La levedad del científico, aunque no sea insoportable, o algo así

El artículo que vamos a comentar a continuación forma parte de los típicos textos propagandísticos con un titular llamativo –La ciencia contra Dios– y nada más, pues lo único que intenta es que la gente religiosa abandone sus creencias y se someta a la tiranía científica que no tiene nada de ciencia. Veámoslo:

Muchos perciben la lucha por comprender nuestro Universo como una batalla entre la ciencia y Dios, pero ésta es una falsa dicotomía. A veces me siento desalentado cuando observo el abismo entre la ciencia y el público en general. Claro, millones de personas son ávidas consumidoras de libros de ciencia, podcasts, programas de televisión y videos, y eso es maravilloso. Cuando yo era niño en la década de 1970, era mucho más difícil acceder a la ciencia. Había revistas como “Scientific American” y “Popular Mechanics”. Hubo series documentales ocasionales, por ejemplo “The Ascent of Man” de Jacob Bronowski y “Cosmos” de Carl Sagan, pero el público en general ciertamente tiene ahora más accesibilidad al contenido científico.

A pesar de esto, poco ha cambiado. Las personas más interesadas en la ciencia son aquellas que entienden su relevancia para sus vidas y que tienen una curiosidad legítima por el funcionamiento de la Naturaleza, pero la gran mayoría permanece desinteresada. La mayoría de la gente desdeña lo que hace la ciencia y cómo trabajan los científicos. Para estos extraños, la ciencia es una caja negra.

Marcelo Gleiser comete numerosos errores de apreciación. La gente se despreocupa de la ciencia porque ésta es incapaz de explicar lo más elemental de la naturaleza. Lleva décadas estudiando el funcionamiento de los mosquitos, pero sigue sin entenderlo ni es capaz de crear uno. Todavía no puede fabricar un riñón artificial que funcione y que mantenga vivo al paciente durante años, y ello sin hablar de lo aparatoso que son estos artefactos comparados con los diminutos, pero efectivos riñones del ser humano. La ciencia no ha podido hasta ahora crear una célula, aunque tiene todos los elementos para ello, pero son elementos muertos y los científicos no pueden dar la vida a la materia.

Leer libros de divulgación científica, meterse en los podcasts científicos, leer revistas prestigiosas de ciencia… no es bueno, pues lo único que consigue quien lo hace es llenarse de confusión, de conceptos ambiguos, inverificables, irracionales. Tiene que aceptar un universo infinito, con trillones de galaxias moviéndose y separándose unas de otras casi a la velocidad de la luz, un universo muerto en el que, perdido en alguna esquina y debido a millones de felices casualidades, existe uno que alberga vida, vida exuberante, ríos, océanos, inteligencia, consciencia… Y curiosamente este hecho no produce ninguna curiosidad en los curiosos científicos. Mas los científicos no son curiosos. Son empleados que esperan con ansiedad recibir sus sueldos a fin de mes. Los científicos son las entidades a las que menos les importa la verdad. De lo contrario, hace tiempo que habrían abandonado sus laboratorios, sus observatorios, sus centros espaciales y de investigación… que tantos billones le cuestan al contribuyente. Ya sabemos que hay más de 23 trillones de galaxias. ¿Algo más? ¿Seguiremos contándolas? ¿Seguiremos mandando ondas de radio para ver si alguien a 2000 o 3000 millones de años luz nos responde? ¿Realmente es científica la situación a la que hemos llegado?

Y es este impasse, por cierto carísimo, el que hace que la gente no se interese por la “ciencia”, pues la ciencia como tal no existe. Existe un círculo cerrado, el círculo académico, que decide, sin que nadie fuera de él pueda intervenir, lo que es verdad, lo que es, de momento, una hipótesis y lo que debemos arrojar al saco de las supersticiones. Y sin embargo, nada hay más supersticioso que la ciencia. Durante décadas se ha estado riendo de los que veían platillos volantes. Mas ahora la NASA y el propio Pentágono afirman, de forma ambigua como siempre, que quizás sí existen –puede incluso que ya estén entre nosotros.

Piensan que nadie les puede contradecir ni verificar lo contrario, mas el Corán lo hace. El Corán nos advierte de que todo lo que el Altísimo ha creado en los Cielos y en la Tierra ha sido para nosotros, para nuestro beneficio. No hay nadie más allí fuera. El Universo es un ámbito cerrado sin una sola galaxia en él. ¡Cuánto tiempo perdido! Contar ovejitas es más efectivo en caso de que la búsqueda de la verdad les quite el sueño a los científicos.

