La falta de rigor es la mejor coartada del encubrimiento

La característica más sobresaliente de lo que podríamos llamar la civilización occidental, y dejamos este término para no ahondar en degradantes detalles, es la más absoluta falta de rigor.

Cojamos, por ejemplo, el tema de los dinosaurios. Lo que comenzó siendo una hipótesis –descartada por la mayoría de los científicos, la hipótesis de un hipotético meteorito que habría impactado en la Tierra hace exactamente 66 millones de años, extinguiendo de un solo golpe a todos aquellos gigantescos animales– ha pasado a convertirse –sin que pueda esgrimirse a su favor la más mínima evidencia, el más mínimo indicio de que aquel sorprendente acontecimiento ocurriera– en un hecho irrefutable. Simplemente, fue así.

Lo mismo ocurre con la hipótesis de la evolución, que ya no es tal, sino que se ha convertido en la única explicación aceptable por la ciencia para explicar la variedad de seres vivos que pueblan la Tierra, y ello a pesar de que incluso su registro fósil, especialmente lo que se ha dado en llamar “la explosión cámbrica”, desmiente tal hipótesis. Mas este hecho no les hace reflexionar, sino que antes bien cambian puerilmente la teoría anterior, la de que las especies fueron evolucionando paulatinamente y pasando por fases intermedias, por la de que esta evolución se produjo bruscamente y sin la necesidad de estos elementos intermedios. Lo hacen con la misma falta de rigor, de evidencias, de pruebas… con la que anteriormente habían construido la teoría contraria.

Mas la “ciencia” forma parte del poder y, por lo tanto, no tiene que dar cuentas de nada a nadie.

En el artículo de Dennis Prager que reproducimos a continuación vemos cómo esa falta de rigor inherente al pensamiento occidental, un pensamiento que no ha hecho otra cosa a lo largo de su historia que copiar lo que les llegaba de Oriente, está derivando en un caos y una degradación intelectual alarmante.

Sin Dios desde hace décadas

El título de este artículo ya es significativo y equívoco, pues no debería titularse “Sin Dios desde hace décadas,” sino “Sin creyentes desde hace siglos”; en realidad, desde hace milenios, ya que la humanidad siempre ha caminado sobre dos pistas paralelas, pero con puntos de intercesión: la pista del tawhid, de la Unicidad del Altísimo, del sistema profético; y la pista del chamanismo, que es una forma folklórica de la idolatría y del paganismo. Y decimos que ha habido intercesiones porque a lo largo de su recorrido elementos proféticos han influido en el sistema chamánico, de la misma forma que elementos chamánicos se han infiltrado en el sistema profético, generando confusión en uno y distorsión en el otro.

Menos jóvenes estadounidenses se afilian a alguna religión organizada que nunca antes en la historia estadounidense. Esto significa, por lo tanto, que los hijos —y ciertamente los nietos— de millones de cristianos fieles han abandonado el cristianismo. Lo mismo es válido para los judíos, pero ese declive comenzó un poco antes. Hasta el siglo XX, casi todos los judíos eran religiosos (lo que casi siempre significaba ortodoxos). Hoy, alrededor del 15% de los judíos son ortodoxos, mientras que la mayoría de los judíos conservadores y reformistas tienen los mismos valores que la izquierda secular, y muy pocos de sus hijos asisten a la sinagoga. ¿Por qué tantos judíos y cristianos han abandonado el compromiso religioso e incluso una identidad religiosa?

La pregunta que se hace Prager es entre retórica y cínica, o entre ingenua y estúpida, o algo así; pues cuánto tiempo puede mantenerse una comunidad humana “fiel” a un sinsentido ontológico, teológico, lógico y racional. ¿Durante cuánto tiempo y bajo qué sistema opresivo se puede obligar a un pueblo a aceptar una “religión” sin transcendencia, sin tan siquiera una mención al Más Allá; sin una, por muy simple que fuera, referencia a la geografía post mortem? ¿Qué sentido puede tener pertenecer al judaísmo para simplemente heredar una tierra y después morir; y después, como se dice de Musa (Moisés) en el Deuteronomio, “ir a reunirse con sus padres”?

¿Quién, pues, es ese Dios que les entrega esa tierra prometida a los Banu Isra-il? ¿De dónde ha surgido? ¿Qué sentido tiene una creación en la que todo nace y muere, y luego desaparece, se extingue? ¿Dónde están los padres de Musa? ¿O se refiere el versículo a los huesos de los padres de Musa; a esa extinción general a la que se unirá Musa cuando muera?

