La psiquiatría está en crisis, la astrofísica, la biología, la medicina… la ciencia

La conclusión que más nos interesa extraer de este artículo, al menos cara a nuestro futuro, es la de que los científicos mienten, o, dicho de otra forma –sus hallazgos, sus propuestas, sus interpretaciones carecen de ciencia. Simplemente apoyan la narrativa política y financiera. En este caso ha sido un periodista, Robert Whitaker, quien ha tenido que levantar la liebre, sin que ello vaya a producir ningún resultado significativo. Los psicofármacos seguirán vendiéndose por millones, el número de enfermos mentales seguirá aumentando y llegará el momento en el que las empresas farmacéuticas no sepan qué hacer con el dinero. De ahí que los trabajos de Whitaker, presentados en dos libros, hayan recibido numerosos premios del mismo sistema que ha promovido la mentira de las enfermedades mentales.

En una entrevista publicada por varios medios de información Whitaker nos presenta un panorama desolador del que ya Hahnemann nos advirtiera hace algo más de 200 años cuando pronosticó que las futuras enfermedades estarían provocadas por los fármacos.

El periodista Robert Whitaker ha analizado estudios científicos para evidenciar que los trastornos mentales no se deben a alteraciones químicas del cerebro.

Aquí el autor pasa por alto el hecho de que la verdadera causa de las enfermedades mentales, y de muchas otras, sea la forma de vida que Estados Unidos, y después Europa, instauró en su propio territorio y más tarde propagó por el resto del mundo. Y aquí “forma de vida” no se refiera únicamente a la dieta alimenticia o al sedentarismo que aporta, inevitablemente, la llamada sociedad del bienestar –eufemismo de sociedad enferma. Forma de vida, decimos, significa también conjunto de creencias, de valores, de comprensión existencial, de cosmología, que en el caso de las sociedades occidentales han resultado ser tan basura como su grasienta y tóxica comida. Y este es el punto en el que la “ciencia médica” encubre la realidad y apoya la narrativa del poder, argumentando que los trastornos mentales que sufre la gente se deben a anomalías de reacciones químicas del cerebro; lo que significa, en última instancia, que no hace falta cambiar nuestro estilo de vida, sino simplemente ingerir el fármaco adecuado.

Todo empezó con dos preguntas. ¿Cómo es posible que los pacientes de esquizofrenia evolucionen mejor en países donde se les medica menos, como India o Nigeria, que en países como Estados Unidos? ¿Y cómo se explica, tal y como proclamó en 1994 la Facultad de Medicina de Harvard, que la evolución de los enfermos de esquizofrenia empeorara con la implantación de medicaciones, con respecto a los años setenta? Estas dos preguntas inspiraron a Robert Whitaker para escribir una serie de artículos en el Boston Globe —finalista en el Premio Pulitzer al Servicio Público— y dos polémicos libros. El segundo, Anatomía de una epidemia, que ahora edita, actualizado, Capitán Swing en España, fue galardonado como mejor libro de investigación en 2010 por editores y periodistas norteamericanos.

En el curso de esa indagación, una cascada de datos demoledores: en 1955 había 355.000 personas en hospitales con un diagnóstico psiquiátrico; en 1987, 1.250.000 recibían pensiones en EE UU por discapacidad debida a enfermedad mental; en 2007 eran 4 millones. El año pasado, 5. ¿Qué estamos haciendo mal?

Se trata de una pregunta ingenua y al mismo tiempo –encubridora. Ya hemos dicho que Hahnemann achacó a los fármacos la causa de numerosas enfermedades y tuvo que huir de Alemania porque querían matarle, pues si no recetamos píldoras de colores, encapsuladas en un tipo de plástico, entonces los médicos tendrían que estudiar de nuevo medicina, esta vez con una aproximación a la entidad «hombre» muy diferente –mucho más global, mucho más integral. En este caso los médicos tendrían que huir a Júpiter.

Whitaker (Denver, Colorado, 1952) se presenta, humildemente, las manos en los bolsillos, en un hotel de Alcalá de Henares. Su cruzada contra las pastillas como remedio de las enfermedades mentales no va por mal camino. Prestigiosas escuelas médicas ya le invitan a que explique sus trabajos. “El debate está abierto en EE UU. La psiquiatría está entrando en un nuevo periodo de crisis en Norteamérica porque la historia que nos ha contado desde los ochenta ha colapsado”.

Pregunta. ¿En qué consiste esa historia falsa que, según usted, nos han contado?

