¿Era realmente griego el estoicismo?

Hace bien Derek Beres en dejar caer, al comentar en su artículo “Las antiguas raíces de la psicoterapia tienen valor ahora” (The ancient roots of psychotherapy matter now), que la base filosófica del estoicismo es budista:

El estoicismo fue fundado por Zenón de Citium en el siglo III a. C. La base filosófica suena budista: no permitas que el placer o el dolor motiven tus acciones; acepta cada momento como es; vive una vida virtuosa tratando a los demás de manera justa; vive de acuerdo con la naturaleza.

Pero esta no es la base ni del budismo ni del taoísmo ni del estoicismo. Su base, lo que todos buscan conseguir con estas prácticas barrocas, son los poderes que les den poder, algún tipo de poder. Hay una pseudo literatura esotérico-orientalista, en muchos casos escrita por occidentales, que ha desvirtuado el carácter chamánico de todas estas corrientes “espirituales”. Se habla de filosofía e, incluso, de religión –hay muchos musulmanes que están convencidos de que Buda fue un profeta, pero entonces enviado por quién, con qué mensaje, con qué ley, quizás con la prohibición expresa de pisar a las hormigas.

Occidente ha rebozado el chamanismo oriental y lo ha presentado, dependiendo de los intereses del momento y llevados por la ignorancia, como una religión, una filosofía, una gimnasia o una terapia. Pero, ante todo, como un substituto, como una alternativa a la última manifestación profética. Miles de jóvenes europeos y norteamericanos se lanzan a las costas norafricanas en busca de respuestas, y allí, muchos de ellos, encuentran Islam. Esta situación, a todas luces alarmante, hace que se coloquen potentes focos en la India que logren atraer a esos jóvenes hacia el yoga, el budismo, el tantra, y tantas otras corrientes “salvadoras” que les están esperando con los brazos abiertos de sus gurús y de todo tipo de chamanes. La operación dio resultado, y varias generaciones de occidentales se pasaron buena parte de su vida entretenidos en prácticas excéntricas, y con promesas de alcanzar estados supra humanos nunca realizadas. Desilusionados, frustrados, sin esperanzas, volvían a casa sin un duro, con hepatitis B y unos cuantos gramos de hachís para pasar el trago, que normalmente se los quitaban en la frontera. Los siguientes focos los pusieron en América Central, en Méjico y Guatemala, pero también en Perú y en Bolivia. Se trataba del mismo chamanismo, pero con pirámides de fondo y menos enfermedades que en la India. El empuje vino de la mano de Carlos Castaneda, un antropólogo peruano nacionalizado estadounidense, y de su libro “Las enseñanzas de Don Juan”. Chamanismo, magia, y potentes drogas, todo junto en un mismo paquete, era ofrecido a los cándidos occidentales quienes no dudaban en comprarlo y comprobar, en el mayor de los desencantos, el engaño del que habían sido objeto. Uno a uno se iban apagando los focos y las siguientes generaciones decidieron proveerse de excitantes experiencias psicodélicas en los mercados locales –drogas a la medida.

Todo lo que no es profecía es chamanismo, y parece que ahora, una vez vaciadas las ubres de las vacas orientales, se quiere reavivar otra corriente chamánica, la misma en realidad, aunque en formato filosofía occidental, en formato griego –el estocismo. Esta asociación de la filosofía con el chamanismo es fundamental para entender cómo funcionan los sistemas no proféticos. En su libro “Sufismo y taoísmo” Toshihiko Izutsu ve un hilo conductor chamánico en todos los sistemas metafísicos, tomen la forma que tomen:

Es altamente significativo que la “leyenda” relacione al autor del Tao Te King con el estado de Shu. Esta relación no puede deberse a una mera coincidencia, ya que hay algo del espíritu de Shu que fluye a lo largo de todo el libro. Con espíritu de Shu me refiero a lo que podríamos llamar la tendencia chamánica de la mente o al pensamiento chamánico.

En el estado de Shu florecía todo tipo de creencias supersticiosas en seres sobrenaturales y espíritus, y abundaban las prácticas chamánicas.

Si bien este texto de Izutsu hace referencia a la filosofía china, lo mismo se puede aplicar a la filosofía griega. No olvidemos que en tiempos de Aristóteles y de Platón se hablaba de los dioses y de los héroes –hijos de un humano y una diosa– con el mismo espíritu que en el estado de Shu. De hecho, en su libro La República, Platón nos asombra con las siguientes palabras:

Acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón, bajé ayer al Pireo con propósito de orar a la diosa Bandis y ganoso de ver cómo hacían la fiesta, puesto que la celebraban por primera vez. Parecióme en verdad hermosa la procesión de los del pueblo, pero no menos lúcida la que sacaron los tracios. Después de orar y gozar del espectáculo, emprendimos la vuelta hacia la ciudad.

