El lema favorito del poder judío sigue siendo el de rebajar el valor de aquello que no puedas conseguir. Durante mucho tiempo la consecución de la seguridad ciudadana se consideraba un signo de civilización. Mas su imposibilidad trastocó el orden de los factores y ahora se presenta este gran logro como el resultado de gobiernos dictatoriales, en favor de la violencia callejera como el símbolo de la libertad individual.
Es el mismo proceso que se está llevando con la muerte. Tras haber renunciado a la inmortalidad, incluso a nivel demagógico, se trata ahora de aceptar la muerte, de mitigar su miedo… asegurándonos de que se trata de “un paso más hacia una realidad más amplia” -como sugiere el doctor Manuel Sans Segarra. ¿Cuál podría ser esa “realidad”? -pues el hombre solo puede imaginar escenarios construidos con los elementos de su experiencia. Incluso el espacio y el tiempo están limitados a ella. O quizás el problema se encuentre en el hecho de que el hombre no se conecta a una supraconsciencia. Si al menos el Dr. Sans comenzara por explicarnos qué pueda ser eso de la consciencia, quizás nos resultaría algo más liviano la conexión a la “supra”. Mas la consciencia es un concepto cuya comprensión deriva únicamente de la experiencia, y que va conectado al de la reflexión.
Sin embargo, le faltan elementos a esta ecuación. ¿De dónde, de quién, deriva esa supraconsciencia? El Dr. Sans afirma que esa conexión nos haría entender “que el ser humano es algo más que su cuerpo y su ego”. ¿Por ejemplo? No hay respuesta porque en todo este planteamiento se han eliminado las causas y, por supuesto, la causa primera, la causa inicial -hay una clara intencionalidad en el Universo, en la vida, en la reflexión y en la consciencia; pero al mismo tiempo se niega la existencia de un Planificador, de un Diseñador, de un Creador. ¿Dónde estaba la supraconsciencia y esa realidad más amplia; dónde estaba el ego en la expansión del Big Bang? ¿Debemos entender que todo ello se generó a partir de un “humo” de neutrinos, de átomos de hidrógeno…? Mas el ego, la consciencia, y no hablemos de la supraconsciencia, no tienen una realidad material, no son observables, medibles, computables. ¿Cómo lo inmaterial pudo haber surgido de lo material?
No creemos que el Dr. Sans tenga ningún problema al respecto, pues si ya hemos aceptado que hay algo, por ejemplo, el Universo, que ha surgido de nada, de la nada, y que la vida va montada sobre elementos inertes, ¿qué impedimento puede haber en aceptar que las características más intrínsecas del ser humano son inmateriales? Y estas propuestas del Dr.Sans, tras proyectar un atisbo de esperanza, nos devuelven al misterio, a la atormentadora pregunta: ¿Qué hay, qué nos espera tras la muerte?
Mas la respuesta no está tan lejos como pudiera parecer a simple vista. La encontramos en el lenguaje de cada día, un lenguaje que se ha ido empobreciendo y por ello eliminando muchos conceptos, empequeñeciendo una realidad más amplia: “No importa, ya lo pagarás en la Otra Vida.” Muchas de estas clarificadoras expresiones han sido eliminadas de nuestro idioma, pues antes de este semanticidio se había borrado de nuestra consciencia el concepto de una vida más allá de la muerte, con su geografía y en ella -sus escenarios.
Y es aquí, en esta expresión cotidiana que ya nadie utiliza, donde se encuentra la verdadera respuesta, pues no es a la muerte en sí a la que tememos, sino a la Rendición de Cuentas que nos espera al otro lado, y ello porque independientemente de nuestra creencia, en lo más profundo de nuestro ser sabemos que todas nuestras acciones han sido y están siendo registradas -alguien anota, alguien filma, alguien escucha. Y tenemos la certeza de que todos esos registros estarán allí, junto a nuestra identidad. Esa es la realidad -todo lo amplia que el Dr. Sans quiera- ineludible. Y eso es lo que nos da pavor. Hemos mentido, engañado, traicionado, robado, asesinado, pervertido, denigrado… Todo está en nuestra cuenta, y no queremos morir porque no queremos enfrentarnos a esa cuenta. Si tuviéramos la certeza de que no habrá Juicio Final, ir a la muerte sería como ir al sueño, algo incluso placentero. ¿Para qué despertar a una realidad tan conflictiva como la que vivimos en este mundo?
El suicida nos enseña que hay algo peor que la muerte -una vida sin sentido, sin finalidad, en la que nos vamos cargando de acciones negativas. ¿Para qué seguir?
Ahora, los leguleyos académicos intentan eliminar ese concepto, suavizando el escenario de la muerte, de la vida postmortem, del Resurgimiento, del Juicio Final. No habrá Juicio Final, no habrá una carga sobre nuestros hombros demasiado pesada para nuestras fuerzas. Habrá perdón y ríos por los que fluirá miel. O quizás no haya nada, un dormir eterno.
Sin embargo, en el Corán -el último texto revelado a los hombres- se nos advierte que no será así.
¿Cree acaso el hombre que se le dejará solo, sin exigirle ninguna responsabilidad por sus actos? (Corán, sura 75, aleya 36)
Y en el Nuevo Testamento encontramos una descripción más aterradora aún:
“Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos.” (Lucas 13:28)
No habrá escapatoria ese día. Se desvanecerán las excusas antes de que se articulen las palabras. No habrá vuelta.
Qué mala noticia la que insinúa que habrá reencarnación.
Si vieras cuando los nefarios inclinen la cabeza ante su Señor y digan: “¡Señor nuestro! Ahora tenemos plena percepción y plena certeza. Haznos regresar para que actuemos con rectitud.” Si hubiese sido esa Nuestra voluntad, habríamos guiado a cada nafs. Sin embargo, “se ha de cumplir Mi plan –llenaré yahannam de yin y de hombres, todos juntos.” Así pues, gustad el castigo por haber olvidado el Día del Encuentro –este Día– y hoy somos Nosotros los que nos hemos olvidado de vosotros. ¡Gustad el castigo incesante por lo que hicisteis! (Corán, sura 32, aleyas 12-14)
Todo ello nos enseña que la muerte es una barrera infranqueable y que una vez que se traspasa resulta imposible volver a este mundo. Y a eso es a lo que tememos. Nuestro futuro postmortem lo estamos construyendo aquí. Y ese será el edificio con el que nos encontremos tras el resurgimiento. Será un día en el que señoreará la desesperación.
Os hemos advertido de un castigo cercano –el Día en el que el hombre contemple sus obras y diga el encubridor: “¡Ay de mí! ¡Ojalá fuera tierra!” (Corán, sura 78, aleya 40)
Haces bien en tener miedo a la muerte, a lo que te espera tras ella, a la Rendición de Cuentas; pero haces mal en no prepararte para ese viaje.
