¡La calle es nuestra! –gritan las elites. ¡Largaos de aquí!

En aquellos parajes inhóspitos y salvajes, en los que las bandas familiares imponían su ley –una ley de tiranos– surgió Suecia como la parte inferior de la lengua de un dragón; una lengua ardiente de hielo. Y de ese gélido fuego hubo otro tipo de producciones, algunas humanas, como es el caso de Johan Eklöf, de cuyo sueco cerebro se ha segregado un texto, más tarde convertido en libro, y titulado El manifiesto de la oscuridad.

Podría haber quedado el asunto en una forma sueca de ver el estado de cosas en las que se encuentra el mundo de hoy. Sin embargo, el hecho de que haya sido reseñado por el Financial Times indica que hay un trasfondo que nada tiene que ver con las segregaciones cerebrales de Johan Eklöf, ni con los dragones, ni con ninguna Suecia, que al ser éste un país neutral que insiste en pertenecer a la OTAN ya está rozando el colmo de la neutralidad y, que sepamos, ningún dragón ha sido nunca neutral, sino que, antes bien, ha jugado numerosos papeles de elemento destructor.

Y en absoluto se deben interpretar nuestros comentarios como si en ellos albergásemos algún tipo de animosidad hacia Suecia. Mas todas esas aparatosas situaciones por las que está pasando la nación vikinga sugieren que la zona escandinava está siendo utilizada por las potencias mayores para hacer el trabajo sucio –inocular en las sociedades ciertas dosis de veneno, que, al provenir de esta zona, ahora prestigiosa y modélica en cuanto a su carácter civilizador, todo el mundo se lo toma como si fuera el elixir de la eterna juventud.

Durante 200 años se nos ha obligado a destruir uno a uno los elementos que conformaban nuestra forma de vida –la misma forma de vida de nuestros ancestros; una vida sin tecnología de fuego, afinada con los ciclos vitales, con el día y con la noche, con las estaciones, con el cielo como calendario y como brújula. Se nos insultó cuando nos negábamos a cambiar esa forma de vida en la que todo era reconocible, por la otra, por la tecnológica, en la que todo es irreconocible, misterioso, ajeno a nuestra propia constitución –una constitución de barro; lenta, pues, y reflexiva.

No obstante, y dado que ellos controlaban todos los resortes, fuimos aceptando a trancas y barrancas aquellos nuevos escenarios que se nos imponían alegando que eran portadores de felicidad y de bienestar. La electricidad se convirtió así en una especie de dios invisible, pero omnipresente en nuestras vidas. La luz pasó a ser el símbolo de la civilización. El número de bombillas que se encendían cada noche indicaba el nivel de progreso, indicaba el poder de un territorio, su avance hacia un futuro cada vez más luminoso.

Todavía recordamos las palabras de un periodista francés que volvía de un viaje por las Américas: “Nuestro avión llegó al aeropuerto de Orly por la noche y había allí más luces que en todo Perú.” Lo dijo con un claro tono de arrogancia, pues ese hecho era una prueba más de que Francia era un país superior a Perú, pues tenía más bombillas encendidas.

Ahora, para el desmayo del periodista, se está intentando desmontar toda esa parafernalia tecnológica. Y se nos vuelve a insultar ahora por haber sido tan cretinos de cambiar nuestra maravillosa y tradicional forma de vida por la que nos ofrecía la tecnología –un gesto de cinismo por su parte, pero también un gesto de negligencia por la nuestra. Ahora tenemos que apagar las luces; darle a la noche su derecho de ser oscura.

Mas en realidad, lo que se pretende con todo esto es hacernos indeseable la calle. Eklöf, en su apasionado y sueco amor por los insectos, nos alerta de que la luz que ilumina despóticamente la noche los está eliminando; está cambiando peligrosamente nuestro reloj biológico; nos está trastornando. Está trastornando a los murciélagos, que en vano esperan a que los insectos salgan al amor de la oscuridad nocturna. Se trata, pues, de una hecatombe que nosotros hemos estado avivando cada vez que encendíamos las luces. Masacres. Actitudes insecticidas, que nos han colocado por debajo del reino animal.

No sabemos qué quieren hacer con nosotros; cuál es, exactamente, su plan, pero está claro que la calle es suya; la ciudad es suya, los suburbios… y quieren desalojarlos, creando así una zona de seguridad entre su mundo y el nuestro –un paisaje urbano sin luz, encharcado, abandonado…

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