A propósito de los masoretas y de su falsificación testamentaria

Las traducciones del Antiguo Testamento de las que disponemos en la actualidad derivan del texto vocalizado que elaboraron los masoretas –escribas y “sabios” judíos medievales de Babilonia y Tiberias, Palestina. Este sistema de vocalización y puntuación fue denominado masorah –de masoreth, tradición– tarea ésta que habría comenzado en las academias de Talmud de Babilonia y Palestina alrededor del siglo VI, finalizándose en el siglo X. Sin embargo, no nos ha llegado ningún manuscrito de ese tiempo que demuestre que la actividad de los masoretas comenzó en fecha tan temprana. En algunos textos de principios del siglo X se mencionan el Codex Mugah –sin especificar su fecha– y el Codex Hilleli –escrito, según alega la tradición judaica, en el siglo VI por el rabino Hillel ben Moisés ben Hillel, pero de cuya existencia nunca se ha llegado a tener evidencia histórica. En la actualidad existen solamente 31 textos masoréticos del Antiguo Testamento –no todos completos– con una datación que va desde finales del siglo IX hasta 1100 d.C. Es decir, el fragmento más antiguo de un texto masorético –“Profetas” del Cairo, de Moisés ben Asher– datado en Tiberias en 895, es cuatro siglos posteriores al periodo en el que supuestamente comenzaron su trabajo los masoretas.

Se trataba ante todo de presentar a unos sabios temerosos del Altísimo y aplicados, con la mayor honestidad de la que es capaz un corazón ferviente, a la noble tarea de fijar y vocalizar un texto profético definitivo, de modo que pudiera ser comprensible para todos los judíos. También se trataba de seguir al pie de la letra el dicho –“A río revuelto ganancia de pescadores”. Y eso, revolver, ha sido siempre uno de los elementos fundamentales de sus estrategias.

Se trataba, en definitiva, de crear en la gente una sensación de exactitud, rigor y excelsa profesionalidad en el trabajo de los masoretas, enturbiando las aguas de forma que nadie pudiera ver el fondo. Iban apareciendo a lo largo de los siglos, y paralelamente al trabajo de vocalización y puntuación (masorah), decenas de lenguas, de pueblos, de rutas, de Profetas y de textos “revelados”. Aquel vergel de civilización encajaba bien en el proyecto judío, sobre todo al presentarse ellos como los artífices de aquel prodigioso entramado. La realidad, no obstante, distaba mucho de ajustarse a su estrafalario corte.

Hay una lengua original –el árabe fusha– de la cual derivan todas las demás. De esta lengua se habrían originado de forma directa el siriaco y el fenicio (en realidad, kinani), que a su vez habrían dado lugar al persa, al sanscrito y al griego, y éstas a cientos de otros dialectos. Este portentoso fenómeno se habría llevado a cabo a lo largo de miles de años a través de migraciones y continuos asentamientos. Pero los judíos, aprovechando lo revuelto que bajaban las aguas del río de la historia, añadieron al escenario el arameo, el cananeo, el hebreo, el acadio, el sumerio… formaron familias lingüísticas… hablaban de lenguas semitas, de lenguas indoeuropeas, afroasiáticas, etiosemitas, caucásicas… de modo que ya no bastaba con enturbiar las aguas; había que generar remolinos que se tragasen la lengua árabe y parte de Arabia. Se trataba de subir la historia 2.500 kilómetros y de redactar un texto definitivo del Antiguo Testamento en el que, bajo pretexto de vocalizarlo y puntuarlo, se introdujeran los cambios oportunos y se terminase la tarea que los autores de la Taurah septuaginta habían dejado inconclusa. Entenderemos la importancia de este trabajo si tenemos en cuenta que se realizó en el siglo X de nuestra era, en pleno apogeo del Islam.

El llamado hebreo –mucho más acertado sería decir dialecto siriaco– en cuanto que lengua derivada del árabe, es consonantal, es decir, sólo se escriben las letras consonantes y las vocales se deducen por el habla cotidiana y las reglas gramaticales. Si, por ejemplo, un árabe ve escritas las letras ktb, automáticamente le vendrá a la mente la palabra kitab, ya que cada día la ha escuchado decenas de veces y ha visto esas mismas letras asociadas a las vocales “i” y “a”; y si antes de esas letras viniera un marcador que indicase cantidad, asumiría que debe leerla en su forma plural, y la pronunciaría kutub. Por el contrario, si alguien que no es árabe ni ha escuchado nunca esta lengua, viera estas mismas letras, podría concluir que se trata de la palabra kutab, o katub, o kituba… o cualquier otra que resultase de una combinación arbitraria de vocales. Teniendo en cuenta este hecho, no resultará difícil entender la imposibilidad de vocalizar un texto –el del Antiguo Testamento– escrito en un dialecto que había dejado de hablarse 1500 años antes de que los masoretas se impusieran tan arriesgada, pero al mismo tiempo rentable, tarea. Pero ya hemos dicho que, en realidad, se trataba de terminar el trabajo de los traductores de la Taurah septuaginta, ahora con el texto coránico como principal referencia lingüística y doctrinal.

