Todo lo que tiene forma no es el Tao. Todo lo que dice la NASA no es el Tao.

No deja de ser inquietante que el hombre de hoy haya puesto todas sus esperanzas en un viaje insólito, por no decir imposible, sin que sepamos a ciencia cierta por qué este hombre piensa que todos sus males acabarán si logra instalarse en algún planeta o asteroide de los muchos que, según las no-evidencias, pululan por doquier en este universo –en este enigmático espacio, compuesto en su mayor parte por materia oscura, materia invisible, materia inverificable.

¿No le inquieta a este hombre de hoy embarcarse en tales aventuras quiméricas, en estos viajes en los que todo es incertidumbre, suposiciones, representaciones artísticas de esto y de lo otro… fantasías? Él piensa –se lo han hecho creer– que la luna es un astro situado ligeramente a la izquierda de la Tierra, aunque eso depende del momento rotatorio en el que nos situemos. Ahí está la luna, a tan solo 300,000 km del suelo que pisamos, a un segundo de luz. Y aunque este hombre de hoy no entiende por qué entonces les resulta tan complicado alunizar y levantar portentosas estaciones, bases, ciudades en nuestro satélite, piensa –también se lo han hecho creer– que, quizás, sea más fácil empezar por Marte, un planeta algo más ladeado que la luna, según nos dirigimos a Júpiter. “Ya están reclutando gente para habitar esa gigantesca bola roja.”

Bien, ya estás en Marte. Te pones el traje, te aseguras de que el casco espacial esté bien enroscado, compruebas el nivel de oxígeno –85 %, suficiente para el paseo que piensas darte. ¿Dónde piensas ir? ¿Al módulo 3D? No te alejes demasiado, pues ya sabes que las tormentas de arena son muy fuertes e intempestivas; todavía no funciona la estación meteorológica. Bien, ya has llegado a tu destino. Es un módulo de laboratorios. Te cuesta respirar, quizás porque no has programado bien la mezcla de gases. Te quedaste dormido ayer cuando daban una charla sobre este asunto. Añade un poco de nitrógeno. ¿Mejor?

Aquí no parece que haya nadie. Sí, se oyen voces al final del corredor. La bióloga yace en el suelo muerta. Parece que ha sido violada, pero ¿quién habrá sido? ¡Estamos en Marte! Ni a mil millones de km de distancia estamos libres de psicópatas. Según todos los indicios, el primer sospechoso es el ingeniero químico de la base. Uno de los investigadores lo confirma: “Desde que llegó aquí no ha hecho otra cosa que tratar de seducir a la bióloga, pero sin resultado alguno, pues ella estaba obsesionada con encontrar la enzima que obliga a la célula a suicidarse. Le había absorbido el cerebro la muerte celular, y el químico se desesperaba al comprobar cada día la indiferencia –la insultante indiferencia– con la que eran acogidas sus lisonjas y sus insinuaciones”.

¿Qué vais a hacer ahora? Aquí no hay policía ni jueces. Ya ves que el hombre no puede eludir su naturaleza, su psicología ni siquiera en Marte –desea, mata, viola, miente. Vais a reproducir aquí los mismos conflictos terrícolas de los que tratabais de huir, solo que en Marte todo es mucho más complicado.

Quizás deberías cortar la entrada de metano. Tenías que haber asistido a esa charla. Aquí no puedes hacer lo que te dé la gana. Tienes que seguir instrucciones muy precisas o, de lo contrario, morirás.

¿Estabas soñando? Creo que sí. No era un sueño; era una pesadilla. En ella mataban a la bióloga –el amor de mi vida. No creo que sea buena idea ir a Marte. Todavía no. Quizás se han apresurado demasiado a la hora de reclutar colonos.

Pero ¿qué dices, hombre de hoy? ¿Qué colonos? ¡Ni qué bases, ni qué Marte! Nada de lo que ocurre ahí fuera es tu asunto; ni el asunto de nadie. Nuestro hábitat es la Tierra; ni el agua, ni el aire. Los aviones y los submarinos han trastocado tu intelecto. Te han confundido. El aire es de los pájaros y el agua –de los peces. Podemos recorrer los mares en embarcaciones, pero no con escafandras.

El hombre es de barro –denso, pesado, lento. Y, sin embargo, todo cuanto existe ha sido creado para él, para su comodidad, para su bienestar, para su placer. Nadie disfruta de esta creación tanto como lo hace el hombre. ¿Por qué, entonces, el hombre de hoy quiere abandonar su medio –con el que tan perfectamente está afinado– para posarse en tierras muertas, en madres estériles?

Mas el hombre de hoy encuentra que la Tierra se ha vuelto inhóspita. Hay poderosas organizaciones que controlan su vida, que fabrican malestar, que producen realidades virtuales en las que este hombre de hoy está obligado a vivir aun sabiendo que son falsas. Y ello le hace desear el viaje y sueña con agujeros negros, con pasadizos de gusanos, con circuitos invisibles que podrían transportarnos a millones de años luz.

Mas no creas que la situación es tan insoportable. Es tu culpa si soñabas con la inmortalidad, con el poder de controlar el universo. Esas ensoñaciones te hacen odiar la realidad, la normalidad, la coherencia. Te aburres porque no sabes qué hacer con tu vida. Todavía no le has encontrado un sentido que te tranquilice, que te haga entender el gran viaje existencial. Y por eso prefieres huir, perderte en el espacio inter-sideral.

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