La pasividad lleva a la robotización.

Nada hay más deseable para el hombre de hoy que la cultura. No cesa de admirarse ante sus múltiples manifestaciones en la sociedad. Es su orgullo, lo que marca la diferencia entre el primer mundo y el tercero.

La oferta cultural es uno de los factores que The Economist introduce en su algoritmo para averiguar cuál pueda ser la capital del mundo más habitable. Y, sin embargo, nada hay más destructivo que esta naturaleza artificial, que esta fitrah fabricada por los consorcios del mal para cambiar el molde primigenio en el que fue creado el hombre, el insan.

La oferta cultural, un concepto que solamente existe en Occidente, no es lo que The Economist sugiere que sea. No se trata de conciertos, exposiciones, museos o cursos nocturnos de cocina. Se trata, ante todo, de un cambio radical de valores. La cultura propone el destape de la mujer; las transparencias, como se puede apreciar en las últimas ofertas de moda; la insinuación, cada vez más arriesgada; una continua exposición –fotos, cámaras, flashes; un continuo exhibirse. Para la cultura la virginidad, la castidad, el recato… son un insulto a la libertad, a la independencia. La mujer debe mostrarse, debe maquillarse, enmascararse, hacerse anónima, entregarse al deseo, al deseo propio y al ajeno.

Cubrirse, protegerse, retirarse del bullicio callejero… es morir ya en vida, renunciar a la fiesta, a la adoración del becerro; es purificarse, el peor pecado para la cultura, la que ha hecho que el hombre no desee tener hijos, no desee casarse. La cultura le dice: “¡Diviértete, que son cuatro días!” Pero no son cuatro días. En esta vida se juega el hombre su futuro en la eternidad. La responsabilidad, el sacrificio, el estado de alerta… han sido substituidos por la indiferencia, la negligencia, la pusilanimidad y la decadencia. La cultura ha hecho débiles a nuestros hijos. Para todo necesitan anestesia y cuidados intensivos. Todo les parece demasiado pesado. Solo tienen fuerzas para ponerse la camisa última moda o ir a la peluquería. ¿Puede acaso extrañarnos si un día estos muchachos deciden ser chicas, deciden rajarse y amputarse los genitales? Para qué quieren huevos si no tienen huevos.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo es posible, imaginable, que los propios musulmanes aprueben o, al menos, toleren la homosexualidad y todo lo que les llegue? Es posible porque la pasividad conlleva robotización. Si no actúas, te empujan. Si no vas, te llevan. Si no desarrollas, te configuran. Si no resistes, te asaltan. Si no luchas, te desconectan. Este es el hombre de hoy, un hombre empujado, arrastrado, configurado, conquistado, desconectado… un hombre chica, rajado, sin huevos.

La pasividad inutiliza nuestras facultades, nuestro entendimiento, y apaga la consciencia –robots obedientes, fascinados ante la inacabable oferta cultural.

Ahora tu hijo rajado tiene 20 años y te preguntas si se puede hacer algo al respecto. No, no se puede hacer nada al respecto, mas espera a que vengan tus nietos. No te preocupes, cuando vengan esos ya no te quedará ni una sola característica humana. Tampoco a ellos. No tenemos más de 50 años para prepararnos a recibir a la gran hecatombe.

“Y dime, ¿qué estudia tu hija?” –música, inglés e informática a alto nivel. “¡Maldita seas tú y todo lo que estudia tu hija! ¿Con quién esperas casarla?” –no lo sé. A ella le gustan los hombrones que hacen culturismo.

Pero esos no son hombrones, sino babas musculares, tan pusilánimes y cobardes como los de la peluquería. ¡Pero es que no veis el escenario que habéis montado! ¿No os repugna lo que habéis hecho con vuestros hijos? ¿No os repugna su decadente educación, su decadente mirada, sus decadentes movimientos, sus decadentes posturas? Desconectarles de la cultura. No es hora de volver al colegio, sino de volver a la lucha, a la resistencia, a la determinación. Es hora de tensar el arco, no del violín, sino del arma certera que Muhammad tensaba en las batallas. Enseñarles a amar el dolor, a sentirse orgullosos de lo que han dado y no de lo que han obtenido. Enseñarles a ser fieles, a no traicionar el pacto con el Altísimo. ¿Han hecho un pacto con el Altísimo? ¿Han desmontado la Ka’bah de Arabia Saudita y están construyendo la de Ibrahim?

Ha desaparecido la imagen de Ajirah, de la Otra Vida, y en su lugar hemos colocado la imagen que nos proyecta la cultura, la imagen del éxito social, la imagen del bienestar.

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A propósito, ¿os habéis fijado es esos musulmanes que se sientan con los reyes, con esos reyes que viajan en yates de segunda mano, y les alaban y se fotografían con ellos esperando que les caigan algunas migajas de sus opulentas mesas llenas de vicio e ignorancia? Son los líderes de la ummah. Líderes que llevan a sus corderos a abrevar en el fuego. ¡No les sigáis! Resistid. Es mejor la soledad, la soledad de los subterráneos, la soledad y la pobreza de la embarcación de Nuh, la compañía de los creyentes. No estrechéis sus manos, os helarían el corazón.

Salid de la pasividad. No dejéis que os empujen, que dirijan vuestras vidas los consorcios culturales que nadie sabe desde dónde operan. Elegid vuestras vidas. Diseñad sus configuraciones sin la mano cultural encendiendo y apagando interruptores.

Cincuenta años es todo lo que queda. Quien quiera salvarse, que se agarre con manos y dientes a la cuerda del Altísimo y deje pasar las modas y los valores de la cultura. El tiempo apremia y vuestros hijos están a punto de rajarse.

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