, te ponen el ejemplo del tren –todo lo que está dentro de él no se mueve –podemos levantarnos y caminar en sentido contrario para ir al baño. Mas qué diríamos si ese mismo tren se trasladase a mil km por hora y rotase sobre sí mismo a la misma velocidad. No parece lógico pensar que hubiera un solo pasajero que pudiera levantarse para ir al baño.

Cuando les requieres que te expliquen, de forma razonable, por qué no hemos vuelto a la Luna, por qué no tenemos allí una base humana permanente, te responden diciendo que no es rentable, pero ¿acaso es rentable ir a Marte? Más aún, hoy la ciencia encuentra miles de obstáculos para desarrollar un verdadero programa espacial, pero hace 50 años, con unos ordenadores que no eran otra cosa que calculadoras, fueron a la Luna y volvieron sin ningún problema. Hoy, en cambio, el programa Orion plantea la odisea de subir a 7.000 kilómetros y ver cómo reaccionan los mandos de la nave al atravesar los cinturones Van Allen y si el escudo protector que llevará el Orion podrá soportar las altas temperaturas con las que se encontrará al entrar en la atmósfera terrestre. Todo parece indicar que la aventura espacial acaba de empezar.

La “ciencia”, en cambio, nos dice que tiene explicaciones matemáticas y físicas para todos estos fenómenos, inexplicables sólo para las mentes débiles e ignorantes. Aceptémoslo. Pero y si, a pesar de esas fórmulas que solamente sus brillantes intelectos pueden entender y desarrollar, alguien decidiera seguir las indicaciones irreductibles de su experiencia diaria, constante, ¿deberíamos prohibírselo? La respuesta de Tyson sería: “No, mientras no influya a los demás”.

Hay, pues, un “eje científico” que contiene la objetiva verdad y tiene los medios técnicos y militares para hacer que prevalezca. ¿Incluso si se nos dice cada día que tenemos que reescribir la historia, la antropología, la arqueología, la biología y la astrofísica? ¿Incluso si hay otras teorías más coherentes capaces de absorber los nuevos hallazgos? Incluso así.

Comentarios

One comment on “Neil deGrasse Tyson, el joker de la NASA”
  1. Cuando vamos en tren sí que se sienten las vibraciones, pero en la inmensidad de la calma del desierto no se siente vibrar nada. Se empeñan en que el hombre sea un simio increyente en la trascendencia de la consciencia, por eso el terra-pelotismo evolutivo se impone a la fuerza. Salam.

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