¿Por qué de todos los seres vivos que pululan por la Tierra solamente el hombre se pregunta por el sentido de la vida?

Y solamente él tiene certeza de la inevitable muerte. Y un tiempo atrás sabía lo que le esperaba tras ese amedrentador acontecimiento y ello le hacía preocuparse por no llenar demasiado la balanza del mal. Obviamente, eran otros tiempos; tiempos de una impecable coherencia existencial.

Mas ahora, después de la revolución industrial y de los daños colaterales que ha provocado –como la muerte de Dios, la revolución rusa, la revolución tecnológica… la red– ese hombre que creía caminar de la mano del dios progreso hacia un horizonte luminoso cuyas halagüeñas perspectivas parecían no caber en la bóveda celeste, no sabe lo que le pasa, pero tiene la clara percepción de que algo va mal; pues cómo es posible que el ser humano, hasta ahora la entidad más inteligente que se ha encontrado en el universo, no sepa cómo se originó la vida, no tenga ningún control sobre ella. Antes bien, es arrastrado por la corriente vital. Le han colocado ojos en la cara, orejas, nariz y boca; mas este diseño que resulta perfecto, incuestionable en cuanto a su funcionalidad, no ha sido él –este humano perdido, aturdido por todas esas revoluciones, por todo ese progreso ilimitado que no le ha llevado a ningún paraíso– quien lo ha concebido dentro de un plan mucho más general.

Sin embargo, la obviedad de que tiene que ser así y de que ésta es la mejor manera posible, le lleva a una alteración cognitiva que le hace pensar que ha sido él o los científicos, los biólogos, los que han ideado el rostro humano y han colocado en él los órganos de percepción sensorial, intelectual y espiritual. Ha sido él o la casualidad, que es la otra forma de obviar al Creador.

La corriente vital le arrastra, le configura y le sitúa en lo alto de la más alta cima desde la que puede contemplar toda la creación y exclamar, sobrecogido: “¡Señor nuestro! No has creado todo esto sin un propósito.” (Corán 3-191)

Y lo primero que comprende este hombre al observar la creación desde la cima más alta es que hay un plan, un propósito, una finalidad. Y es entonces cuando comienza su búsqueda, su investigación. Sin embargo, los que, en vez de ascender a esa cima, han descendido a lo más profundo del magma terrestre, se han intoxicado con los ardientes efluvios que les llegaban de ese magma y se preguntaban con los pelos erizados como los astronautas que pernoctan en la Estación Espacial Internacional: “¿Qué será la vida, esta vida nuestra? ¿Tendrá algún sentido; tendrá alguna finalidad? ¿Cómo dilucidar este abrasador enigma como al magma que nos abrasa e inutiliza nuestra capacidad cognitiva? ¿Deberíamos suicidarnos?”

Una voz les hace reflexionar sobre esa perturbadora opción que acaban de plantearse: “¡Deteneos! No apretéis todavía el gatillo. Y ¿si en el acelerador de partículas que está muy bien situado entre Suiza y Francia, como un accidente geográfico más, se descubriera una nueva partícula sub-atómica que diese, finalmente, sentido a la vida, a la materia, al universo?”

Y en este punto se encuentra la ciencia –entre la desesperación y el cinismo. Fijémonos, si no, en este artículo de Marcelo Gleiser, escrito desde la zona magmática de su cerebro:

¿Tiene la vida en la Tierra algún propósito?

No estoy hablando de un sentido de propósito en nuestra vida privada, nuestras elecciones y esperanzas personales, ni de los planes que hacemos a lo largo de los años. Espero, por supuesto, que cada uno de nosotros viva con la sensación de que nuestra vida tiene un propósito, incluso si esta sensación es a veces evasiva y fragmentada.

