En ningún caso es fácil separar estos dos conceptos que se manifiestan en sendas experiencias. Solo el tiempo puede discriminar entre ellos y mostrarnos si aquellos hombres, aquel movimiento, este libro, esa revolución… obedecían a una ideología o eran el fruto de una firme creencia. Sin embargo, esos que han participado en estas acciones no siempre vivirán el tiempo necesario para llevar a cabo una toma de consciencia y entender por qué estaban dispuestos a morir y matar, o a derrumbar gobiernos, o a crear una crisis económica y social sin precedentes. Nunca lo sabrán y nunca lo sabremos. Su Juicio tendrá en cuenta su intención, aquello que realmente les motivó a actuar.
Las ideologías funcionan como la ropa que nos ponemos según nos convenga, teniendo en cuenta la temperatura, la humedad, o la moda. Al observar la lluvia detrás de los cristales, decidimos cambiar la chaqueta por una gabardina. Por lo tanto, la ropa, las ideologías, son algo intercambiable, dependiendo de las circunstancias, o de una nueva comprensión de los hechos. De esta forma, la mayoría de la gente pasa de una ideología a otra pensando que esta vez se trata de su creencia -un grave error de apreciación, pues la creencia es la piel, nuestra piel, y no podemos cambiarla por otra, pues si la retiramos del cuerpo, morimos. La piel permanece siempre con nosotros, pues es nuestra verdadera creencia, afinada con nuestro destino. Por ello, no podemos adaptarla a nuestros intereses del momento.

Los valores que movieron a Che Guevara, a Lenin, a Trotski… a cambiar los sistemas socioeconómicos de sus países son los mismos que mueven a los yihadistas de hoy. Interesante paradoja, pues unos luchaban en el nombre del ateísmo, del materialismo dialéctico, del comunismo y los otros lo hacían -precisamente- en el nombre de Allah. Mas en ambos casos se trataba de llevar la libertad, la justicia y la igualdad al resto del mundo. ¿Cómo, pues, coincidían esos valores en la bandera que enarbolaban posiciones tan distintas? Incluso podríamos decir -opuestas.
La respuesta, aunque inquietante, es clara. En ambos casos se luchaba, y se lucha, por una ideología -la ideología del poder. Mas esa ideología necesita una coartada, algo que la justifique. Y ¿qué puede haber más sublime que luchar para liberar al hombre de la tiranía como ordena la razón o el Todopoderoso? Había que decapitar al opresor y guardar la cabeza como recordatorio para las masas: “Si no obedecéis al nuevo poder, volverá el tirano.”
Las ideologías siempre buscan el poder, pues provengan de donde provengan, siempre están arraigadas en la vida de este mundo. Lo que todas ellas prometen es el Paraíso aquí y ahora. Las ideologías son chamánicas, pues siempre están focalizadas en el carisma de quien las promueve. Por lo tanto, no es algo extraño a las ideologías el uso de la religión como medio de pedir el sacrificio para lograr sus fines.
De nuevo vemos ese binomio política-religión en el caso del movimiento polaco “Solidarnosc”, que sin duda tuvo mucho que ver en la caída de la Unión Soviética y en la liberación de Polonia como su país satélite. Se trataba de un movimiento claramente político, apoyado por Estados Unidos y la OTAN. Sin embargo, el líder de fachada, Lech Walesa, aparecía siempre en sus discursos con una estampa de la Virgen en la solapa. Se trataba, en realidad, de una superstición muy común entre los católicos, que nada tenía que ver con la propuesta del movimiento que era política.

Recordemos que contemporáneo a “Solidarnosc” se había nombrado papa de Roma a Juan Pablo II, el papa polaco, cuya tarea no consistía en que aumentase el fervor de los cristianos por la Virgen María, sino en unir sus fuerzas -las de la Iglesia- para derrumbar a la Unión Soviética. Era un collage de ideologías, del que cada uno cogía la parte que más le interesaba.
Unos años antes estallaba una mágica revolución estudiantil, a la que se unieron jóvenes obreros. Era el mayo de 68. Arrancaban los adoquines de las calles de París y los lanzaban contra la policía y llenaban las paredes de los edificios con grafitis: “Dejemos de tomar el ascensor, tomemos el poder.” Era la misma lucha, los mismos valores, los mismos “ideales” de comunistas, yihadistas o socialistas -libertad, justicia e igualdad. Pero ¿acaso puede el hombre entender estos conceptos de forma objetiva? Para cada grupo, para cada movimiento, para cada revolución… su significado será distinto e -incluso- opuesto.

Sin embargo, estos jóvenes franceses, parisines, que habían llenado las mentes europeas de imaginación, de esperanza revolucionaria, no tenían en cuenta las masacres que el colonialismo francés llevaba siglos practicando en el mundo. Era una revolución de señoritos, que, ante los tanques que sacó Charles de Gaulle a la calle, se fueron a sus casas, se pusieron traje y corbata, y empezaron a trabajar en bancos y compañias de seguros. ¿Por qué? Porque todo había sido ideología. No había creencia. Eran hombres y mujeres sin piel, solo con ropa. Y al final decidieron cambiársela.
Hoy vemos con estupefacción en qué han acabado, y están acabando, los grupos yihadistas que se han originado en los últimos 30 años. Se trataba de grupos que Occidente había reclutado, armado y entrenado, y que lanzaba contra otros grupos o gobiernos que le interesaba que cayesen. Al final, estos yihadistas han vuelto a la fuente de donde habían surgido y les han entregado a las potencias occidentales sus países o sus territorios para que sean ellos quienes los gobiernen de facto. No eran, sino ideologías.
