Los procesos revolucionarios transportan en su matriz elementos que en un principio se diría ajenos a la propia finalidad de la revolución que está teniendo lugar en un tiempo y en un espacio específicos. Y, sin embargo, estos elementos colaterales se convierten, de facto, en el verdadero objetivo de los ideólogos que las han promovido con el apoyo de expertos agitadores. Y uno de estos factores -en apariencia aleatorio, fortuito- es el ateísmo que se camufla bajo el término laicismo -un concepto ambiguo, pero políticamente correcto, que encubre el hecho de que la religión, la creencia, no puede fluir por cauces distintos de los cauces por los que fluyen la política, la economía y las fuerzas sociales. Más aún, se está obviando la necesidad incuestionable de que son los principios básicos de la religión los que deben constituir los cimientos de toda sociedad o comunidad humana. Y junto a los cimientos del edificio social, es la religión la que establece los límites dentro de los cuales se puede mover la ley y el comportamiento de los individuos.
La revolución, empero, rompe con esta norma y lanza eslóganes que denuncian la verdadera posición laica/atea de los revolucionarios. Si en el caso del marxismo, surgido de ideólogos judíos, su lema es una declaración de guerra a toda creencia transcendente -“La religión es el opio del pueblo”- en el caso de la revolución francesa, el suyo funciona por omisión, otorgando al hombre, y solo a él, la misión de legislar y de decidir, subjetivamente, lo que a partir de ahora estará permitido y aquello que la nueva subjetividad humana de los revolucionarios considere que deba prohibirse: “Libertad, igualdad, fraternidad.”
En cuanto a la Gran Revolución Árabe, que desgajaba del Imperio Otomano a los territorios árabes, se trataba de proyectar la idea de que el origen de la tiranía radicaba en la inclusión y que, por lo tanto, la libertad solo podría establecerse con la exclusión en forma de nacionalismo árabe que independizaría a estas naciones de la “opresión” turca. En última instancia, se enarbolaba la bandera del nacionalismo.
Y, sin embargo, había en todas estas revoluciones un mesianismo que les otorgaba el rango de verdadera religión. Todas ellas tenían su libro, o libros; sus profetas; sus mártires; y la tan anhelada inmortalidad a través del recuerdo histórico, generación tras generación.
Religiones laicas fluyendo hacia un ateísmo religioso. ¿Enmarañada distorsión cognitiva? Quizás. Mas estas atropelladas aguas tenían un origen y un mar en el que desembocar.
No olvidemos que el concepto mismo de Occidente había surgido de la estratégica unión de la dinastía Merovingia con el Vaticano. De esta forma, la mitra papal santificaba la sangre que pudiera gotear de la espada de aquellos reyes de largas cabelleras, tribus judías llegadas del este y asentadas en la región de la Champagne. Sin embargo, nunca dos poderes absolutos pueden convivir en armonía ad eternum. Y es esa continua fluctuación en la supremacía de un poder sobre otro lo que hemos visto a lo largo de la historia -a veces era el papa el que coronaba al emperador y en otras ocasiones la Iglesia se resguardaba bajo el ala protectora de algún monarca.
Sin embargo, esa “disputa” estaba resuelta desde el principio, pues en el corazón de reyes y papas, de presidentes y yihadistas, de revolucionarios y anarquistas… anidaba el susurro que el Shaytan insufló en la Nafs de Adán: “Si me sigues, te haré inmortal y dueño de un dominio sin fin.” Este susurro, altamente prometedor, encubría dos conceptos que hacían referencia a dos realidades sobre las que se había construido este universo -la existencia de un Creador y el Viaje Post Mortem ad infinitum. De esta forma, el Shaytan nos arrojaba a una orfandad metafísica -estamos solos; pongámonos manos a la obra. Y eso es lo que no ha dejado de hacer Occidente: inducir al hombre a rebelarse contra el Sistema Divino, separando e independizando -siglo tras siglo- los elementos que constituyen las comunidades humanas.
El objetivo final sería, pues, la unificación de esos dos poderes en una nueva y única entidad -un dios humano, un rey-papa. Este proyecto es antiguo. Ya Enrique VIII se proclamó cabeza de la Iglesia Anglicana, separándose de Roma y decapitando al obispo católico Thomas Moore. Sin embargo, se trataba de un caso aislado, aunque no por ello carente de significado -un guiño a un futuro no muy lejano.
Hoy, ese futuro se ha acercado velozmente al objetivo de la cámara. Todas las naciones del mundo -musulmanas, cristianas o judías; revolucionarias o ateas; budistas o esotéricas- deben rendir pleitesía al verdadero papa de hoy, coronado con la mitra papal y que ciñe la espada merovingia. Es el dios que añoraban los Banu Isra-il -los judíos- un dios-rey que les diera el Paraíso en la vida de este mundo, no en la Otra Vida.
La última revolución “musulmana” ha tenido lugar en Siria -acaba de empezar; y sus protagonistas, su líder declaraba a un periódico israelita JEWISH JOURNAL: “Trump es el único hombre capaz de arreglar esta región, uniéndonos, ladrillo a ladrillo.” Y no deja de ser perturbador el hecho de que esa región, Oriente Medio, hasta rozar el Lejano Oriente, es una sucesión de países musulmanes; en realidad, países ateos, que esperan que Trump haga realidad la promesa de Shaytan. Es posible que así sea, pues “He is on a misson from God.”