Se trata, pues, de una religión humana, una religión de poder terrenal, pero con un Dios en la cúspide de la pirámide. Obviamente, ese Dios no hace ninguna falta. No tiene sentido mantenerlo si no hay transcendencia. Lo que los judíos necesitan, lo que los judíos no han dejado de buscar, de pedir –es un rey de carne y hueso, un monarca, un soberano que les entregue la Tierra entera y la ponga a sus pies. Una espada es lo que quieren, no una promesa.

Mas los cristianos no lo tienen mucho mejor. ¿Deberían ser “fieles” a un Dios único obligado a compartir su poder, su unicidad, con otros dos dioses; al parecer surgidos de Él, al menos su hijo engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre (según el concilio de Nicea, año 325)? ¿A cuál de las tres personas deberían adorar los cristianos? ¿Al hijo, cuando en todo el Nuevo Testamento Isa (Jesús) no cesa de informarnos de que todo el poder viene del Padre? ¿Qué significado, entonces, puede tener un dios cuyo poder y divinidad derivan de otro dios, a todas luces superior a él? Obviamente, la incoherencia de la trinidad abarca muchos más aspectos ontológicos.

Mas la irracional secuencia politeísta no termina aquí. Dos siglos más tarde, en el concilio de Calcedonia, año 451, se une a la sagrada familia el Espíritu Santo, y en el Segundo Concilio de Constantinopla, año 553, se declara a María –Madre de Dios, o también “Preñada de Dios”, pues ambos significados están contenidos en el término griego Theotokos. Si a este mejunje añadimos cientos de santos a los que se les ha dado el poder de interceder ante esta sagrada familia en favor de los humanos, el zancocho teológico está servido.

Más aún queda un inquietante enigma por dilucidar. ¿Dónde estaban el hijo y el espíritu santo antes de que la Iglesia declarase la existencia de la santísima trinidad? Cómo puede el hombre, el ser humano, crear este concepto y explicarlo al margen del propio Dios, pues en ningún lugar del Antiguo o del Nuevo Testamento se menciona esta expresión. ¿Es, entonces, la Iglesia la que tiene que informar al Padre 400 años más tarde de que “crucificaran” a su hijo, sobre su verdadera naturaleza; cuántas personas hay en él; cómo, siendo uno, es, al mismo tiempo, tres? ¿Es que acaso sería ahora cuando el Padre (¿Jehová?) caería en la cuenta de quién es?

¿Cómo, entonces, piensa Prager que las nuevas generaciones de cristianos y de judíos se van a comer esta pócima? ¿Acaso se la ha comido él? ¿Acaso nos quiere hace creer que es fiel a estas irracionalidades teológicas?

Muchos judíos conservaron una identidad étnica, una opción que no está disponible para quienes abandonaron el cristianismo, ya que no existe una identidad étnica cristiana, siendo el cristianismo una religión, no una etnia como tal.

La irracionalidad teológica de Prager le lleva a la falsificación constante de la historia y de la geografía, falsificación en la que se encuentra hoy la humanidad entera, creando, precisamente, etnias donde no existen y con las que se pretende singularizar a un pueblo y otorgarle unos derechos de los que carecen las demás falsamente fabricadas etnias.

Los judíos, los Banu Isra-il, no son, sino tribus árabes del Yemen y su lengua no era, sino un dialecto o derivación del árabe puro, fusha. Sin embargo, al crear la “etnia” judía y su origen “semita” (descendientes del hipotético Sem, hijo hipotético de Nuh (Noé) –crean su singularidad, como la singularidad de la que procede el Big Bang, añadiendo que su “etnia”, aparentemente surgida de las aguas primordiales o del espacio intersideral llegados a la Tierra, quién sabe, junto con las primeras células en algún meteorito, había sido elegida por un Dios inexistente en el que ninguno de ellos cree, para heredar la Tierra entera y someter a todos los demás pueblos.

Predominan dos razones: la cultura secular dominante y el fracaso de los judíos y cristianos religiosos para explicar sus respectivas religiones.

En realidad, se trata de la misma razón, de la misma causa. El hecho de que la gran mayoría de cristianos y judíos hayan abandonado de facto sus religiones, hayan renegado de sus credos y hayan obviado en sus vidas los actos de adoración prescritos por cada una de ellas, ha hecho que el secularismo, el laicismo, el ateísmo y otras formas chamánicas, como las llamadas corrientes espirituales de Oriente –el Budismo, el Zen, el Yoga– hayan adquirido una cada vez mayor relevancia en las sociedades occidentales.

