Apariencias encubriendo la realidad.

Después de recibir el Premio Nobel de física, Richard P. Feynman pronunció una conferencia en un foro internacional en la que se esperaba que hablase de los últimos hallazgos de la ciencia y de las últimas teorías filosóficas. La expectación no podía ser mayor. La sala estaba a rebosar. Allí se había reunido lo más selecto de América, de Europa, de Canada, de Japón… del mundo entero para escuchar las bases de una nueva cosmología que sin duda despejaría todas las incógnitas y explicaría el origen del universo y de la vida. Feynman entró cabizbajo en la sala y, a paso lento, llegó a donde estaba la mesa presidencial con varios de sus colegas ya sentados. Feynman sabía que toda esa gente que se había reunido allí esperaba cosas nuevas, noticias revolucionarias; por ello, quizás, el rostro de Feynman reflejaba una cierta pesantez. Lo primero que dijo fue: “Estoy hoy aquí para hablarles de viejas ideas…”. La audiencia pareció desmayarse. Aquellos distinguidos asistentes habían venido de los cuatro puntos cardinales del Globo para escuchar reveladoras palabras, para oír de boca de este gran científico la solución a viejos enigmas y, por qué no, el planteamiento de otros nuevos. Sin embargo, lo que Feynman les estaba proponiendo era volver a las viejas ideas, a las ideas que no cambian, que no están sujetas al caprichoso vaivén de las modas. Es muy probable que el propio Feynman no fuese consciente de que con esas palabras se estaba refiriendo a la fitrah, a la naturaleza propia del hombre, al molde primigenio en el que Allah el Altísimo lo ha creado:


Entiende el Din como hanifa, fitrah en la que Allah creó a los hombres. No se puede remplazar la creación de Allah. Ese es el genuino Din; sin embargo, la mayoría de los hombres no saben.
Qur’an 30:30

¿Qué es, entonces, lo que nos saca de nuestra naturaleza, de la forma de ser que nos es propia?

¿Qué es, entonces, lo que nos saca de nuestra naturaleza, de la forma de ser que nos es propia? Esa fuerza obnubiladora que nos ciega y nos arrastra como un tornado, como un susurro, como si careciésemos de voluntad, como si fuésemos una hoja de papel movida por el viento, es la cultura. Por lo tanto, si la fitrah es nuestra naturaleza verdadera, el material del que estamos hechos, la cultura será kufur en el sentido de que cubre a la fitrah convirtiéndose en nuestra nueva naturaleza, una naturaleza artificial, muerta, siempre cambiante. Ya no veremos los acontecimientos que tienen lugar dentro y fuera de nosotros con la objetividad de la fitrah, sino con la subjetividad de la cultura.

La cultura es tan fuerte que no necesita iytihad, análisis, investigación; se acepta sin exigirle ningún tipo de argumento que justifique sus propuestas. Los jóvenes de hoy se ponen pantalones de payaso, pantalones rotos, pantalones descoloridos, y si les preguntas por qué tienen que vestirse de una manera tan ridícula, tan humillante, te dirán que es la moda, y que así visten los jóvenes europeos y americanos, y ese argumento es suficiente y no hace falta ninguno más; pero si les propones vestirse con ropa que cubra sus vergüenzas y que no las marque, empezarán a increparte y a bombardearte con preguntas, exigiéndote pruebas. Hoy, mucha gente cree en la reencarnación; creen sin saber exactamente qué es, cómo funciona, pero está de moda en occidente, hay muchos actores de Hollywood que siguen esa moda oriental; pero si les habla de la resurrección y del juicio, te exigirán pruebas, datos, testimonios.

Por lo tanto, vemos que hay dos formas de afrontar el mundo de hoy: a través del iytihad o a través de la imm’ah, de la ciega imitación, del ciego gregarismo; a través de la fitrah o a través de la cultura. Cuando seguimos la cultura seguimos sus extravagancias y apoyamos sus desmanes, pues no hay iytihad. La cultura nos presenta a Europa como el modelo a seguir, a pesar de que en 1492 comenzó la matanza sistemática de indios en América a manos de españoles, portugueses, franceses, ingleses e irlandeses. Unos años después se llenaban barcos enteros de africanos para trabajar como esclavos en el nuevo mundo, muchos de ellos morían en el trayecto debido a las condiciones inhumanas en las que viajaban. Millones de ciudadanos de la India pagaron con su vida el intento de expulsar a los británicos de sus tierras. Los holandeses establecieron el sistema del apartheid en Sudáfrica, que prohibía a los ciudadanos negros –es decir, a sus legítimos dueños– mezclarse con los blancos. Las barbaries cometidas en África podrían llenar una enciclopedia entera. Fueron estos europeos los que exterminaron a los indígenas de Australia y Nueva Zelanda. Ellos organizaron las dos guerras mundiales con un saldo de 100 millones de muertos. Estas matanzas, estos genocidios, estas expropiaciones de la riqueza de terceros no han dejado de producirse hasta el día de hoy: Afganistán, Irak, Libia, Yemen… y el intento frustrado de tomar Siria. ¿Cómo es, entonces, que la cultura insiste en presentarnos a Europa como el modelo a seguir, y nosotros lo aceptamos ciegamente? Precisamente porque en la cultura no hay iytihad, sino imm’ah.