No puede haber sentido de la vida privada, personal, cotidiana, si no hay un sentido general de la vida desde su origen, desde la primera entidad viva que surgió de la húmeda tierra. El sentido de la vida es, pues, global, integral. Nuestra vida personal no puede tener sentido si no entiendo de qué origen deriva, de qué principio se ha desarrollado. Y por ello Marcelo, obviando esta irreductible realidad, afirma que él y todos los demás seres humanos, o quizás se refiere a sus amigos, tienen un propósito en sus vidas. ¿Podemos preguntarte, Marcelo, cuál es tu propósito vital? Podemos, pero tú no podrás responder a esa pregunta, pues sin conocer el origen, sin conocer el plan general de la existencia, ¿en qué punto, en qué línea, en qué segmento, colocarías tu propia vida? ¿Para qué vives? ¿Para reproducirte, para conseguir un buen trabajo, para comprarte una bonita casa con garaje de dos plazas? ¿Para tener hijos, cuervecillos que te sacarán los ojos? ¿Para casarte y en seguida divorciarte? ¿Para sentarte en el porche de tu casa a los 60 y preguntarte angustiado, decepcionado: ¿En qué se me ha ido la vida, esta vida sin sentido?

Pero lo que quiero discutir aquí es el propósito de la vida, de la biología como fenómeno natural: este extraño conjunto de materia dotado de autonomía, capaz de absorber energía del medio y de multiplicarse a través de la reproducción.

Mas lo que está describiendo Marcelo es un portentoso proceso vital, un diseño que implica elementos de una irreductible complejidad, es decir, estas entidades vivas tienen autonomía –la facultad de obrar según su criterio. Mas ¿qué mecanismo fabricado por el hombre, fuera pues de la creación, tiene autonomía? Todos ellos necesitan de un manipulador. Ninguna máquina puede organizarse y funcionar por sí misma, autonómicamente. Y de la misma forma, ningún dispositivo puede absorber energía de su medio, como lo hacen los seres vivos de forma constante y sin intervención de terceros. Mas lo más sorprendente, lo que más diferencia a lo vivo de lo muerto, es su capacidad reproductora. Y estas características solo pueden ser producto de un diseño previo, de un plan general de la existencia preparado antes de la creación.

Todas las formas de vida comparten al menos un propósito esencial: la supervivencia. Esto es aún más importante que otro propósito clave para la vida, la reproducción.

Se ve que Marcelo no ha reflexionado cinco minutos sobre lo que está diciendo, debido quizás a esos efluvios magmáticos, pues supervivencia y reproducción son las dos caras de una misma moneda, ya que el principio básico de la supervivencia está en el poder que una entidad viva tiene de reproducirse. Si no hay reproducción, no hay vida; la vida no puede continuar desarrollándose, esparciéndose. Mas ¿podemos otorgar a las entidades vivas otras que el hombre el deseo de sobrevivir y de reproducirse para que la especie no se extinga? Hacerlo, implicaría dotar de consciencia a un conejo, a una sanguijuela o a una bacteria.

Este altercado ontológico, esta irracionalidad, no se sostendría si diéramos con él dos pasos, pues consciencia significa, ante todo, reflexión y la reflexión origina, inevitablemente, la discrepancia de opiniones. Si las entidades vivas, plantas y animales, tuviesen consciencia, si fuesen ellas quienes “desean” sobrevivir y “deciden” reproducirse, habría un caos devastador por toda la Tierra.

Mas si no son las entidades vivas en sí mismas las que desean y deciden, entonces ¿quién lo hace? Obviamente, el Diseñador, el que ha planificado la existencia, todos sus elementos y la interacción entre ellos. ¿Cómo entonces estas entidades vivas se mueven? Parecen buscarse entre ellas, disputarse territorios, buscar lugares propicios para reproducirse y asentarse temporalmente. ¿Por qué recorren las abejas decenas de kilómetros cada día para recoger el polen y fabricar miel, almacenándola en perfectas casillas hexagonales? No hay consciencia en todo ello, no hay reflexión. No deciden ni se adaptan. Son, meramente, programas vitales de una extraordinaria complejidad que cobran sentido únicamente como parte del escenario organizado para los seres humanos.