Respuesta. La historia falsa en EE UU y en parte del mundo desarrollado es que la causa de la esquizofrenia y la depresión es biológica. Se dijo que se debían a desequilibrios químicos en el cerebro; en la esquizofrenia, por exceso de dopamina; en la depresión, por falta de serotonina. Y nos dijeron que teníamos fármacos que resolvían el problema como lo hace la insulina con los diabéticos.

Aquí hay, pues, dos elementos a considerar. Por una parte, la clase científica –químicos, biólogos, médicos… que afirman que las enfermedades mentales son el resultado de una anomalía en los procesos químicos que tienen lugar en el cerebro. Y por otra, las empresas farmacéuticas que, siguiendo la línea de investigación y los hallazgos de estos científicos, presentan fármacos capaces de paliar las deficiencias cerebrales. Por lo tanto, en esta ecuación tenemos el factor «mentira» reforzado por la ignorancia de los especialistas; más el factor «ganancia ilícita» de las empresas farmacéuticas, en cuyos laboratorios no se ha evidenciado que sus fármacos vayan a solucionar el problema; más el factor «connivencia» entre los dos factores anteriores.

P. En Anatomía de una epidemia viene a decir que los psiquiatras aceptaron la teoría del desequilibrio químico porque prescribir pastillas les hacía parecer más médicos, los homologaba con el resto de la profesión.

R. Los psiquiatras, en Estados Unidos y en muchos otros sitios, siempre tuvieron complejo de inferioridad. El resto de médicos solían mirarlos como si no fueran auténticos médicos. En los setenta, cuando hacían sus diagnósticos basándose en ideas freudianas, se les criticaba mucho. ¿Y cómo podían reconstruir su imagen de cara al público? Se pusieron la bata blanca, que les daba autoridad. Y empezaron a llamarse a sí mismos psicofarmacólogos cuando empezaron a prescribir pastillas. Mejoró su imagen. Aumentó su poder. En los ochenta empezaron a publicitar su modelo y en los noventa la profesión ya no prestaba atención a sus propios estudios científicos. Se creyeron su propia propaganda.

¿Podemos llamar científicos, médicos… a individuos con un profundo y estúpido complejo de inferioridad? ¿Tienen que vivir 5 millones de enfermos mentales en una total postración e incapacidad para que estos psiquiatras se sientan mejor? ¿Recuperen su amor propio? ¿Puedan codearse con otros especialistas médicos? En manos ¿de quién está la ciencia? ¿En manos de quién están los enfermos?

P. Pero esto es mucho decir, ¿no? Es afirmar que los profesionales no tuvieron en cuenta el efecto que esos fármacos podían tener en la población.

R. Es una traición. Fue una historia que mejoró la imagen pública de la psiquiatría y ayudó a vender fármacos. A finales de los ochenta se vendían 800 millones de dólares al año en psicofármacos; 20 años más tarde se gastaban 40.000 millones.

En vano buscaremos a las víctimas y a los culpables de esta masacre psiquiátrica. La gente, los enfermos, sus parientes, sus amigos… todos tienen información suficiente, claros indicios de que las farmacias venden enfermedad alegremente decorada. Todos hemos experimentado miles de veces la ineficacia de los fármacos que nos recetan los médicos. Y, sin embargo, cuando se nos ofrecen otras alternativas, las rechazamos llevados por esa actitud gregaria que se manifiesta en el dicho «mal de muchos, consuelo de tontos». Por su parte, la clase médica también obtiene buenos salarios y pingües beneficios apoyando una medicina basada en fármacos y no en ciencia, no en conocimiento, no en constataciones empíricas. Todos se benefician de esta mentira, de esta falsa historia, y las víctimas se sienten felices de correr la misma suerte que el resto de sus semejantes.

P. Y ahora afirma usted que hay una epidemia de enfermedades mentales creada por los propios fármacos.

R. Si se estudia la literatura científica se observa que ya llevamos 50 años utilizándolos. En general, lo que hacen es aumentar la cronicidad de estos trastornos.

¿Acaso no es un delito el que se siga utilizando este método y vendiéndolo como el gran «remedio»? Mas ¿podemos llevar a juicio al 90 % de la clase médica, a los consejos de administración de las empresas farmacéuticas, a sus especialistas, a los ministros de sanidad, a los presidentes…? Incluso si pudiéramos hacerlo, la sentencia final de los jueces no sería otra que: «Absueltos de todos los delitos que se les imputan».

P. ¿Qué le dice usted a la gente que está medicándose? Algunos tal vez no la necesiten, pero otros tal vez sí. Este mensaje, mal entendido, puede ser peligroso.

R. Sí, es verdad, puede ser peligroso. Bueno, si la medicación le va bien, fenomenal, hay gente a la que le sienta bien. Además, el cerebro se adapta a las pastillas, con lo cual retirarla puede tener efectos severos.