Mas esto nos lleva al argumento anterior que explica esta “despreocupación” religiosa de los jóvenes occidentales –una vez que se han apagado las hogueras y la espada cristiana y las supersticiones judías han dejado de tener efecto, la gente se ha puesto a buscar una doctrina coherente, una doctrina compatible con cualquier tipo de sociedad humana, afinada con la propia naturaleza, con la creación, con el universo. Y esto es lo que no dice Prager –que una parte significativa de la cristiandad ha entrado en el Islam a pesar de toda la propaganda insidiosa con la que se ha tratado de evitar este inquietante fenómeno. Mas el que Prager y otros como él no lo mencionen ni analicen las causas que han provocado este cambio de posición, no lo anula ni lo ralentiza.

Los países occidentales contemporáneos (y países como Japón cuyas identidades no son occidentales, pero son culturalmente parte de Occidente) son las sociedades más seculares de la historia registrada. En Estados Unidos, todas las instituciones públicas se han vuelto libres de Dios, es decir, desprovistas de Dios. A partir de los 5 años, y a veces antes, los niños asisten a escuelas que no hacen referencia a Dios ni a la Biblia. De hecho, las escuelas generalmente tienen a Dios y a la Biblia en desprecio intelectual y moral.

El burro sigue tirando de la noria, pero no hace, sino dar vueltas y vueltas pateando siempre el mismo terreno. Ese desprecio del que habla Prager está más que justificado en el caso de la Biblia y de su propio Dios. No hay una sola página del Antiguo Testamente que no contenga contradicciones, y ello porque durante más de dos mil años sus escribas no han hecho otra cosa que eliminar, añadir, borrar, cambiar… los textos que les llegaban en pergaminos que se escribían y re-escribían una y otra vez.

Fijémonos por un momento en el Génesis. Cuando se nos dice en los primeros capítulos que Dios creó a Adam y Eva –no había otros seres humanos. Ellos eran los primeros. Y su inmediata descendencia eran dos hijos –Caín y Abel. Caín, siempre según el Génesis, mató a Abel, con lo cual en toda la Tierra no habían quedado, sino tres seres humanos: Adam, Eva y Caín. Sin embargo, después de este fratricidio, Caín se queja a Jehová:

“He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la Tierra, y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará. Y le respondió Jehová: Ciertamente cualquiera que matare a Caín siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín para que no lo matase cualquiera que lo hallara. Salió, pues, Caín de delante de Jehová y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén. Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enóc. Y edificó una ciudad y llamó el nombre de la ciudad del nombre de su hijo, Enóc…” (Génesis 4)

¿Qué explicación plausible podemos dar a estos versículos? ¿De quién podría tener miedo Caín si no había en la Tierra otros seres humanos que su padre y su madre? Más aún, ¿dónde encontró a su mujer? Obviamente, tuvo que ser miembro de un pueblo, de una tribu. ¿Para quién edificaría Caín una ciudad si solo estaban él, su mujer y su hijo Enóc? Probablemente una jaima hubiera bastado como habitación para los tres. En estos versículos del Génesis vemos una falta de texto, quizás páginas enteras, pergaminos enteros, hablando de la aparición del ser humano en la Tierra. Mas, como nos advierte el Corán:

(90) …Lo transcribís en pergaminos, algunos de los cuales mostráis, pero la mayor parte de ellos los ocultáis. (Corán 6-Sura de los rebaños, al Anam)

Esto sucedía según nos informa el Corán hace 1,500 años, pero ni que decir tiene que durante este periodo a esta ausencia de textos se debe añadir innumerables falsificaciones e interpolaciones, sin mencionar el trabajo de los masoretas. Por lo tanto, no es un libro que merezca admiración o respeto, pues la parte que ha quedado de lo que realmente se reveló a Musa, a Daud y a Isa es mínima. Mas tampoco el Dios trino de los cristianos ni el Dios terrenal de los judíos merecen otra cosa que el desprecio.

A los niños estadounidenses se les dice en la escuela que ni Dios, ni la Biblia, ni la religión son necesarios; de hecho, estos se consideran impedimentos para el progreso moral. Por ejemplo, prácticamente a todos los estudiantes se les enseña el mantra secular de que “más personas han sido asesinadas por la religión, o ‘en el nombre de Dios’, que por cualquier otra cosa”. La referencia implícita es, por supuesto, solo a los cristianos. (Los ejemplos de violencia islámica a lo largo de la historia se ignoran y la mención de ellos se considera intolerancia, y lo mismo se aplica a la violencia de los nativos americanos y no a la de los occidentales).