Ven a los científicos como racionalistas extraños y fríos, sin ningún indicio de espiritualidad, como personas que solo se preocupan por su propia investigación y sus subvenciones. Claro, algunos admiran lo que producen los científicos, desde las curas que encuentran para las enfermedades hasta los rovers que envían a Marte. La ciencia tiene un enorme factor «wow». Pero estas notables hazañas de la creatividad y la habilidad humanas se ven desde una distancia que nadie se ha sentido obligado a acortar.

Hay “waws” que provienen de los necios. Ningún rover está paseando por la Luna o por Marte, pero incluso si esta noticia fuese cierta ¿por qué se admira esta persona, este necio, de que la NASA, los Estados Unidos, los contribuyentes, gasten billones de dólares en descubrir lo que todos sabemos que van a descubrir –nada? Mas la pregunta aquí es por qué, con una Tierra en parte desconocida, inhabitable para el ser humano, indómita… nos lanzamos al espacio para buscar cuatro gotas de agua, a recoger piedras en las que parecen estar grabados algunos amino-ácidos. ¿Acaso no tenemos bastante agua en la Tierra? ¿No tenemos vida? Más aún –vida humana, vida inteligente. ¿Por qué ese “waw”, esta búsqueda neurótica y sin sentido? No hay búsqueda. Se trata simplemente de propaganda para que los necios exclamen “¡waw!” y acepten un universo casual, en el que, casualmente, surgió la Tierra y sus maravillas.

Daré un ejemplo de cómo llegué a darme cuenta de este problema en mi propia vida. Hace unos veinte años, hice una entrevista en vivo para una estación de radio en Brasilia, la capital de Brasil. La entrevista tuvo lugar durante la hora punta en la concurrida terminal de autobuses de la ciudad. Los andenes estaban repletos de trabajadores de las zonas rurales que venían a la ciudad a realizar todo tipo de trabajos, desde limpiar las calles hasta trabajar en fábricas y casas particulares.

Esta entrevista me hizo replantear mi comprensión de cómo acercar la ciencia al mayor número de personas. Me impactó para el resto de mi vida. Me hizo darme cuenta de que hacer que la ciencia sea relevante para un público más amplio requiere un atractivo emocional, no solo racional. Cuando la ciencia habla al corazón de las personas, tiene un impacto mucho más profundo que cualquier lista de descubrimientos y logros inteligentes. El factor “wow” de los logros es efímero. El que se pega es el que te sacude por dentro.

Discrepamos profundamente con Marcelo. Si la ciencia fuese racional, es decir comprensible, afinada con nuestras capacidades cognitivas; si sus hallazgos fuesen reales y relevantes; si la ciencia fuese un brazo más del bien y del conocimiento, la gran mayoría de los seres humanos se interesaría por ella. Mas la ciencia aplasta lo que es realmente efectivo si va en detrimento de sus intereses. Hoy sabemos que una buena parte de las enfermedades que nos asolan provienen de los fármacos que ingerimos para curarnos de las enfermedades. Sin embargo, cuando se proponen medicinas que no dañan al organismo ni producen nefastos efectos secundarios, se las tacha de no-científicas. Si los científicos buscasen la verdad de la existencia y no recibir un premio Nobel por algo que no tiene la menor relevancia, entonces hace tiempo que se habrían salido de la Academia y habrían admitido que esta portentosa creación ha sido originada y diseñada por el Altísimo. Y entonces la dicotomía ciencia-Dios se desvanecería por sí misma.

Las imágenes del caos celestial se destacan en muchos textos religiosos. Recordemos muchos casos en los que las estrellas, o el fuego y el azufre, caen del cielo en la Biblia. Sodoma y Gomorra en el Antiguo Testamento, y el Apocalipsis de Juan en el Nuevo, son solo un par de ejemplos.

El partidismo y la ignorancia no son, o no deberían ser, características de los científicos. Hay textos en la Biblia que permanecen intactos del tiempo en el que fueron revelados, pero la mayoría han sufrido numerosas interpolaciones, tachones, falsificaciones y terribles omisiones… amputaciones que impiden que la Biblia sea una referencia. Estos científicos, partidistas e ignorantes, omiten el Corán –hay en este libro algo más de 3000 aleyas que hablan de la creación de los Cielos y de la Tierra; omiten la información contenida en los Rig Vedas o en el propio Popol Vuh de los mayas y en muchas otras tradiciones en cuyos mitos se transporta la estructura básica de la realidad.

Recordemos también cómo los celtas creían que los cielos caerían sobre sus cabezas para marcar el final de un ciclo de tiempo. Las señales del caos celestial obviamente daban mucho miedo y con frecuencia se interpretaban como mensajes de muerte inminente. A fines del siglo XVII, científicos como Edmund Halley e Isaac Newton usaron su ciencia para tratar de dar sentido a tales eventos.