Aquí dejamos de entender la posición de Whitaker. Con estas pocas palabras abroga todo lo anterior y absuelve, como los hipotéticos jueces que hemos mencionado, a médicos, biólogos, especialistas y a las propias empresas farmacéuticas, pues la mentira, la gran mentira, la falsa historia, va mucho más allá de la psiquiatría. La encontramos en las cosmologías que los astrofísicos inventan fantasiosamente cada 5 o 10 años, y cansados de anotar planetas y galaxias, ya llevan un tiempo centrándose en la vida extraterrestre, en sospechosos aminoácidos viajando en amenazadores meteoritos, en planetas con océanos subterráneos pululando a más de 100 millones de años luz de la Tierra. Sin duda que han mejorado la vista estos científicos, pero seguimos sin saber cómo se originó el universo, cáando, por qué, para qué, qué había antes… Y de la misma manera seguimos sin saber cómo se originó la vida; cómo de lo muerto, de lo inerte, surgieron las primeras células. Y a golpe de casualidades inverosímiles estos científicos fabrican fármacos para los esquizofrénicos –curiosa retórica, curiosa elipse.

De lo que hablamos en el libro es del resultado en general. Yo no soy médico, soy periodista. El libro no es de consejos médicos, no es para uso individual, es para que la sociedad se pregunte: ¿hemos organizado la atención psiquiátrica en torno a una historia que es científicamente cierta o no?

Una buena pregunta, sin duda alguna. Mas ¿quién le pondrá el cascabel al gato? ¿Cómo responder a esa cuestión fundamental sin que colapse y se derrumbe el edificio de la ciencia, que sostiene, a su vez, la cosmología materialista que domina a las sociedades occidentales? Es la propia ciencia la que está en crisis, pues ha resultado ser una entelequia construida para substituir a la cosmología creacionista, transcendental, que mantenía a raya a filósofos y otros chamanes en sus disparatadas elucubraciones. Ahora están sueltos. Deambulan por doquier. Dirigen departamentos de bioquímica en todas las universidades del mundo. Emiten comunicados desde observatorios e institutos de astrofísica. Se dedican a marcar hormigas para estudiar su comportamiento y concluir que, como las abejas y otros insectos, tienen una gran inteligencia y su consciencia, su reflexión, les lleva a construir portentosas edificaciones y organizar sus sociedades como las sociedades humanas. Y con todo ello encubren la cosmología en la que la Tierra es el centro del universo, pues es la morada, la efímera morada, del hombre –la única criatura consciente para quien todo ha sido creado.

El recorrido de Whitaker no ha sido fácil. Aunque su libro esté altamente documentado, aunque fuera multipremiado, desafió los criterios de la Asociación de Psiquiatría Americana (APA) y los intereses de la industria farmacéutica.

Pero, a estas alturas, se siente recompensado. En 2010, sus postulados eran vistos, dice, como una “herejía”. Desde entonces, nuevos estudios han ido en la dirección que él apuntaba —cita a los psiquiatras Martin Harrow o Lex Wunderink; y apunta que el prestigioso British Journal of Psychiatry ya asume que hay que repensar el uso de los fármacos—. “Las pastillas pueden servir para esconder el malestar, para esconder la angustia, pero no son curativas, no producen un estado de felicidad”.

Pensábamos que Whitaker se sentiría recompensado si los psiquiatras dejasen de utilizar fármacos para tratar las enfermedades mentales y obligasen a los gobiernos a modificar la forma de vida, los sistemas de producción, el uso de la tecnología… como el único medio de recuperar la salud mental. Y llama prestigioso al British Journal of Psychiatry cuando lleva 50 años apoyando este erróneo método utilizado por la psiquiatría occidental.

P. ¿Vivimos en una sociedad en la que necesitamos pensar que las pastillas pueden resolverlo todo?

R. Nos han alentado a que lo pensemos. En los cincuenta se produjeron increíbles avances médicos, como los antibióticos. Y en los sesenta, la sociedad norteamericana empezó a pensar que había balas mágicas para curar muchos problemas. En los ochenta se promocionó la idea de que, si estabas deprimido, no era por el contexto de tu vida, sino porque tenías una enfermedad mental, era cuestión química, y había un fármaco que te haría sentir mejor. Lo que se promocionó, en realidad, en Estados Unidos, fue una nueva forma de vivir, que se exportó al resto del mundo. La nueva filosofía era: debes ser feliz todo el tiempo, y, si no lo eres, tenemos una píldora. Pero lo que sabemos es que crecer es difícil, se sienten todo tipo de emociones y hay que aprender a organizar el comportamiento.