Éste es un claro ejemplo de lo que significa falta de rigor. En nueve líneas se hace un repaso de la historia del Islam y de la conquista de Estados Unidos por parte de los colonos británicos –1,500 años de la una y 400 años de la otra. No parece sensato que en nueve líneas se pueda dar cuenta de semejante periodo histórico.

Los musulmanes llevaron al mundo la verdad, el libro sin falsificaciones, la ciencia, una sofisticada arquitectura, un código de relaciones sociales, valores como la lealtad, el honor, la valentía y la generosidad. Toledo y después Córdoba fueron bajo el gobierno musulmán las capitales científicas de Occidente, mientras que las conquistas de los cristianos (tenemos un buen ejemplo en las cruzadas), fueron conquistas de destrucción con las que se cambiaba la sabiduría por ignorancia y la virtud por la corrupción.

En Ma’arat, Siria, y en otras muchas ciudades de Oriente Medio los cruzados llevaron a cabo actos de canibalismo. Y hablando del siglo XX, le recordamos a Prager que la primera y segunda guerras mundiales fueron preparadas y orquestadas por los países europeos, todos ellos cristianos –practicantes o no. El ejemplo más significativo lo tenemos en la segunda guerra de Iraq, siendo presidente de Estados Unidos George Bush. Antes de entrar en Feluyah y arrasarla, a las tropas norteamericanas se les ofreció un oficio religioso, pues como dijo Bush: vamos a tomar Feluyah “en el nombre de Dios”. ¿En el nombre de qué Dios? ¿Cuál es el Dios de Bush? ¿Cuál es el Dios de Prager? Sin duda, Dioses despreciables.

En cuanto a los nativos norteamericanos –todas las crónicas nos informan de que al llegar el hombre blanco a esos territorios, los nativos, de forma general, los recibieron con los brazos abiertos. Más aún, con un sagrado respeto. No había ninguna razón objetiva para exterminarlos. Norteamérica es una tierra hasta ahora casi vacía. Podían haber convivido con ellos y haber ido transformando sus sociedades en sociedades mixtas, en las que los unos se hubieran beneficiado de los otros. Esas matanzas eran llevadas a cabo por el hombre blanco, en su mayoría cristianos, pero dirigidas por los judíos que veían en esa inmensa y riquísima tierra su próxima tierra prometida. En seguida establecerán por todo el territorio norteamericano su sistema económico favorito: la usura, los bancos, los préstamos, los desahucios, sin olvidar que sus hermanos del otro lado del Atlántico, los judíos afincados en Cataluña, en Francia y en el Reino Unido, hacían sus grandes negocios con el tráfico de esclavos negros.

Todas estas reflexiones nos hacen concluir que tanto judíos como cristianos no solo no entienden al otro, sino que ni siquiera entienden su propia religión y su propia historia.

(113) Dicen los judíos (yahud): “Los cristianos (nasara) no tienen fundamento alguno.” Y dicen los cristianos (nasara): “Los judíos (yahud) no tienen fundamento alguno.” Eso dicen a pesar de que ambos recitan el Libro (Kitab). Eso mismo dicen los que no tienen conocimiento, el mismo discurso. (Corán 2-Sura de la vaca, al Baqarah)

Esta doctrina secular sobre más violencia por parte de los cristianos que por parte de cualquier otra persona es intelectualmente deshonesta y, con respecto al siglo XX, manifiestamente falsa. Es intelectualmente deshonesto en la medida en que ignora el hecho de que antes de la Ilustración, prácticamente todos en Occidente eran cristianos. Por lo tanto, por definición, prácticamente toda la violencia fue cometida por cristianos. ¿Quién más en Occidente podría cometer violencia? ¿El diminuto número de judíos? ¿El pequeño número de ateos? También es intelectualmente deshonesto en el sentido de que solo se mencionan los males cometidos en el mundo cristiano, males, como la esclavitud, que eran casi todos universales.

Aquí lo importante a resaltar, ambigüedades y cortinas de humo aparte, es el hecho de que nunca ha habido ni puede haber una buena relación entre judíos y cristianos. Puede haber antropofagia, pero no hermandad, pues los judíos niegan que Isa sea el Mesías que se les había prometido. Lo niegan, lo rechazan e intentan matarle, cortando de esta manera el camino profético.

