Nada hay más débil que una casa, ni nada más fuerte que un hogar

Los niños de hoy no están protegidos, ni los padres ni las madres, porque viven en casas, en construcciones hipotecadas. Todos odian esas paredes, esas ventanas, esos suelos… que tendrán que pagar durante los próximos 35 años. Lo más probable es que no lo consigan. Quizás pensaban que una casa era lo mismo que un hogar –obviamente, se equivocaban. La casa es un refugio temporal en el que la gente entra y del que la gente sale. Apenas hay comunicación. Son inquilinos sin un concepto claro de lo que pueda significar formar parte de una misma familia. Unos son obstáculo para otros, enemigos, gente inoportuna que ocupa un espacio que podría ser suyo o de ese o de aquel. La casa no es un lugar de reunión en el que planear estrategias y diseñar proyectos. No es un ámbito de colaboración –mucho menos de ayuda constante, de preocupación por los otros. La casa expulsa a los inquilinos a la escuela, al trabajo, a la calle… Nadie quiere permanecer mucho tiempo en ella –nada les pertenece. Nunca hay nadie en la casa cuando llegan los hijos ni tampoco hay nadie esperando al padre o a la madre –cada uno está en su cuarto conectado, aislado… recibiendo informaciones, imágenes, videos… que van conformando su cosmogonía.

La casa es una demarcación extremadamente débil –el banco te la puede quitar, puede arder, puede derribarla un terremoto… el hogar, en cambio, es indestructible. Se puede construir un hogar debajo de un puente, en una cárcel, en una jaima, en un sótano clandestino. El hogar nunca está vacío. Es el lugar que enseguida se añora cuando nos alejamos de él. Es un espacio de paz y de seguridad que nunca está cerrado.

¿Pueden estar en peligro, desprotegidos los niños que viven en un hogar? ¿Necesitan una ley que los ampare? ¿La ley Rhodes, por ejemplo? El ámbito del hogar no está restringido a la casa o a cualquier otro tipo de vivienda, sino que se extiende, acompaña a sus inquilinos, que ya son una gran familia. ¿Cómo podría un hogar expulsar a los niños a la escuela? ¿Qué harían allí con niños de casas, con instructores pagados, sin ternura, sin generosidad, sin fe? ¿Cómo soportarían esa desconexión?

El hogar proyecta un horizonte luminoso para el que todos trabajan, se esfuerzan. ¿Puedes tú dirigir a tus hijos hacia ese horizonte? ¿O acaso eres de los que trabajan de lunes a viernes y el fin de semana disfrutas de la fiesta pagana, de la fiesta gitana? En este caso, tendrás que seguir viviendo en casas y mandando a tus hijos a las instituciones arácnidas para que devoren sus entrañas y le arranquen el corazón de la derecha, el que late en los pechos de los rectamente guiados. Serán como tú –triunfadores, siempre con una bala en la recámara.

¿Dónde ha quedado la sal de la Tierra? ¿Dónde los buscadores de horizontes luminosos?

¿Acaso piensan estos usurpadores artrópodos que una ley puede sustituir y enmendar el caos y la degradación que sufren las sociedades cuando se sustituyen los hogares por casas, a las madres por guarderías, a los padres por funcionarios? ¿Dónde ha quedado la sal de la Tierra? ¿Dónde los buscadores de horizontes luminosos?

Hace tiempo que la pedofilia asola las casas, pero no puede penetrar en los hogares, pues son células infranqueables a cuyos guardianes ningún virus puede engañar.

El hogar es zona de confianza, de misericordia, de gratitud, de estudio, de reflexión, de alegría. ¿Quién sería capaz de abandonar estas zonas para ir a deambular por los suburbios del vicio y la ignorancia? ¿Quién puede preferir el engaño al compromiso? El hogar es compromiso. En las casas, en cambio, todos los discursos son engañosos –todos mienten.

Pretenden construir una sociedad sólida, robusta, hogareña… con leyes arácnidas, venenosas, para las que no hay antídoto.

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No entréis en esas casas edificadas con hilos de seda. No llevéis a vuestros hijos a esas casas educativas en las que les envolverán programas arácnidos, programas que les desconectarán del hogar, de la ternura, de la gratitud. ¿Queréis arrojar a esas telas pegajosas a vuestros propios hijos? ¿Para qué entonces los habéis traído al mundo? ¿Para qué si no teníais un horizonte luminoso hacia el que cabalgar a la misma grupa?

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