Mas ¿cómo propone Whitaker organizar el comportamiento? Nos encontramos en un mundo terminado, completo, en cuya creación no hemos tomado parte; una creación en la que rápidamente caemos en la cuenta de que todo lo que está vivo, muere; también nosotros. Problemas psiquiátricos aparte, ¿no resulta lógico, imperativo incluso, preguntarse quién ha originado todo esto; con qué finalidad, qué nos espera después de muerte; cuál es el recorrido completo existencial? Si un día nos despertásemos en una habitación de 9 metros cuadrados, sin ventanas, sin puertas, ¿qué actitud sería la más coherente? ¿Preguntarnos qué demonios hacemos aquí, quién nos ha traído, para qué? O, por el contrario, ¿sería más coherente organizar nuestro comportamiento? La vida tal y cómo nos la presenta la cosmología materialista es suficientemente absurda como para exigir una explicación que nos satisfaga, que nos tranquilice, que le dé sentido. ¿Cómo puedo organizar mi comportamiento si no sé para qué existo, para qué existe nada? ¿No es esto lo más urgente? ¿No son, acaso, las respuestas a estos interrogantes la cura para las enfermedades mentales?

P. Buscamos el confort y el mundo se va pareciendo al que describió Aldous Huxley en Un mundo feliz…

R. Desde luego. Hemos perdido la filosofía de que el sufrimiento es parte de la vida, de que a veces es muy difícil controlar tu mente; las emociones que sientes hoy pueden ser muy distintas de las de la semana o el año que viene. Y nos han hecho estar alerta todo el tiempo con respecto a nuestras emociones.

La cosmología materialista necesita paliar el absurdo de una vida sin sentido, incomprensible, con altas dosis de felicidad –devastador eufemismo de inconsciencia, de enajenación. No hemos venido a este mundo para ser felices, sino para comprender su sentido, para conocer la geografía existencial –que se extiende más allá de la muerte.

P. Demasiado centrados en nosotros mismos…

R. Exacto. Si nos sentimos infelices, pensamos que algo nos pasa. Antes la gente sabía que había que luchar en la vida; y no se le inducía tanto a pensar en su estado emocional. Con los niños, si no se portan bien en el cole o no tienen éxito, se les diagnostica déficit de atención y se dice que hay que tratarlos.

P. ¿La industria o la APA están creando nuevas enfermedades que en realidad no existen?

R. Están creando mercado para sus fármacos y están creando pacientes. Así que, si se mira desde el punto de vista comercial, el suyo es un éxito extraordinario. Tenemos pastillas para la felicidad, para la ansiedad, para que tu hijo lo haga mejor en el colegio. El trastorno por déficit de atención e hiperactividad es una entelequia. Antes de los noventa no existía.

Primero es el fármaco, después la enfermedad y el paciente. Lo estamos viendo con el montaje de las pandemias –cómo una simple gripe, simples resfriados, catarros… han generado billones de dosis de vacunas; no solo como negocio, sino como un medio de controlar a la humanidad, de enfermarla, de debilitarla, de, en última instancia, transformarla. Son como alienígenas que nos observan desde sus laboratorios y experimentan con nuestro organismo, con nuestras células, con nuestros sentimientos, con nuestra cognición.

P. ¿La ansiedad puede desembocar en enfermedad?

R. La ansiedad y la depresión no están tan lejos la una de la otra. Hay gente que experimenta estados avanzados de ansiedad, pero estar vivo es muchas veces estar ansioso. Empezó a cambiar con la introducción de las benzodiacepinas, con el Valium. La ansiedad pasó de ser un estado normal de la vida a presentarse como un problema biológico. En los ochenta, la APA coge este amplio concepto de ansiedad y neurosis, que es un concepto freudiano, y empieza a asociarle enfermedades como el trastorno de estrés postraumático. Pero no hay ciencia detrás de estos cambios.

No hay ciencia, obviamente, sino encubrimiento; un lógico y necesario encubrimiento, pues si la vida desemboca en la muerte, y la muerte en el polvo, entonces durante el breve lapso de tiempo que voy a vivir, quiero vivirlo con euforia, con alegría, con felicidad. Cuando el hombre aceptaba el sufrimiento, la ansiedad, los impredecibles avatares de la vida, esta vida tenía un sentido y tenía una transcendencia. A veces se le ha llamado «valle de lágrimas». Mas tras la muerte, tras el resurgimiento, nos esperaba el jardín de las delicias. Ahora, nos esperan los gusanos, la descomposición. Es, por lo tanto, lógico que el hombre de hoy tome fármacos para experimentar estados de euforia, de bienestar, de placidez –estados que le hagan olvidar el absurdo de una vida sin sentido, sin finalidad.

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