Esta atmósfera primitiva y pagana es la que propició el desarrollo de una seudo-ciencia que alejó a occidente del relato profético durante más de dos mil años. Se puede hablar de una adaptación chamánica a un nuevo gusto por la racionalización y la lógica, como advierte Toshihiko Izutsu:

La misma atmósfera produjo asimismo un tipo muy particular de pensamiento metafísico, probablemente porque la experiencia chamánica es de tal naturaleza que puede ser refinada y elaborada hasta alcanzar el nivel de experiencia metafísica. En cualquier caso, la profundidad metafísica del pensamiento de Lao Tze puede, creo, explicarse en gran medida si se relaciona con la mentalidad chamánica de los antiguos chinos.

A este respecto, nos parece más acertado decir que el chamán místico-filosófico es el producto de una corriente chamánica milenaria mezclada con la enseñanza profética –anterior a ésta– del Tawhid, de la Unicidad de Allah. Tarde o temprano, este nuevo chamán tendrá que enfrentarse a la noción de un Dios personal y Absoluto, y no verá otra forma de hacerlo que identificándose con Él. Las nociones de Dios y de Absoluto estarán siempre ligadas a una identificación, a una fusión. Así lo declaran algunos textos sufís, como éste de Husayn Ibn Mansur al-Hallay:

Yo soy Él a Quien amo,

Y ese a quien amo soy yo.

Somos dos espíritus morando en un solo cuerpo.

Si me ves, lo ves a Él.

Y si lo ves a Él, nos ves a los dos.

El mismo estado de shu encontramos este verso de Abdu’l Karim al-Yili:

Somos el espíritu del Uno, a pesar de que moramos por turno en dos cuerpos.

O en las palabras del dominico alemán Eckhart en su libro “El fruto de la nada”:

El padre engendra a su Hijo en la eternidad igual a sí mismo. Todavía digo algo más: él lo ha engendrado en mi alma. No sólo ella está junto a él y él junto a ella, por igual, sino que él está en ella; y el Padre engendra a su Hijo en el alma de la misma manera en que él la engendra en la eternidad y no de otra manera. Debe hacerlo, le guste o no. El Padre engendra a su Hijo sin cesar y todavía digo más: me engendra en tanto que Hijo suyo y el mismo Hijo; todavía digo más: no sólo me engendra en tanto que su Hijo, sino que me engendra en tanto que él mismo y él se engendra en cuanto a mí y a mí en cuanto a su ser y su naturaleza. En la fuente más interior, allí broto del Espíritu Santo; allí hay una vida y un ser y una obra. Todo lo que Dios realiza es uno; por eso me engendra en tanto que su Hijo sin diferencia alguna.

Es la manifestación literaria del fenómeno de identificación que se produce cuando las corrientes chamánicas penetran en la corriente profética, creando pseudo religiones o sistemas chamánicos que pasan por ser parte de la profecía. Sin embargo, estas corrientes, todas ellas, participan del mismo estado de shu, de drogas, supersticiones, milagros, poderes sobrenaturales… que las delatan como manifestaciones chamánicas que hablan de viajes astrales, de identificación con el Absoluto, que exigen, en una palabra, su adoración, su glorificación. Recordemos los viajes a Marte, a otras galaxias, los hoteles interestelares de los que nos habla el último formato chamánico, el tecnológico, el formato NASA. Todos estos sistemas buscan desarrollar poderes para lograr el poder.