Estar vivo es algo más que pasar genes a la siguiente generación. Estar vivo es querer seguir vivo. Esta es una diferencia esencial entre los seres vivos y otras formas complejas pero no vivas de organización material, como las estrellas o las rocas. Estas formas materiales no vivas simplemente existen. Pasan pasivamente por el desarrollo de los procesos físicos que les dan forma. Para las rocas, esto es un toma y daca con la erosión; para las estrellas, se trata de contrarrestar la implosión gravitatoria mientras haya suficiente combustible nuclear para fusionarse en sus núcleos. No hay estrategia para nada de esto, y no se puede tomar ninguna acción para retrasar lo que es inevitable.

El lenguaje antropomórfico que utiliza Marcelo, que utilizan los biólogos, los astrofísicos, es uno de los obstáculos que les impide comprender cómo está organizada la vida y sus objetivos. No podemos meter en el mismo saco a todas las entidades vivas. El hombre está fuera de ese saco, pues solamente él quiere seguir estando vivo. Más aún, solo él es consciente de estar vivo, y ese sentimiento lo contrasta con la certeza de la muerte –que solo el hombre posee. El resto de los seres vivos no tiene el concepto “vida” ni el concepto “muerte”. Ningún animal desea vivir ni desea morir, pues ni la vida ni la muerte existen para ellos.

El otro grave error en el que caen estos “científicos” es el de clasificar la materia en inerte y viva. Toda la materia es inerte. Todo está muerto en el universo, pues la vida es característica exclusiva del Creador. Los ribosomas, las mitocondrias, las microzimas… todo está muerto, como muerto e inoperativo es un ordenador y todos sus componentes. Ahora, sin embargo, entra la electricidad en él y empiezan a encenderse pilotos, la pantalla, el ratón, la impresora… y este objeto inerte comienza a realizar complejísimas operaciones, emitir sonidos, presentar tarjetas informativas en la pantalla… Mas la electricidad, la fuente de energía, la fuerza vital, viene del exterior. No puede provenir del ordenador mismo, pues lo que está muerto no puede vivir ni dar vida.

De la misma forma, la materia que compone el universo está muerta. Mas si se organiza esta materia inerte en células de cualquier tipo, y son atravesadas por la fuerza vital, por el soplo divino, por el incomprensible aliento del Creador, todos esos organelos empezarán a realizar complejísimas funciones. Comienzan a respirar y a replicarse, a reproducirse, a relacionarse con el exterior. Mas esa vida, esa actividad vital, no es propia de la célula ni de ninguno de los elementos que la compone. Como en el caso del ordenador, esa fuerza vital viene del exterior y es recibida y decodificada por la entidad “célula”.

La diferencia esencial entre lo vivo y lo no vivo es el afán de conservación. La vida es una forma de organización material que se esfuerza por perpetuarse. La vida tiene intencionalidad autónoma.

Fijémonos en los términos que utiliza Marcelo para describir y diferenciar a la materia viva de la muerta –afán, perpetuarse, intencionalidad, conservación, organización, esfuerzo. ¿Acaso no hacen referencia estos términos a la entidad humana? ¿No son propios de ella? ¿Puede un animal o una planta tener un “afán” por algo? ¿Puede una foca desear ardientemente perpetuarse? Es decir, desear que su especie no muera; siga existiendo; siga organizándose en comunidades o como individuos. ¿Es eso posible? ¿Puede una cucaracha esforzarse para que su especie se perpetúe en el tiempo? ¿Tiene esa cucaracha consciencia de serlo? ¿Podría percibir el peligro que corre de extinguirse? ¿Podría, entonces, reflexionar sobre cómo luchar, cómo esforzarse para que este acontecimiento no ocurra?