Pero no lo consiguieron, ellos menos que nadie, pues se servían de manuscritos árabes, robados de escuelas y bibliotecas de al-Ándalus, sin olvidar los robos cometidos por los cruzados en Oriente Medio. Sin embargo, buena parte de esta ciencia seguía encriptada para estos oportunistas “científicos”. Ni siquiera sabemos por qué cae el agua de las nubes ni sabemos por qué no cae cuando las condiciones son teóricamente óptimas para ello. Y hablando de miedo y de supersticiones y de manipulaciones –ahí está la pandemia, el Covid-19, la guerra de Ucrania… para entender cómo se fabrica “la realidad”.

Hace 65 millones de años, como ya comenté en más de una publicación, la colisión de un asteroide de 9 km de ancho en la península de Yucatán en México desencadenó la extinción de los dinosaurios. Me propuse explicar cómo ese evento cambió la historia de la vida en la Tierra, liberando a los pequeños mamíferos de la presión de los depredadores y restableciendo el impulso evolutivo del planeta, una larga historia que finalmente incorporó a los humanos al juego hace unos 200 000 años. Mi idea era que no se necesitaba intervención divina para explicar estos episodios en nuestra historia planetaria. Los procesos son naturales, no sobrenaturales.

Parece que Marcelo estaba allí cuando ocurrió tal evento, pues ¿cómo conoce el tamaño del asteroide si no ha quedado ninguna huella de él? ¿Qué relación puede haber entre el impacto de este meteorito y la extinción selectiva de los dinosaurios –por cierto, la mayoría de ellos herbívoros, según los que han fabricado esta fabulosa mentira? Cayeron dos bombas atómicas, una en Hiroshima otra en Nagasaki, desprendiendo grandes cantidades de radioactividad, pero 20 años más tarde la vida continuaba en todo Japón –una isla, un pequeño territorio en el que nada cambió de forma substancial. Esta estúpida fabricación saúrica forma parte de la estúpida visión científica de la existencia, y es esta visión la que separa al hombre común, provisto de lógica y racionalidad, de la ciencia. Y ¿qué decir de la paleontología y de la parte de la historia que estudia los orígenes del ser humano? Ahí están esas tribus africanas realizando fabulosos viajes que les llevarán hasta China o grupos de indios llegando hasta Bering, cruzando Alaska y estableciéndose en Canadá y Estados Unidos. ¿Puede alguien con un mínimo de sentido común interesarse por la ciencia?

Antes de asumir sus teorías ya nos están diciendo que nuevos hallazgos podrían poner patas arriba las leyes de la física y del origen del Universo. Podríamos definir la ciencia como la historia de un constante error, de una constante rectificación, impidiendo que se tomen en serio teorías mucho más coherentes.

Fue entonces cuando un hombre pequeño con ropa rasgada y manchas de grasa en la cara alzó su mano y preguntó: «¿Entonces el doctor quiere quitarnos incluso a Dios?»

Me quedé helado. La desesperación en la voz de ese hombre era evidente. Se sintió traicionado, como si se abriese la tierra bajo sus pies. Su fe fue lo único a lo que se aferraba, lo único que le daba la fuerza para volver a esa estación de autobuses todos los días para trabajar por un salario humillantemente bajo. Si sacara a Dios de su mundo y ofreciera en su lugar la argumentación racional de la ciencia, con su metodología de validación empírica, ¿qué significaría eso para él? ¿Cómo le ayudaría a seguir adelante con su vida? ¿Cómo podría la ciencia enseñarle a enfrentarse a la vida en un mundo sin la magia y el consuelo de las creencias sobrenaturales?

Insultar y menospreciar las creencias religiosas no parece que sea la mejor forma de casar a la ciencia con Dios. Primero, niega que haya una contradicción en esa dicotomía, pero finalmente concluye que las creencias religiosas no son, sino magia y consuelo para la gente que tiene la cara manchada de grasa. Entonces, hay que cambiar esa dicotomía y decir que el conocimiento y la sabiduría, no solo no nos enfrentan a Dios, sino que ambas emanan de Él. En cambio, la ciencia, la falsedad, el materialismo que encierra, el resentimiento que la promueve, siempre estará enfrentada a Dios. Mas ¿cómo es posible que Marcelo hable de consuelo? No es el hombre religioso el que necesita alivio en su vida, pues ésta se mantiene en un perfecto equilibrio y en un asombroso afinamiento con todo lo que le rodea, con la muerte y con la vida después de la muerte. Nada es un escándalo cognitivo, nada es absurdo. Mas quien piensa, los científicos, que este Universo y la vida son fenómenos casuales y que ésta acaba en la muerte, son estos los que necesitan del consuelo para soportar el absurdo de una vida sin sentido –toda esta inteligencia, toda esta portentosa organización existencial… para al final escribir libros sobre el fin del mundo y poder con su venta llenar un plato de habichuelas. Eres tú quien necesita alivio y consuelo.