Los valores eternos, transmitidos desde Adam hasta Muhammad (s.a.s) a través del relato profético, serán substituidos por las modas ideológicas, siempre cambiantes y siempre contrarias a la fitrah (la naturaleza propia del hombre).

El fundamento básico sobre el que se sustenta nuestra naturaleza es la autoridad; precisamente, lo que más molesta a la cultura. Es ella la que ha convertido al niño en el rey de la casa; todo gira en torno a sus deseos y a sus caprichos. Las familias se gastan fortunas en vestirles aun sabiendo que al cabo de unos pocos meses toda esa ropa de marca ya no les servirá, pues habrán crecido y necesitarán otra talla. Cada día recibe, al menos, un juguete que enseguida le aburre. Cuando llega la hora de comer, se escabulle porque no tiene hambre, se ha hinchado de golosinas, de dulces, de helados… que no le proporcionan ninguna substancia nutritiva, pero, en cambio, les produce ardor de estómago, gases, diarreas y otras molestias y enfermedades. El estudio le aburre pues carece de toda disciplina, y las materias que estudia están fuera de sus intereses. El único objetivo que le marcan sus progenitores es el de conseguir un diploma que le permita acceder a un buen puesto de trabajo. El conocimiento no juega ningún papel en los programas educativos de hoy. Cada vez dedica más tiempo a ver la televisión, y a entrometerse en la vida de los adultos. A perdido todo respeto por los mayores, ya que éstos le han servido desde que nació. Han obedecido sus órdenes, han realizado sus deseos y se han doblegado a sus caprichos. Si se le niega algo que pide, llorará, gritará y arrojará lo primer que pille a la cabeza de quien se haya atrevido a decirle “no”. Cuando va a la mezquita, se pone en la primera fila y todos los hombres le ceden el sitio, pues de lo contrario podría traumatizarse y no volver más. Al poco de comenzar la salah, empieza a jugar y a sacar a los adultos de la concentración que le es propia a los actos de adoración, pues se aburre. No tiene ninguna noción de lo que pueda ser el iman. Nadie se lo ha enseñado, pues la cultura enseña a quienes la siguen que el niño debe crecer culturalmente y luego, cuando sea mayor, ya elegirá el din que le parezca mejor. Aprende inglés, juega con los ordenadores, hace callar a los mayores porque quiere hablar él… Y la cultura tranquiliza a sus padres diciéndoles que tienen un hijo europeo, muy parecido a los niños británicos o italianos. El padre hace la salah y la madre lleva hiyab, pero su hijo no hace la salah, y su hija no lleva hiyab. “¡No importa!” Dice la cultura: “Van muy bien en matemáticas y en inglés”. No roban, no matan… Son buenos chicos. Ha entrado el amor en sus corazones y esperan impacientes a que llegue San Valentín para comprarle un regalo a su chico o a su chica. Eso es lo que han visto en las telenovelas turcas y en otras que les llegan vía satélite.

La fitrah, cubierta y silenciada por la cultura, propone una forma de vida totalmente distinta. El rey de la casa es el padre, el esposo. Y es la madre la encargada de trasvasar a sus hijos el respeto, la admiración y el cariño hacia él. Desde su más tierna infancia, debe servir a sus padres y a los mayores en todo lo que le sea posible. La fitrah ordena que los juguetes –una invención judía– deben desaparecer de las casas y ser sustituidos por los que el niño –con la ayuda de sus padres o hermanos mayores– se fabrique. Se le proporcionan palitos, trozos de tela, hilos… y con ello construirá barcos, coches, camiones, casas… No serán como los que se ofrecen en las tiendas, pero serán sus barcos, sus coches, sus casas… De esta forma, la fitrah desarrolla el análisis: a partir de unos materiales simples, fáciles de encontrar y prácticamente gratuitos, tendrá que fabricar aquello que desee. El juguete, en cambio, atrofia el análisis pues todo le es dado en su forma definitiva. La fitrah ordena que se vista al niño de la forma más económica posible, utilizando ropa de otro niño o de segunda mano, o ropa que hace la madre a partir de otra ropa que ya no sirve o de retales que compra en las rebajas. La fitrah prohíbe la ropa de marca, la ropa llamativa, la ropa con inscripciones o dibujos…