Hay biólogos que dirán sí, todos los seres vivos tienen consciencia; y lo dirán porque no han reflexionado sobre este concepto ni entienden lo que ello implicaría. Incluso se preguntan si no habrá diferentes tipos de consciencia –unas más desarrolladas que otras. Y dicen todo eso porque asocian la consciencia con la cognición, sin entender que la consciencia simplemente ilumina nuestros actos, nuestras intenciones… nos hace caer en la cuenta de lo que está pasando y ese caer en la cuenta nos obliga a reflexionar. Ese es el pasmoso proceso que atribuyen a las amebas o a los rinocerontes. Ningún animal, ninguna planta, tiene afán por nada. Simplemente viven, desarrollan su programa vital.

La cuestión de si la vida tiene un propósito se vuelve confusa cuando consideramos la asombrosa diversidad de formas de vida en este planeta. No hay controversia en decir que un solo organismo quiere seguir vivo. Incluso las bacterias se mueven a propósito hacia donde hay más azúcar. Pero las cosas se complican más cuando nos preguntamos si toda la vida comparte un sentido colectivo de propósito. Se vuelven aún más confusos cuando aprendemos que la historia de la vida en la Tierra muestra una complejidad creciente. Comienza con organismos unicelulares y con el tiempo llega a formas de vida complejas y multicelulares, incluidos nosotros mismos.

Marcelo, los biólogos, miran por el microscopio, pero no reflexionan sobre la vida que constantemente interacciona con ellos; no reflexionan sobre ellos mismos. No se hacen esta simple, pero reveladora pregunta: ¿Quién ha diseñado mi hígado? ¿Cómo es posible que yo, un biólogo, un científico, una de las personas más inteligentes del universo, no entienda cómo funciona este trozo de carne? ¿Quién, pues, lo ha diseñado? ¿Quién le ha inscrito en sus células sus complejísimas funciones?

Mas ellos siguen mirando por el microscopio irreflexivamente y Marcelo dice que no hay contradicción en que un individuo, una entidad viva, encuentre que su vida tiene un propósito, pero que, al mismo tiempo, la vida en general, la vida biológica, pueda no tenerlo. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede el sentido de mi vida estar basado en el despropósito de la vida?

Tampoco es correcta la afirmación que hace Marcelo sobre la creciente complejidad de la vida. Las células eucariotas no son más complicadas que las procariotas en el sentido de superioridad. Cada una de ellas desempeña funciones específicas que la otra no podría realizar. Para que la creación funcione tiene que haber un equilibrio, y ese equilibrio se logra al producir elementos diversos, capaces de realizar entre todos las funciones necesarias para que la creación, la vida, se manifieste de forma armoniosa y coherente. Un elefante podría considerarse un animal mucho más complejo que una abeja; sin embargo, la organización social de estos diminutos insectos es muy superior a la de los elefantes y más superior aún son las funciones que realizan.

Por lo tanto, la complejidad es solo aparente, ya que se trata en todos los casos de programas interactivos que originan y sostienen el equilibrio general de la vida. Los animales herbívoros evitan una superpoblación vegetal; y los animales carnívoros, a su vez, evitan que una superpoblación de herbívoros pudiera acabar con toda la vegetación de la Tierra. Y todos ellos de forma directa o indirecta, los hombres incluidos, toman el azúcar, la energía vital, de las plantas. No hay, pues, complejidad, sino equilibrio, ciclos, armonía.

La vida ha existido en el planeta Tierra durante al menos 3.500 millones de años. Sorprendentemente, durante aproximadamente los primeros 2.500 millones de años, solo había bacterias unicelulares. Claro, estos microbios variaban en complejidad, por ejemplo, había organismos procariotas que carecían de núcleos y eucariotas que los tenían, pero todos ellos eran unicelulares. La diversidad de formas de vida solo despegó realmente hace unos 600 millones de años. Especialmente después de la Explosión Cámbrica, hace unos 530 millones de años, la complejidad multicelular que asociamos con formas de vida superiores se generalizó lo suficiente como para ser evidente ahora en el registro fósil. Fue entonces cuando la vida comenzó a apoderarse de los océanos, la tierra y el aire con una velocidad y una resistencia asombrosas, un proceso que continúa en la actualidad.