Entonces me di cuenta de lo lejos que estamos los científicos de las necesidades de la mayoría de las personas; cuán lejos está nuestro discurso de aquellos que aún no buscan respuestas en la ciencia, como lo hace la mayoría de ustedes que leen este artículo.

La ciencia está lejos de las necesidades de la gente común porque está lejos de la realidad. El Webster define “académico” como algo sin valor intrínseco, alejado de la realidad. El Corán nos advierte que las elucubraciones no tienen ningún valor frente a la verdad, y eso es lo que es la ciencia –un cúmulo de elucubraciones que de repente aparecen en los libros de texto como la verdad absoluta.

Me di cuenta de que para llegar a un público más amplio, para llevar las maravillas de la ciencia a una porción mucho más grande de la población, debemos comenzar desde la edad más temprana con una educación científica sobresaliente, llena de maravillas y descubrimientos.

La ciencia, al menos que uno recuerde, no ha producido ninguna maravilla, sino artefactos metálicos que burdamente intentan asemejarse a los que produce la naturaleza. Llevar el asombro a los niños, pues, significa mostrarles el mundo natural que les rodea, pero aquí el científico se va a encontrar con un grave problema, pues tras el asombro, viene la inevitable pregunta: ¿Quién ha creado el agua? ¿Quién la ha diseñado? ¿Cómo es posible que el hombre, con su inteligencia, no pueda producir una sola gota de agua? ¿Qué dirá este científico? ¿Qué responderá a estas lógicas, coherentes y racionales preguntas? Dirá que las cosas son como son y que sigamos caminando por este frondoso bosque.

Debemos inspirar un sentido de asombro sobre el mundo natural, mostrando cómo nuestra ciencia ilumina nuestra búsqueda de significado.

¿Quién ha dicho a Marcelo que necesitemos buscar significados a la existencia? Si retiramos “el factor Creador”, nos meteremos en una búsqueda interminable, pues nada, sin él, tiene realmente sentido. Y es sumamente estresante pasarse la vida encubriendo evidencia tras evidencia. Basta con observar un mosquito para entender que hay un diseño y que nada en el Universo, el hombre incluido, puede diseñar algo así. Nos recuerda el Corán que el hombre no puede crear ni siquiera un mosquito –el hombre, la criatura más inteligente del Universo, no puede crear un mosquito, no puede crear una célula, no puede entender cómo funciona el hígado.

Debemos enseñar que la ciencia tiene una dimensión espiritual, no en el sentido de sobrenaturalismo, sino en la forma en que nos conecta con algo más grande que nosotros.

La ambigüedad y la estupidez cabalgan de nuevo. La ciencia no puede tener nada de espiritual, pues niega todo que no sea materia, y la energía es materia y las ondas son materia. ¿Qué es eso “más grande que nosotros” a lo que nos conecta la ciencia? ¿Qué puede haber más grande que el hombre? Y si lo hay, ¿por qué no lo nombra? Y si no lo hay, ¿por qué lo menciona? Y si lo hay, pero no lo conoce, entonces tendrá que preguntar a los creyentes.

El puente es nuestra necesidad de conectarnos con el misterio de quienes somos.

Si no sabemos quiénes somos, ¿en base a qué nos ponemos a investigar lo que es exterior a nosotros mismos? Primero, tengo que saber qué es un microscopio, cómo funciona, para qué está fabricado, con qué objetivo… para después utilizarlo de forma adecuada y sacar de él el máximo rendimiento. Éste es el problema de Gleiser y de sus colegas –que no saben quiénes son, y a veces se imaginan que son científicos y que su madre era una cucaracha que tuvo relaciones con Frank Kafka, o algo así.

También me di cuenta de lo completamente inútil que era pararme allí y proclamar con orgullo cuánto habían descubierto los científicos sobre el mundo.

Si los científicos hubieran descubierto algo sobre el mundo que no sabíamos, por ejemplo, cómo funciona el lenguaje, entonces sí que podríamos proclamar con orgullo el valor de la ciencia, pero hasta ahora ninguno de estos científicos ha superado a Perogrullo que a la mano cerrada le llamaba “puño”. Eso ya lo sabíamos. ¿Quién enseñó a los hombres a extraer los metales de las montañas o del subsuelo? ¿Tenía el hombre este concepto?

