La inexplicable perversión que tiene el hombre de querer menospreciarse a sí mismo

Si tratásemos de encontrar un adjetivo que definiese al hombre, muy probablemente el que mayor consenso aglutinaría sería el de “arrogante” o el de cualquier otro de sus sinónimos. Y, sin embargo, insiste en buscarse un humillante origen y atribuye la existencia del astro en el que vive a la casualidad y él mismo se considera el producto evolutivo de algún grupo de chimpancé.

A todas luces hay en esta extraña actitud una clara contradicción, pues lo que el hombre siempre intenta presentar como sus credenciales, como su identidad –es un pasado glorioso y si careciese de tal pasado, lo inventará o lo transformará para ahondar en la idea de que él no es un hombre común y corriente: “Mi abuelo era… Hay en mi familia grandes…” Nadie está orgulloso de un pasado mezquino. Nadie menciona el alcoholismo o la delincuencia de su familia. Son circunstancias que preferimos omitir o incluso cambiarlas por otras de signo contrario. Y ello porque de alguna forma pervive en nuestra fitrah, en nuestra naturaleza primigenia, el alto rango que nuestro Creador nos otorgó al crearnos, invistiéndonos de inteligencia, de lenguaje conceptual y de consciencia; y de esta forma nos separó, elevándonos, del resto de los seres vivos.

¿Por qué, entonces, este hombre altivo y soberbio, que observa la creación desde las más altas cumbres, insiste, contra toda evidencia racional, en que proviene del mono y de que todo ha sido producto de un sinfín de felices casualidades? ¿Por qué se desprecia a sí mismo? ¿Por qué ante la dignidad que le ha concedido el Creador prefiere rebajarse a lo más bajo, a un origen que no puede explicar esa dignidad ni esa soberbia con la que camina por la Tierra, erguido, como un héroe? Debe, por lo tanto, haber en esa inquietante contradicción alguna causa que la justifique.

Según vemos cómo se va fraguando la ideología dominante, se trataría, en primer lugar, de eliminar el factor “Dios”, con todo lo que este término significa –Creador, Diseñador, Sostenedor… dejando al hombre con muy pocas tareas a realizar –llevar a cabo las actividades básicas de la vida y adorar a su Señor, a ese Dios Creador, reflexionando sobre Su creación, admirándola, utilizando sus elementos funcionales y agradeciéndole haberle traído a la existencia. Poca cosa para esta arrogante entidad.

Mas si este universo y él mismo no han sido creados, originados, por ese Dios, ¿cómo, entonces, ha venido todo ello a la existencia? Y aquí es donde comienza la “ciencia” a cambiar la cosmología existente, a cambiar el concepto de “Centro” por un entresijo galáctico, exuberante, pero innecesario. A partir de ahora será la Tierra, el único astro que alberga vida en todas sus posibles formas, incluida la inteligente, dotada de lenguaje conceptual y de consciencia, la que gire alrededor del Sol, un dios adorado de forma intermitente a lo largo de la historia. Mas ¿cómo puede girar la Tierra, llena de vida, llena de agua, llena de paisajes sobrecogedores por su belleza y su frondosa vegetación; cómo puede la Tierra girar alrededor del Sol junto a unos astros muertos, compuestos, según ellos, de gases o de rocas, sin agua, sin vida, sin atmósfera respirable? ¿Qué tiene que ver la Tierra con todos ellos? ¿En qué se asemeja al resto de los compañeros de viaje –compañeros inertes, sin voz, sin respiración?

Obviamente –en nada. Mas a esa cosmología, a esa astrofísica, se irán uniendo otras teorías que avalen la concepción materialista, casual, de la existencia. La evolución explicará el origen de las especies y del hombre –una más, aunque dotada de “ciertas peculiaridades”. En un principio pensaron que pronto darían con el salto que dio la materia inerte hasta convertirse en materia viva. Mas dado que no hay tal salto, nunca han dado con él y, por lo tanto, carecen de explicación para el origen de la vida.

Mas la falta de rigor, de la que adolece su divinizado método científico, ha concluido que la vida no se originó en la Tierra, sino en algún lugar del universo. En algún meteorito quedó atrapada una célula, la cual, transportada por esta gigantesca roca a la Tierra, daría origen a todas las especies. Esta pueril ecuación no parece resolver el enigma, sino, antes bien, complicarlo aún más, ya que el problema no es dónde se ha originado la vida, sino cómo; qué ha causado que de lo muerto pueda salir lo vivo; y cómo de lo que está vivo pueda salir lo muerto. Trasladar el asunto a un hipotético lugar del universo no resuelve la ecuación. ¿Por qué, entonces, se adhieren a esta absurda interpretación del origen de la vida científicos, especialistas, astrofísicos, biólogos… la “ciencia”?

La razón de que esto sea así, contra toda coherencia y racionalidad, se debe a que la ciencia es, simplemente, una coartada para mantener una cosmología, una interpretación de la existencia, contraria a toda evidencia. Mas de esta forma la evolución apoyaba la idea de un universo casual, fortuito, organizado aleatoriamente tras una explosión, una expansión, que se habría originado no se sabe de qué ni por qué. De nuevo, falta el origen –como en el caso de la vida. Mas los científicos nos aseguran que esos orígenes, su enigma, pronto será desvelado y el universo estará en nuestras manos.

Seguimos sin entender por qué el hombre se rebaja a sí mismo. ¿Por qué se enorgullece de su parentesco con los animales? ¿Por qué cuando se le dice a la gente que nos explique qué le hace ir desnuda por la playa, en seguida nos replican que así, desnudos, van los animales? Y que parecernos a los animales, actuar como ellos nos acerca a la naturaleza. ¿A qué naturaleza? Obviamente –a la animal, de la que el Creador nos separó, nos alejó, otorgándonos la consciencia, la reflexión; enseñándonos a confeccionar vestidos que nos cubriesen.

La contradicción continúa. Nos taladra el cerebro tratando de encontrar una explicación, algo que justifique ese caminar juntas de la altivez con la mezquindad. ¿No será, acaso, que lo que desea el hombre es ser Dios él mismo? ¿No será que al estar investido de semejantes capacidades pretende sustituir a su propio Creador? Mas ¿cómo desde la mezquindad, desde un origen animal y casual, se puede llegar a la divinidad, a ser Dios? Se podría argüir que cabría la posibilidad de alcanzar tales alturas inyectando el olvido en la educación de los hombres y obnubilándole con la magia de la tecnología, presentando a la ciencia como la única y verdadera religión.

Sin duda que algo de esto hay. La arrogancia de la que adolece el hombre le hace albergar desmesuradas pretensiones. Sin embargo, la causa más plausible que hemos encontrado a la hora de explicar la contradicción existencial en la que vive el hombre es la pesantez aplastante de la consciencia, ya que es la consciencia la que nos hace caer en la cuenta de que existimos, de que vamos a morir, de que esta creación tiene un sentido y un objetivo, de que tendremos que dar cuenta de nuestras acciones, de que habrá una balanza que decidirá nuestra suerte. Y todo ello le aterra al hombre. Le aterra y le impide desbocarse, vivir sus fantasías, seguir sus deseos sin nada ni nadie que pueda reprochárselo, sin culpabilidad. Vivir como niños caprichosos sin responsabilidad. Deseamos la felicidad del pájaro que cada día sale en búsqueda de un poco de comida y vuelve a su rama al atardecer trinando de alegría. Envidiamos su falta de responsabilidad. Él no tendrá que dar cuenta de nada. Vivirá, morirá y desaparecerá para siempre. Ese es el secreto mejor guardado en el corazón del hombre.

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