La Explosión Cámbrica se menciona a veces –no tienen otro remedio– pero siempre de pasada. Incluso hay biólogos que reconocen que el cámbrico ha supuesto un “maremoto” para la comprensión de cómo las especies evolucionaron paulatinamente y a través de estadios intermedios, pues todo eso desaparece con este Big Bang biológico. A pesar de que ya son muchos los biólogos que recomiendan no utilizar una terminología antropomórfica, Marcelo insiste en hacerlo y como buen occidental añade connotaciones bélicas, imperialistas, y de esta forma describe el cámbrico como un proceso en el que los animales emergentes se habrían “apoderado” del aire, de la tierra y del mar. Quizás sería más biológico decir que surcaron los aires, se esparcieron por la Tierra y se sumergieron en los océanos.

Pero ¿de dónde habrían surgido todas estas entidades vivas, millones de especies? ¿De una sola célula venida del espacio exterior? ¿De algún microbio? ¿De alguna sanguijuela? ¿No son acaso todas estas disparatadas explicaciones una forma de hacerse idiotas a sí mismos?

No es de extrañar que tanta gente crea que la vida como colectivo tiene un plan, el de aumentar su complejidad. De ello se deduce que si la vida tiene un plan para volverse cada vez más compleja, debe haber un planificador detrás de todo esto. Por supuesto, bajo este punto de vista, el vértice del proceso seríamos nosotros, seres humanos inteligentes y expertos en tecnología. Los teólogos llaman a esto teleología. Los creacionistas son grandes en este punto de vista, ya que subrepticiamente apuntan a Dios el planificador.

Esta conclusión es falsa. No hay un plan para hacer la vida más compleja para que finalmente pueda generar seres inteligentes. (El eminente biólogo Ernst Mayr presenta aquí un poderoso argumento en contra de la teleología.) La adaptación de un animal no es un plan ideado antes de que mute. Las mutaciones no tienen un plan. Tome los dinosaurios, por ejemplo. Estuvieron aquí durante unos 150 millones de años. Claramente, estaban, con sus diversas mutaciones y ramas, muy bien adaptados a su entorno. La vida quiere preservarse a sí misma, y ​​luchará por hacerlo todo el tiempo que pueda. Si el entorno cambia drásticamente, la vida responderá. A veces morirá, pero para las especies que sobreviven, las mutaciones pueden provocar cambios radicales en cortos períodos de tiempo, como en la hipótesis del equilibrio puntuado de Stephen Jay Gould y Niles Eldridge. Esa hipótesis es algo controvertida, pero parece contener un germen de verdad.

Nunca hemos oído de nadie que dijera la sandez de que el plan de la vida fuese hacerse cada vez más compleja, pues evidentemente eso ni siquiera se puede denominar como “plan”. En todo caso, puede ser un efecto secundario de la manifestación terrenal de la vida. Antes bien, su objetivo final, su propósito, es el de generar un ser vivo capaz de comunicarse con su Creador, capaz de admirar Su portentosa creación, apto para continuar el viaje existencial post-mortem, digno del Jardín y del conocimiento que en esta Tierra le es imposible de adquirir. Y esta entidad viva es el hombre, y esa capacidad para conectarse a la Divinidad –su consciencia y su reflexión– es lo que le hace superior al resto de los seres vivos y no sus habilidades tecnológicas. Más aún, no solo no hay evolución, sino que ni siquiera podemos entender la variedad de seres vivos como un proceso progresivo, como un constante aumento de la complejidad hasta llegar al hombre, ya que lo que separa de forma radical, de forma irreconciliable, a todas las entidades vivas del ser humano es la consciencia, la cual produce reflexión, y ésta se manifiesta a través de un lenguaje conceptual.

Seguimos leyendo este párrafo y no sabemos de qué, demonios, está hablando este tipo. ¿Se supone que todo el mundo debe conocer la hipótesis del “punctuated equilibrium” (el equilibrio puntuado) de Jay Gould y Niles Eldredge? Sin embargo, hay motivos para no explicarla y analizar por qué en 1972 estos biólogos presentan esta propuesta.