Los cristianos, por su parte, consideran, o deberían considerar, herejes a sus hermanos antropófagos, pues no solo niegan que Isa fuese el Mesías, sino que además anatemizan su divinidad y lo rebajan al nivel de farsante. Al mismo tiempo, los cristianos, al elevar a Isa al rango de Dios, abrogan el relato profético posterior a él. Abrogan la naturaleza profética de Muhammad y niegan que el Corán sea un libro revelado por el Altísimo. De esta forma los cristianos dinamitan el camino profético tanto antes de Isa como después de él. Se trata, pues, de una actitud de puro canibalismo –unos y otros devorándose.

El Islam, por su parte, y contrariamente a esa actitud antropófaga, reúne a todos los profetas en un mismo relato. Nadie queda fuera, nadie es anatemizado. Sin Islam, sin el Corán, sin Muhammad… el sistema profético colapsaría o se convertiría en un Frankenstein de hipocresía –esa es la misión que tienen los “diálogos interreligiosos”.

Pero los logros morales del mundo cristiano, todos exclusivos del Occidente cristiano, son ignorados. ¿Dónde más estaban los países comprometidos con los derechos humanos universales, es decir, la igualdad de derechos para todas las personas de todas las etnias, razas y religiones? ¿Dónde más se elevó el estatus de la mujer al estatus del hombre? ¿Dónde más se logró la libertad hasta el punto en que se logró en el mundo occidental? ¿Qué otra civilización descubrió formas de sacar a miles de millones de la pobreza o erradicar enfermedades?

¿Cómo pueden hablar los judíos o los cristianos de igualdad, de fraternidad, de justicia, cuando ellos mismos se designan como el “pueblo elegido”? ¿Quién, entonces, somos los demás? ¿Qué valor pueden tener los otros pueblos? Mas el cinismo de Prager le hace obviar el hecho de que una cosa es escribir en un papel los derechos humanos y otra –aplicarlos en sus políticas. ¿Ha habido una civilización más devastadora, más depredadora, más esclavista que la occidental? ¿Qué otro pueblo ha esclavizado a los hombres por ser negros, por el color de su piel? Hecho éste que va en contra de la estructura misma de la esclavitud, que deriva de guerras o se apropia de gentes que no tienen ninguna protección, que no pertenecen a ninguna tribu, a ningún grupo social, pero nunca se ha justificado la esclavitud por el color de la piel de los que hacían esclavos.

Más aún, ¿quién ha dicho a Prager que debe haber igualdad entre los hombres y las mujeres? ¿Quién le ha dicho que son iguales? ¿Quién le ha dicho que deban tener las mismas funciones sociales, laborales o familiares? Que pregunte a sus rabinos por qué el judaísmo ha negado a las mujeres la posibilidad de estudiar, de ahondar en el conocimiento espiritual. Esa ha sido, precisamente, la forma en la que los ideólogos judíos han generado el caos en las sociedades occidentales –un aumento constante y alarmante de suicidios, de muertes por opiáceos, por sobredosis, por injerencia de antidepresivos; de asesinatos, de violencia, de delitos… en constante aumento; un 90 por cien de divorcios antes de los 45 años; un porcentaje de homosexualidad que supera el 25 por cien tanto en los grupos masculinos como en femeninos; y un transgenerismo, una de las anomalías más aberrantes de cuántas ha practicado la humanidad a lo largo de su historia, ahora convertida en la más prometedora normalidad.

¿Es ésta la civilización que debemos admirar y a la que debemos agradecer sus “logros”?

Y la acusación es evidentemente falsa en el sentido de que el siglo más sangriento de la historia fue el siglo XX y casi todos los más de 100 millones de civiles (es decir, no combatientes) que fueron asesinados fueron asesinados por no cristianos, generalmente anticristianos, seculares regímenes. Suponiendo que su hijo o nieto secular incluso sepa acerca de los genocidios del siglo XX, hágale esta pregunta: «¿Quién es responsable de los genocidios del siglo XX, los regímenes religiosos o seculares?»

En la vida estadounidense, la única fiesta nacional con significado religioso es la Navidad, y eso no solo se ha secularizado en gran medida, sino que incluso en su forma secular se ha eliminado cada vez más del vocabulario nacional. Se espera que los estadounidenses digan la palabra «Navidad» lo menos posible. No más «Feliz Navidad», sino «Felices Fiestas». Las empresas ya no tienen “fiestas navideñas”, sino “fiestas de temporada”. Las escuelas ya no tienen “vacaciones de Navidad”, sino “vacaciones de invierno”. Cualquiera que derive sus valores morales de la Biblia tiene esencialmente prohibido usar esos valores para dar forma a las normas sociales.