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Es tan desconcertante la idea de una repentina aparición de civilizaciones, de lenguas, de doctrinas filosóficas o espirituales, que incluso historiadores sin ninguna tradición religiosa –como es el caso de Henri Maspero nombrado Profesor titular de la Escuela de Lenguas Orientales Vivas de Hanói en 1911– se oponen a la opinión generalizada que pretende que el taoísmo apareció con Lao Tze bruscamente a principios del siglo IV antes de nuestra era como metafísica mística, que tuvo un gran desarrollo con Tchuang Tze hacia finales de ese siglo y, a partir de entonces, fue corrompiéndose y degenerando hasta la dinastía Han, en la que se transformó en un cúmulo de supersticiones, magia y brujería. Obviamente, nada surge bruscamente, y menos una doctrina tan elaborada como el taoísmo. Maspero sostiene que el taoísmo era una religión personal –a diferencia del tipo agrícola y comunal de religión de estado que nada tiene que ver con la salvación personal– y que se remonta a la más lejana antigüedad. Lo que no sabía el profesor Maspero es que esa lejana antigüedad está haciendo referencia a los periodos proféticos, de los que deriva el taoísmo y todas las demás corrientes místico-filosóficas. Aunque a simple vista esa religión agrícola y comunal parezca completamente diferente de la visión taoísta, se trata en realidad de una misma concepción chamánica de la existencia que circula en dos niveles diferentes. En el primer nivel, el chamán no tiene que explicar el concepto de Dios único y le basta con ocuparse de las cosechas, de traer la lluvia en el tiempo propicio y de curar a los enfermos. En el segundo nivel, en cambio, el chamán se enfrenta a sociedades mucho más sofisticadas, en las que la explicación metafísica de los acontecimientos requiere de una mayor sutileza. En otras palabras, nos encontramos en la intercesión de dos caminos en la que conviven simultáneamente el chamán brujo y el chamán filósofo. Y en ambos casos, nos encontramos ante una búsqueda continua de poderes que justifique la preeminencia del chamán entre su tribu, entre su sociedad. Se trata, en definitiva, de trabajar para hacer posible la transmutación del hombre ordinario en “hombre perfecto”, en “superhombre”. Esta idea, este proyecto es el que subyace en toda corriente chamánica como lo pone de manifiesto Toshihiko Izutsu en el libro que ya hemos mencionado:

Lao Tze habla de sheng ren un “hombre sagrado”. Es uno de los conceptos clave de su cosmovisión filosófica y, como tal, desempeña un papel extremadamente importante en su pensamiento. El “hombre sagrado” es el que ha alcanzado el grado más elevado de intuición de la Vía, hasta el punto de estar totalmente unificado con ésta, y se comporta en consecuencia, siguiendo los dictados de la Vía. Exactamente en el mismo sentido, Chouang Tze habla de zhen ren u “hombre verdadero”, de zhen ren u “hombre extremo”, shen ren o “Superhombre”. El hombre designado por todas estas palabras no es, en realidad, sino un chamán filósofo cuya intuición visionaria del mundo se ha refinado y elaborado hasta convertirse en una visión filosófica del Ser.

Son los mismos conceptos que utilizaban los estoicos griegos. En su terminología aparece el “hombre perfecto”, un tipo de superhombre que afronta los mayores contratiempos con ánimo sereno. Así nos lo presenta Epiceto en su obra “Entrevistas, II”:

Veo hombres que repiten máximas estoicas, pero no veo estoicos. Muéstrame, te ruego, a un estoico, sólo pido uno. Un estoico, es decir, un hombre que, en la enfermedad, se sienta feliz; que, despreciado y calumniado, se sienta feliz. Si no puedes mostrarme a este estoico perfecto y acabado, muéstrame, al menos, uno que empiece a serlo.

Todo lo que no es profecía, es chamanismo, en cualquiera de sus formas, es ateísmo, es el intento, siempre fallido, de substituir al Altísimo, al Creador del Cielo y de la Tierra, por el “el hombre perfecto”, por “el hombre extremo”… por el chamán, por el brujo, por el filósofo, por el científico.

Ahora surge la pregunta: ¿De qué nos puede servir el chamanismo, se presente en el formato que se presente? Las propuestas chamánicas siempre obvian el principio y el final. Nunca nos explican cómo se originó la existencia ni cómo será la nueva geografía y los nuevos escenarios tras la muerte y tras la vida post-mortem. Su oferta se limita a una terapia, mezclada con máximas filosóficas, para atravesar la vida de este mundo con el menor conflicto posible. Sin embargo, todos los conflictos que ocurren en la vida de este mundo derivan del hecho de existir sin saber para qué, con qué objetivo.

Imaginemos por un instante que un día nos despertásemos en una habitación sin ventanas, sin puertas, sin muebles… La angustia que sentiríamos sería muy parecida a la que siente el hombre de hoy cuando, de vez en cuando, recuerda su situación y siente la extrañeza de existir. La cuestión entonces no es qué hacer en esa habitación. Lo primero, lo más urgente es saber por qué estamos ahí, quién nos ha traído hasta este lugar. Conocer el sentido de la vida es la única terapia que funciona. Todo lo demás son tretas chamánicas que hacen estallar a los brujos a carcajadas.

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