Así mismo, la fitrah prohíbe comer lo que no esté hecho en casa o por alguien cuyo temor a traspasar los límites marcados por Allah sea reconocido por la comunidad de creyentes. La comida de quien aspira al Jardín debe ser frugal y equilibrada, pues como dijo el Profeta Muhammad (s.a.s): “Nunca habéis llenado un recipiente más peligroso que el estómago”. Y en otro hadiz mutawatir citado por el imam Suyuti: “El creyente llena un estómago mientras que el kafir llena siete”. Es decir: comemos para vivir y no vivimos para comer, pues no se trata de una costumbre más o menos censurable, sino de una malinterpretación de la creencia. La fitrah nos enseña a preparar comida buena y sana sin necesidad de comprarla en la calle. La fitrah ordena a los padres, familiares, vecinos y amigos a preocuparse por la educación de los niños de su entorno. Primero relatándoles una y otra vez la vida de los Profetas, especialmente la del Profeta Muhammad (s.a.s), la de sus Compañeros y la de los grandes hombres que Allah ha elegido para guiar a sus comunidades una vez que su Profeta ha abandonado la vida de este mundo; después, enseñándoles la escritura árabe, el Qur-an, sin hacérselo memorizar como si fuera un papagayo, sino refiriéndose a Él como la guía y memorizando sus súplicas como un primer paso. Y lo mismo con los ahadiz. Cada hadiz que el niño aprende debe tener una aplicación directa en su vida. A través de este premier periodo de aprendizaje, el niño se irá familiarizando con la geografía de Arabia y, a partir de ella, con la del mundo. El siguiente paso será enseñarle un oficio –no una profesión. Las profesiones pertenecen al mundo de la cultura y, por lo tanto, son pasajeras. Los oficios, en cambio, pertenecen a la fitrah y por ello mismo no pueden desaparecer: carpintero, herrero, ceramista, encuadernador, albañil, especiero, curandero, armador… La cultura nos anima a vivir del conocimiento, pero la fitrah nos ordena vivir de los oficios y regalar el conocimiento, pues éste viene de Allah y no se vende. El Profeta Muhammad (s.a.s) nos dio el ejemplo cuando dijo a ciertos prisioneros que sabían leer que enseñasen la lectura y la escritura a diez hombres y que estos a su vez las enseñasen a otros diez y así sucesivamente. De esta forma se debe propagar el conocimiento. El Islam, si seguimos las directrices de la fitrah, será la base de la vida social e interior del niño, del adolescente, del hombre. Toda su vida girará en torno a enseñar y a aprender. Estudiará sentado en el suelo y allí comerá y allí dormirá. La estética de la fitrah nada tiene que ver con la estética de la cultura, basada en el lujo, en los muebles y en los adornos. La fitrah nos enseña que el verdadero lujo reside en la sencillez, y que todo objeto que no tenga una utilidad específica debe ser retirado de las casas.

Necesitamos volver a la fitrah, al estilo islámico…

Necesitamos volver a la fitrah, al estilo islámico, a las viejas ideas, a las ideas eternas. Y eso fue lo que realmente descubrió el Premio Nobel de física, Richard P. Feynman. Y eso fue lo que transmitió a su distinguida audiencia: “Tras decenios de investigación y de mirar al Cosmos, os digo: Volvamos a las viejas ideas, volvamos a lo que no cambia.” Volvamos, pues, a la fitrah, a la mil-lah de Ibrahim y a la sunnah Profética.

Comentarios

One comment on “Apariencias encubriendo la realidad.”
  1. Expertos del mundo moderno, sociólogos, psicólogos y educadores, ¡hablad!, ¿tenéis argumentos para rebatir la cosmovisión trascendente, islámica, que proponemos para sanar al ser humana y sacarlo de las cloacas de las sociedades occidentales? Cual es vuestra propuesta, ¿seguir así?, ¿seguir perfeccionando la democracia? Vosotros, expertos de academia, no podéis aportar nada de valor para revertir el actual estado de decrepitud de occidente, porque vosotros coméis del satánico sistema que lo ha derruido, vosotros sois parte del gran satán encubridor de la fitrah. Hablad si tenéis argumentos, o si no, al menos, ladrad.

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