Vi lo inútiles que son esas afirmaciones para alguien cuya fe es la principal herramienta para hacer frente a los desafíos de la vida.

No, la fe no es una herramienta para hacer frente a la vida. La fe viene de la comprensión y nos lleva a la comprensión. Ningún actor se sentiría angustiado porque en una película en la que está actuando, el juez, otro actor, le condenase a cadena perpetua, pues tras la filmación se encontraría libre, y probablemente recibiera una buena suma de dinero por su excelente interpretación. Mas este hombre con la cara manchada de grasa entiende que esta vida es efímera, transitoria y que la verdadera vida, la que perdura y no se acaba, viene después y, por lo tanto, no le angustia el papel que le ha tocado representar en este mundo –algo que Marcelo no entiende.

¿Por qué debería creerme ese hombre cuando digo que el Universo tiene 13.800 millones de años?

La pregunta es –¿por qué te lo crees tú? ¿Me quieres decir que tienes una exhaustiva evidencia de tal hecho? Más aún, supongamos que este hombre acepta tu propuesta e incluso está convencido de que ésa es la edad del Universo. ¿Cambiaría en algo su vida? ¿Su percepción existencial? ¿Ha cambiado en algo tu vida desde que lo sabes? ¿Es ese dato una de las maravillas de la ciencia? Un dato aleatorio que os lo habéis sacado de la manga, de esa manga fraudulenta.

Desde su perspectiva, eran mis palabras contra la Biblia.

Y ¿por qué iba a creer en tus palabras, en las palabras de un hombre que no sabe quién es, y las iba preferir a las de la Biblia?

Le respondí al hombre, con voz temblorosa, que la ciencia no quiere quitarle a Dios a la gente, aunque algunos científicos sí lo hagan. Le dije que la ciencia explica cómo funciona el mundo…

El cretinismo vuelve a dominar el discurso de Gleiser. Si la ciencia elimina la idea de que este Universo haya sido creado por un agente externo a él, por un Creador, entonces ¿cómo un hombre puede mantener su creencia en este Creador y al mismo tiempo aceptar los prolegómenos de la ciencia?

…revelando las maravillas del Universo, grandes y pequeñas, para que todos las compartan y aprecien.

No necesitamos de la ciencia para asombrarnos de las maravillas del Universo. Es, precisamente, la ciencia la que las encubre y contradice nuestra experiencia cotidiana.

Continué explicándole que la investigación científica es una empresa apasionante, que nos acerca a la Naturaleza, a los misterios a los que todavía nos enfrentamos mientras tratamos de comprender más el Universo y nuestro lugar en él.

Gleiser alucina llegado a este punto de su artículo. ¿Qué misterios son esos? No saber cómo funciona el procesador de un ordenador no significa que eso sea un misterio. En todas las cosas hay un sistema operativo y un sistema funcional. El sistema operativo no nos atañe, pues nadie se compra un ordenador y realiza cursillos de diseño gráfico para abrir la carcasa de este aparato y tratar de entender por qué al apretar una tecla, aparece una letra en la pantalla. Ese no es nuestro asunto. El Universo es un mecanismo extremadamente complicado desde el punto de vista del sistema operativo, pero relativamente fácil de comprender y de servirse de él desde el punto de vista del sistema funcional.

Salí de la entrevista y fui a dar un largo paseo alrededor de un lago. Pensé en Einstein y en su creencia de que la empresa científica es la única religión verdadera. Lo dijo de una manera profundamente espiritual, viendo la ciencia como un acto de devoción.

Le recomendamos a Gleiser que lea la carta que Einstein le envió al presidente de Estados Unidos F.Roosevelt, explicándole las enormes ventajas, todas ellas espirituales, de lanzar una bomba atómica sobre un puerto –que quedaría totalmente destruido y aniquiladas todas las personas que hubiera allí. ¿Por qué no le escribió una carta instándole a sentarse con las autoridades japonesas para tratar de crear un nuevo orden mundial basado en la hermandad, el bien y la justicia?

Los científicos deben comprometerse con el misterio de la existencia, inspirados por un profundo sentido de asombro y llenos de humildad. Si la ciencia se ve de esta manera, muchos más estarán listos para abrazarla como una de las más altas expresiones del espíritu humano.

Eso no sería la mayor expresión del espíritu humano desde el punto de vista religioso. Sería el triunfo del chamanismo sobre el sistema profético, el triunfo del materialismo sobre la vida del Más Allá.

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