El trabajo de los masoretas, no obstante, iba a ser mucho más quirúrgico que el de sus hermanos alejandrinos.

Las normas judaicas establecían la necesidad de destruir los manuscritos deteriorados y defectuosos. Y cuando, finalmente, los eruditos establecieron el texto en el siglo X, todos los manuscritos anteriores, que representaban las etapas más tempranas del texto, se consideraron defectuosos y, con el paso del tiempo, desaparecieron. (Ernst Wϋrthwein, The Text of the Old Testament, Erdmans pag. 11)

La elección de un texto único en el siglo X coincide con la introducción de masorah –sistema de signos y puntuaciones utilizadas como protección contra más cambios. Este sistema, junto con la purga de los manuscritos “defectuosos”, pudo llevarse a cabo gracias a que la importante colonia judía de Babilonia (la escuela del Este) había perdido su relevancia y se deshizo en los siglos X y XI. (Muhammad Mustafa al-Azami, The History of the Qur’anic Text, A Comparative Study with the Old and New Testaments, Azami Publishing House, Riyadh, Saudi Arabia, 2008, pp. 283.)

Una vez más, Occidente asumió el liderazgo espiritual del judaísmo y los masoretas del Oeste decidieron eliminar todas las huellas de los textos que fueran diferentes a los suyos. El punto de vista de la escuela occidental de Tiberias fue determinante para el futuro, y durante un milenio la tradición del Este quedó olvidada. (Ernst Wϋrthwein, The Text of the Old Testament, Erdmans pag. 11)

Los masoretas habían hecho su trabajo: “Queridos amigos, hermanos todos, he aquí el texto definitivo por inspiración del Señor de los ejércitos.” Un texto repleto de errores y falsificaciones era el producto final del rigor masoreta.

Su tarea habría resultado de todo punto imposible si el “hebreo” hubiera sido una lengua original e independiente, pero en cuanto que dialecto árabe a través del siriaco, pudieron transvasar la gramática, la entonación y puntuación del árabe fasih a su lengua, que yacía muerta hacía más de mil años.

Más de un milenio separa a los masoretas de Tiberias de los días cuando el hebreo era la lengua viva de una nación, y es más que probable que la pronunciación sufriera cambios, especialmente si se tiene en cuenta que se escribía sin vocales… No sería, pues, de extrañar que aparecieran en el sistema de Tiberias una considerable cantidad de formas artificiales, debidas al deseo de los masoretas de ofrecer una correcta pronunciación –cosa que les hizo susceptibles a las influencias externas, tales como el siriaco y la filología islámica. (Ernst Wϋrthwein, The Text of the Old Testament, Erdmans pag. 27)

Durante varios siglos después de la conquista de Babilonia por los musulmanes, ésta continuó siendo el centro de los estudios rabínicos… El contacto con los eruditos árabes sirvió en alguna medida como un nuevo estímulo, y así los siglos IX y X vieron el principio del estudio filológico y gramático de la literatura hebrea. Fue Hai Gaon quien escribió el comentario más antiguo que existe sobre el Mishnah… Se ocupa casi por completo de los problemas lingüísticos y en su búsqueda de las derivaciones de palabras desconocidas se apoya grandemente en la lengua árabe. (H.Danby, The Mishah, Introduction, pag. xxviii-xxix)

Manteniendo el texto consonantal podemos cambiar su significado a través de la vocalización y de la puntuación. Y eso es lo que ha sucedido con los manuscritos del Antiguo Testamento. La crítica bíblica ha clasificado sus errores en auditivos, visuales, exegéticos y deliberados. La vocalización correcta depende del conocimiento “hablado” de la lengua. Las dudas acerca de la vocalización masorética de los textos bíblicos han existido desde el principio mismo de la crítica bíblica, si bien casi nunca han sido escuchadas.

El dogmatismo de los investigadores bíblicos responde al intento desesperado de hacer pasar un texto, que es el producto de un trabajo de adivinación, por las palabras del Altísimo reveladas a Musa (a.s) y a los Profetas posteriores a él –un texto del siglo X vocalizado cuando la lengua en la que estaba escrito se había dejado de hablar hacía más de mil años.

Lo que realmente cuenta a la hora de poder leer y pronunciar un texto consonantal es la lengua hablada, no el alfabeto en el que está escrito. La lengua turca se escribía con caracteres árabes hasta que Ataturk introdujo el alfabeto latino. De esta forma se perdió gran parte del legado cultural del pueblo turco, pero oralmente se mantuvo la misma lengua. El caso “hebreo” fue el contrario –se mantuvo el alfabeto, pero se dejó de hablar– de modo que las consonantes escritas no permitían deducir las vocales correctas ni la pronunciación ni la entonación. El trabajo, no obstante, pudo llevarse a cabo, a pesar de los muchos errores y cambios intencionados que introdujeron los masoretas, por tratarse de un dialecto siriaco –una variante del árabe fasih.

La elite judía ponía paz donde los críticos ponían guerra, y nos recordaba que lo importante es el mensaje y no su procedencia, la clara asunción de que el pueblo judío era y es el elegido, aunque ya no crea en el dios que hizo tal elección.

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