Se fueron a Sevilla y perdieron sus casillas

Un día los judíos cayeron en la cuenta de que había en el mundo millones y millones de mujeres –mujeres maravillosas, bellísimas; mujeres esbeltas, gordas, flacas; mujeres para todos los gustos y deseos. Después, cayeron en otra cuenta: “¡Dónde, demonios, están todas esas mujeres!” No están, no estaban. Ni una sola de ellas deambulando por las calles o despachando en los comercios o sentadas en los transportes públicos. No había mujeres trabajando en las grandes empresas, en las fábricas, en los bancos. ¡Dónde, demonios, se habían metido!

Habría que sacarlas de sus escondrijos echando algún tipo de veneno, como se hace con las cucarachas o con las ratas. Mas en este caso se prefirió organizar la revolución feminista, dirigida por judías y alentada por judíos. Comienza este movimiento en el periodo de la Ilustración con la activista francesa Marie Gouze, para poco después trasladarse esta ideología al Reino Unido y a Estados Unidos. En este último país se instaura el feminismo definitivamente con la “Declaración de Seneca Falls” (julio de 1848), también conocida como la Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Seneca Falls, firmada por sesenta y ocho mujeres y treinta y dos hombres​ de diversos movimientos políticos –no deja de ser altamente significativo que en ese mismo año se publicase el “Manifiesto comunista” del judío alemán Karl Marx. La rúbrica final irá a cargo de las judías Ayn Rand y Simone de Beauvoir.

Mas todos estos datos no son, sino anécdotas con las que nos hace pasar un buen rato la historia. Lo que esta zorra no advierte es que detrás de esos datos, de esas anécdotas, hay una realidad subliminar, pero actuante, influyente, en una palabra –decisiva. La revolución feminista será ese veneno que hará salir a las mujeres de sus casas, de sus hogares familiares y conyugales, para entregarse a la orgía callejera. Poco a poco las veremos pasear por los bulevares de moda, ir de compras, trabajar en todo tipo de establecimientos, dar créditos, desahuciar por impago de las cuotas hipotecarias… Las veremos entre los mandos militares y policiales; las veremos calentando sus bonitos traseros en sillas ministeriales o, incluso. presidenciales.

Se podría pensar que las mujeres habían tomado la delantera a los hombres y que la revolución feminista había tenido por objeto devolver la libertad y la igualdad a las oprimidas mujeres–un objetivo logrado. Esa había sido hasta ahora la zanahoria que les había hecho sacrificar su vida anterior en pos de la justicia social. Obviamente, se equivocaban al pensar de esta forma. La mujer está siendo la mayor víctima de la historia, una víctima que ha subido ella sola los peldaños del patíbulo. No había allí ningún verdugo. Ella misma se ha puesto la soga al cuello y ha empujado hacia atrás el banquillo en el que se mantenía erguida.

El sueño judío se había hecho realidad. Todos esos millones de mujeres estaban ahora disponibles para ser seducidas, agredidas, violadas, esclavizadas o asesinadas. El hombre ya no tenía que esforzarse para mantener a su familia. Ahora, la mujer traía a casa un segundo salario, no sin antes limpiarla, hacer la compra, cocinar, hacer la colada y satisfacer el deseo sexual de su marido –una puta que, en vez de cobrar, pagaba a su cliente.

Podríamos, entonces, preguntarnos: ¿Ha servido de algo este sacrificio feminista, esta revolución?  El engaño continúa. Ellas mismas, en cuanto que parlamentarias, participan en la elaboración de leyes que, como si se tratase de un espejismo, parecen proteger a la mujer, a sus derechos, a sus vindicaciones… pero cada día hay más violaciones, más asesinatos, más violencia conyugal, más agresiones sexuales en los lugares de trabajo, en el ejército, en la policía. Cada vez la mujer es más ese oscuro objeto del deseo, ahora expuesto a la luz del día.

Las mujeres-ministro, las mujeres-presidente, las mujeres-directoras de bancos y organizaciones internacionales de esto y aquello… probablemente piensen que ejercen un gran poder en la economía, la política y la vida social. Mas el poder real sigue estando en manos de los hombres. En las reuniones del “deep state” no se sienta ninguna mujer. Son culitos que divierten y hacen felices a los hombres. Y ellas, en el fondo, se sienten satisfechas cambiando de vestido cada día, comprándose ropa interior de marca… pues su único medio de seducir es con su cuerpo. Tienen que venderse cada día a los hombres de poder.

Algunas mujeres desearían poder volver a su estatus anterior, anterior a la revolución feminista; volver a ser esposas y madres, educadoras, protectoras de los valores sempiternos. Mas ese lugar al que quieren volver ya no existe. Salieron de sus casillas y ya no hay vuelta. La degradación que está viviendo el ser humano de hoy arrastrará también a la mujer perdida en un espacio que no le pertenece, que no le es propio.

La diversión de los judíos va más allá de la revolución feminista. Han adiestrado a la mujer, víctima de la misma educación que reciben los hombres, para ser lesbiana, para cambiar su género, para drogarse, para alcoholizarse… para suicidarse. Ninguna mujer es feliz –justo castigo por su imprudencia, por su falta de reflexión a la hora de tomar decisiones que han resultado ser devastadoras.

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