El inevitable envejecimiento nos despierta a la realidad… pero no a todos

El reciente estudio de David Blanchflower sobre cómo actúa el envejecimiento en la curva de la felicidad tiende a demostrar, por medio de las engañosas e irreflexivas estadísticas, que, una vez llegados a la mediana edad, digamos 47, la gente empieza de nuevo a ser feliz. Blanchflover está convencido de que hay una “curva universal de la felicidad” en forma de U que alcanza su punto más bajo al llegar a la mediana edad, para comenzar, a partir de ahí, su línea ascendente.

El primer error que comete David, y la mayoría de la gente con él, es confundir la felicidad con la inconsciencia. Los 50 acaban con muchas cosas en la vida del hombre –su actividad se ralentiza y empieza a observar el escenario existencial. Ha logrado realizar un buen número de las aspiraciones que latían en su interior, pero no ve que ese aparente éxito le haya aportado un conocimiento especial ni haya aumentado en algún grado su felicidad. Lo que todavía le queda por delante son 20 ó 30 años más de vida sin más objetivo que el de sumergirse en un relativo bienestar.

Sus primeros 40 ó 50 años han estado marcados por una trepidante actividad –hijos, vivienda, coche, vacaciones, colegios de pago… Sin tiempo, exhausto… No ha tenido ni un instante para detenerse y reflexionar. La inercia de esa actividad le impedía calibrar las consecuencias de sus acciones, de sus, a veces, arriesgadas tomas de decisión –de proyecto en proyecto, de inversión en inversión… de crédito en crédito. Las exigencias familiares y, luego, sociales le impedían apearse de aquel tren de alta velocidad –había que seguir.

Ahora, con casi 50 años a las espaldas, el escenario es muy diferente. Los hijos han crecido y lo han hecho en el más absoluto egoísmo. Tendrá que olvidar todos los sacrificios que le han costado; tendrá que olvidar alguna que otra noche de adulterio y una inexplicable indiferencia por el lujo conseguido.

Los espejismos que le habían hecho creer en su inmortalidad y en una felicidad en continua ascensión se han disipado. ¿Qué puede hacer este hombre, qué puede hacer esta mujer que había puestos sus esperanzas en la eterna juventud? Quizás suicidarse. Muchos lo hacen. O simplemente tratar de pasar el tiempo que le queda con drogas, con enajenantes que le hagan olvidar el devastador hecho de no haber encontrado hasta ahora el sentido de la vida. No obstante, hay otra opción, la que parece haber descubierto Blanchflower, la U, la vuelta a la felicidad tras haber tocado fondo. Pero como ya hemos dicho, aquí felicidad significa inconsciencia, desconexión con el dispositivo que unifica las capacidades cognoscitivas con la memoria y la consciencia.

El propio Blanchflower cita su experiencia personal de aquello que podría ser la causa de su nuevo periodo de felicidad:

Uno, con el tiempo, se siente agradecido por las cosas buenas que ha recibido en la vida. He visto morir a amigos de la escuela y eso me ha hecho valorar las bendiciones que puedan llegar durante los años que me quedan.

David, David, ¿qué haces dando clases en Dartmouth College? ¿Es eso lo que enseñas a tus alumnos? ¿A estar agradecidos por las bendiciones recibidas, por tener salud, medios de vida…? ¿Y a quién se supone que deben agradecer esas bendiciones? ¿A un hipotético Dios que se menciona en algunas exclamaciones de sorpresa o de miedo? ¿Y qué hay de la muerte, David? Qué importa cuándo morimos, lo que importa es que morimos. Todo lo demás, nada, ha quedado atrás. ¿Qué vamos a hacer ahora con lo que tenemos delante?

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La U de Blanchflower sólo puede significar una cosa –en vez de aterrase ante la perspectiva de una realidad post-mortem que desconoce, el hombre se sienta en un banco y hace recuento de lo bien que le ha ido en la vida y de lo mucho mejor que le puede ir en el último tramo cuyo final ha dejado de imaginar.

Este cincuentón ha vuelto a la niñez, a la inconsciencia de la niñez…

Este cincuentón ha vuelto a la niñez, a la inconsciencia de la niñez, a la exuberancia de la adolescencia. No es felicidad lo que encuentra en esa incongruente forma de pensar, sino inconsciencia, desconexión. Es feliz como lo es un pájaro que cada mañana sale a buscar la provisión sin sentir temor de no encontrarla. Su inconsciencia le impide imaginar tal escenario. Ni siquiera es consciente de ser un pájaro, de que va a morir, de los peligros que le aguardan en su búsqueda del alimento que necesita para seguir viviendo. Esa misma felicidad es la que siente el hombre desconectado de la consciencia. Mas no es esa enajenación algo que podamos identificar con el concepto de felicidad, ya que este concepto hace referencia, más bien, a un estado de paz interior, un estado que solamente se alcanza con el conocimiento que proviene de la reflexión y de la consciencia. Esa paz nos inunda cuando tenemos delante de nosotros una clara imagen de la existencia en su totalidad –antes de venir a ella, en la vida de este mundo y, después, durante el viaje post-mortem.

Esta es la imagen que nos proporciona paz y felicidad, no la de viajes turísticos, noches en discotecas y ropa juvenil.

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