¿Se ha preguntado alguna vez Prager qué significa “navidad”? ¿Qué se celebra en estas fechas “navideñas”? Probablemente no y por ello le duele que se sustituya el término “navidad” por el término “vacaciones”.

Navidad significa “nacimiento de Dios” y eso es tan incomible como la trinidad, como la sagrada familia. A la gente le da vergüenza, y es lógico que le dé, decir que esta noche, la del 24 de diciembre, celebramos que Dios nació hace 2,000 años; y al decirlo, les entra la risa, pero también la perplejidad; se hacen preguntas que cualquier niño se haría. ¿Cómo puede nacer Dios? “Ah, ya entiendo. Es usted una de esas personas simples e ignorantes. Claro, que no nació Dios en cuanto que Dios, pues eso sería una incongruencia ontológica, pero no debe olvidar que en Jesús confluían dos naturalezas –la humana y la divina. La humana es la que nació, siempre adherida y sosteniendo a la divina. O quizás no; quizás me he liado. Será mejor que pregunte a los sabios padres de la Iglesia.”

¿Cómo un hombre, un ser humano, podría sostener sin desintegrase a Dios? ¿Cómo lo Absoluto puede encajar en lo concreto, en un cuerpo carnal específico? ¿Cómo este hombre podría soportarlo –caminar, comer dormir… llevando a Dios a cuestas?

Mas en el tiempo en el que se construía el cristianismo, el catolicismo, el protestantismo, las hogueras siempre encendidas eran un argumento difícil de refutar y de esta forma se edificó “la fe cristiana”. ¿Podía mantenerse en pie este edificio una vez que las hogueras se extinguieran? Obviamente, la coherencia y la racionalidad, la atenta lectura de las escrituras, de la Biblia, llevó a la gente a rechazar ese ignominioso credo y abandonar las iglesias, hoy vacías.

Puede citar a Ibram X. Kendi o la “fragilidad blanca” o su corazón como la fuente de sus valores sociales, pero si cita un libro bíblico, se le dice que viola la supuesta “separación entre la iglesia y el estado”. Entonces, durante unos 60 años, todo el mundo fuera del hogar (y cada vez más dentro del hogar) de la mayoría de los jóvenes estadounidenses ha sido secular y antirreligioso. Que la era post-cristiana ha sido la más sangrienta de la historia, que las revoluciones francesa y rusa, ambas ferozmente antirreligiosas, produjeron regímenes despóticos sangrientos, mientras que la revolución estadounidense pro-religiosa y basada en Dios produjo el país más libre del mundo, ambos hechos son desconocidos para la mayoría de los jóvenes estadounidenses.

Mas si Estados Unidos es el país más libre del mundo, ¿por qué, entonces, no se puede hablar en las escuelas de Dios o hacer referencia a textos bíblicos cuando se trata de apoyar un argumento filosófico, científico o teológico? ¿Dónde, pues, está la libertad? ¿Cómo es posible que de una revolución “divina”, fraternal, no sangrienta como la francesa y la rusa, Estados Unidos se haya convertido en poco más de 100 años en un país secular, anti-cristiano, anti-divino? ¿Es eso posible incluso desde un punto de vista estadístico?

Mas Prager es, ante todo, un encubridor –tanto por maldad como por ignorancia, pues la revolución francesa y la rusa fueron preparadas y orquestadas por los grupos judíos elitistas que impregnaban el tejido social burgués de aquella época.

Así también, los jóvenes no saben que los estadounidenses religiosos son más felices, se suicidan menos, dan más caridad y se ofrecen como voluntarios más tiempo que los estadounidenses no religiosos. Nadar en un mar secular y la ignorancia de los registros morales dispares de los regímenes e instituciones seculares y judeocristianas constituyen una de las dos razones de la apatía religiosa entre los jóvenes estadounidenses. El otro, como relataré en una columna futura, ha sido el fracaso de las instituciones religiosas para explicarse a sí mismas.

No, Mr Prager. Esa no es la razón ni tampoco lo será la que ponga en su próxima columna. La razón es que la incoherencia y la irracionalidad no se pueden mantener por mucho tiempo, sobre todo, cuando las argollas y los candados ya no se pueden cerrar y los hombres vuelven a ser libres; vuelven a utilizar sus capacidades cognitivas, su percepción, su intuición; vuelven a la lectura de los textos revelados que no han sido trastocados por las manos de los escribas judíos.

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