La ficto-muerte no impedirá que muramos.

En el escenario mundial que se ha generado tras la pandemia ha desaparecido definitivamente la barrera que separaba la realidad de la ficción. Y no solo eso. Se han roto los puentes que nos permitían atravesar las zonas pantanosas y las ciénagas siempre que deseábamos movernos en la virtud y saltarnos el vicio, evitarlo, circular por una red subyacente, paralela a la del sistema y, por lo tanto, nunca en contacto con ella. Ahora, nos hemos quedado aprisionados en ámbitos cerrados, cuya realidad ficticia la despliegan los medios de comunicación.

Los montajes antes de la pandemia se representaban en escenarios reales, con elementos reales. Las bombas que se lanzaban en una guerra explotaban en algún lugar. Las balas que salían de las ametralladoras se estampaban contra muros hechos de ladrillos que habían sido cocidos en altos hornos o contra cuerpos humanos que habían permanecido nueve meses en las matrices de sus madres. Las guerras eran montajes sin ninguna razón objetiva que las justificase, pero su manifestación era real en un mundo real.

El escenario de hoy, empero, ha cambiado taxativamente. Está construido sobre montajes que se manifiestan en la ficción. El virus de la pandemia no fue creado por científicos en laboratorios secretos en algún subterráneo de África o de Asia. Ha sido creado por los medios de comunicación y sus ramificaciones gubernamentales y “científicas”. Una ficción, en este caso vírica, ha cambiado el mundo en menos de seis meses.

¡Cuánto dinero gastado en cirugías para al cabo tener que ocultar la belleza conseguida en los quirófanos con una mascarilla, con un trapo! Mas no importa. Se trata de vivir con esta o con otra nariz. Hay un mensaje subliminal que elimina todos los conceptos pre-pandémicos de belleza –estamos re-diseñando la vida, los gustos, la estética, las emociones… algo que todavía no os podéis ni imaginar. Son sueños ficticios en Metaversos irreales, pero en el proceso, en la frustración, morirá mucha gente y aumentará el nivel de sufrimiento y el nivel de enfermedad en las sociedades humanas.

Es un juego diabólico en el que nadie tiene poder para detenerlo, ni siquiera para seguirlo paso a paso. Algo nos empuja a coger el tren, a comprar una línea de teléfono, a utilizar la electricidad, a encender un ordenador, a introducir una tarjeta en un teléfono móvil; algo nos empuja a permitir que introduzcan un chip en nuestra piel. “¿Estás listo?” “Sí, la próxima generación no vivirá más de cuarenta años.” Y esto ocurrirá mientras cada día aparecerán artículos en revistas especializadas que nos asegurarán que la ciencia pronto alargará nuestro tiempo vital a los mil años. Realmente diabólico, pues mientras nos confinan y nos inmovilizan en ámbitos cada vez más reducidos, en todos los países se construyen vías ferroviarias para trenes de alta velocidad… para ir ¿a dónde? ¿De casa al supermercado? ¿O del dormitorio al salón para hacer un “clic” y que nos traigan a casa una pizza y un batido con sales minerales?

Mas también es ingenuo el principio mismo de este Reinicio, pues hay leyes supra-naturales, irreductibles, que nadie puede eludir, ningún sistema. Y la ley que aquí más nos interesa es la de la dialéctica de los contrarios que genera el movimiento del Universo –sístole/diástole; exhalación/inhalación; noche/día; muerte/vida; dificultad/facilidad; sufrimiento/alegría… Es esta dinámica imparable la que evita el anquilosamiento de las estructuras sobre las que va montada esta creación.

Por mucho que se prolongue una guerra, acabará por llegar la paz, de la misma forma que tras la dificultad, sobrevendrá la facilidad. Ninguno de los dos elementos de la oposición puede perdurar eternamente, ya que eso conduciría a su propia muerte –si permanecemos en la exhalación, al final moriremos; una noche interminable acarrearía infinidad de dificultades; un corazón que se detiene en la sístole llevará la parálisis y la muerte al resto de los órganos y al propio cuerpo que lo contiene. Tarde o temprano la tiranía será derrotada por la justicia –como ya hemos visto en numerosas ocasiones en la historia moderna.

Las corporaciones judías han podido hacerse billonarias con las guerras en las que han participado los Estados Unidos, pero ello no habrá evitado la humillación de la derrota que una tras otra ha sufrido este país –Vietnam, Corea, Camboya, Iraq, Siria, Venezuela… y la que sufrirá en Ucrania. Las aguas, tras una inundación, siempre vuelven a su cauce, aunque en el proceso haya habido destrucción.

Al mismo tiempo, todo este dinamismo queda englobado en la oposición nacimiento/muerte; juventud/vejez. Todas estas espirales giran dentro de la gran espiral principio/fin. El principio lleva al fin, de la misma forma que el fin produce el principio. La humanidad se encuentra ahora más cerca del final que del inicio y, por lo tanto, en la dialéctica construcción/destrucción este último factor será cada vez más dominante. Y ello en lo que se refiere a las sociedades, mas no a los individuos, pues el individuo puede escapar a la corriente del tiempo, al flujo de la historia.

(1) ¡Por la corriente del tiempo (2) que arrastra al hombre –insan– a la perdición. (3) Mas no así a los que creen y actúan con rectitud. (Corán, Sura del tiempo, al-Asr)

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