Ya en 1956, e incluso antes, se ha recogido un inquietante registro fósil, el del periodo cámbrico, que contradice la ley de la evolución, que hasta entonces era asumida por todos los biólogos –los animales evolucionaron paulatinamente a través de largos periodos de tiempo y de fases intermedias. Sin embargo, ahora, la llamada “explosión cámbrica”, en la que de forma abrupta, casi instantánea, aparece prácticamente la totalidad de seres vivos que hasta hoy pueblan la Tierra, abroga el concepto mismo de evolución. Como ya comentaron algunos expertos, esta explosión se ha convertido en un maremoto que emborrona la imagen evolutiva de las especies. Había, pues, que buscar como fuera una nueva teoría que amainase la furia del cámbrico. Y es aquí donde surge la hipótesis de Gould y Eldredge. Se trataba de eliminar los conceptos de progresión paulatina y estadios intermedios de las especies, inherentes por otra parte al concepto mismo de evolución, de forma que ahora la nueva teoría plantease cambios bruscos en muy poco tiempo y sin fases intermedias. Se trataba, pues, simplemente, de mantener la evolución sin Darwin, y ello no ha hecho, sino aumentar la fuerza destructiva de este maremoto.

Si cambiamos uno o más de los eventos dramáticos en la historia de la Tierra, por ejemplo, el impacto catastrófico del asteroide que ayudó a eliminar a los dinosaurios hace 66 millones de años, la historia de la vida en la Tierra también cambiaría. Probablemente no estaríamos aquí preguntándonos sobre el propósito de la vida. La lección de la vida es simple: en la naturaleza, la creación y la destrucción bailan juntas. Pero no hay coreógrafo. La aleatoriedad de la vida hace que sea aún más extraordinario que haya evolucionado para incluir una especie capaz de preguntarse sobre sus propios orígenes.

Un nuevo desvarío de Marcelo. A qué viene plantearse semejante escenario. Es como imaginar qué pasaría si los astros fuesen triangulares, piramidales, y por su vértice fluyese confeti. Mas precisamente el hecho de que no sea así hace que la creación muestre un riguroso y magnífico plan. No obstante, lo primero que debería hacer Marcelo es obviar a los dinosaurios y a ese meteorito que nadie sabe de dónde ha salido, pero que parece justificarlo todo. Cuando hay falta de rigor, cuando hay maldad a la hora de interpretar los acontecimientos ocurridos en la Tierra, históricos o geológicos, entonces nos salimos de la estructura básica de la realidad, pues esta creación ha sido construida con misericordia, con lógica, con sabiduría y con unos lenguajes que nos permiten entender su origen y su finalidad, su propósito.

Mas aceptemos el ejemplo de Marcelo. Que nos diga exactamente qué habría pasado con esta creación si ese meteorito Disney no hubiese impactado en la Tierra y no hubiese eliminado a esos animales Disney. ¿Puede hacerlo? ¿Puede segundo a segundo describir los acontecimientos que se habrían sucedido hasta hoy? No, no puede, porque la creación no se basa en hipótesis o suposiciones, sino en una realidad irreductible que no puede variarse ni añadir o eliminar un solo átomo de ella.

Y lo que tiene que hacer un ser humano, el hombre, la entidad viva que ha alcanzado la cima, es observar esta creación dentro y fuera de sí mismo y no obnubilarse con estúpidas y estériles preguntas como hace Marcelo; un Marcelo que no parece estar al día de las conclusiones a las que han llegado los más relevantes biólogos y astrofísicos, y que no son otras que la imposibilidad matemática, estadística, de que en la aparición del universo y de la vida haya podido jugar algún papel la casualidad. Ninguna cristalización mineral, ninguna organización celular… es aleatoria. No existe el azar –un aberrante concepto que obvia la ley de causa y efecto actuantes desde el principio de la creación.

El magma terrestre acabará por engullir a Marcelo.

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