La hipocresía reivindica su puesto entre las virtudes

Comentó en una ocasión el Profeta Muhammad (s.a.s) a un grupo de sus compañeros: “Al final de los tiempos el hombre será hipócrita consigo mismo”. ¿Y bien? Se diría que han llegado esos tiempos, pues el hombre se engaña con extenuado fervor.

Cada día se dice, mirándose al espejo: “Otro día; y vendrán más. ¿Por qué habría de morir? La ciencia sigue avanzando. Ayer leí que ya tienen la cura para la mayoría de los cánceres. Incluso se habla de establecer bases humanas en la Luna y en Marte. ¿Qué noticia me llamó hace unos días la atención? Era algo de los agujeros negros. Parece que ya están controlados… sus emisiones de luz o la masa… no recuerdo.”

Cada día se echa a la cama haciéndose creer que su vida tiene sentido. Discute con sus amigos más pesimistas sobre el glorioso destino que aún queda por llegar. El covid19 ha supuesto, empero, un revés en sus expectativas de futuro:

“Si todos llevasen mascarilla, ya se habría extinguido el virus. Pero esos desquiciados, que no hacen, sino hablar de conspiraciones, son los que están esparciendo la infección y contagiándonos a todos. Deberían encarcelarlos o eliminarlos.”

Algunos de sus amigos, temen lo peor. Esa forma de pensar cada vez se extenderá más entre la gente hasta que los gobiernos decidan que esa es la solución –confinamiento en campos de rehabilitación y reprogramación y, si no se obtienen resultados, en campos de exterminio.

Es lo que están pidiendo los del partido demócrata en los Estados Unidos –confinar en campos de reeducación a los 75 millones que han votado a Trump. Piden reeducarlos y algunos piden pelotones de fusilamiento y el cierre de sus emisoras de radio.

¿Por qué no? Aluden a que estos votantes, casi la mitad de la población adulta de Norteamérica, tienen la misma mentalidad que los nazis alemanes de la segunda guerra mundial. Con ellos se hizo lo mismo –a unos los fusilaron y a otros los reeducaron. ¿Por qué no? ¿Acaso puede haber más de una verdad, más de un Dios, más de un poder? En pura lógica deberíamos decir que no. Ellos ya los han elegido –han elevado su más decrépito subjetivismo a la categoría de objetivismo absoluto e irrefutable. Ello quiere decir que la cada vez más agobiante mediocridad será la que gobierne el mundo.

Ahí está Pompeo y sus lecturas bíblicas diarias. Seguramente se trata de un cínico. Es la única alternativa que les queda a los hipócritas. O quizás piense Pompeo que es a él a quien la divinidad ha elegido para la presidencia en el 2024.

Y ahí está Obama recibiendo el premio nobel en un acto de suprema y global hipocresía, pues la academia sueca, Obama, la administración norteamericana y el resto del mundo sabían que era un montaje que había ido demasiado lejos. Pero Obama lo aceptó, creyendo que su mandato había reestablecido la paz en el mundo. En todo caso, si no era así, podría pagar con el dinero del premio los muebles de la mansión que se había comprado en Massachusetts por 11 millones de dólares –una merecida adquisición por haber pasado 8 largos años trabajando por la paz y el amor, mientras su abnegada esposa cultivaba en el terreno detrás de la casa (blanca) un huerto sin pesticidas ni hormonas.

Supongamos que no hubo hipocresía en lo de la paz, pero sería difícil de aceptar que justificara la ley que permitía el matrimonio entre homosexuales, como un triunfo del amor. Después de pronunciar la frase que muy probablemente ya haya pasado a la historia: “Hoy, ha vencido el amor”, Obama guardó silencio, mientras mantenía la mirada fija en algún lugar hipotético del infinito. Era como si se dijese para sus adentros: “¡Pero qué demonios estoy diciendo!” La hipocresía siempre se desnuda ante la contradicción.

Nos pasa a todos –vivimos de una forma y pensamos de otra. Les pasa a los judíos, a los cristianos y a los musulmanes. El lío es tal, que ya no sabemos en qué punto de la historia comenzó la incongruencia. Les pasa a los creyentes que han dejado de creer y esperan anhelantes que vuelva su habitual normalidad, que no es otra cosa que vacaciones en la playa, ir de copas, fornicar, un porrito, una esnifada… Y por eso han vendido su alma. Un mal negocio. Pero siempre es así. ¿Qué podemos esperar a cambio de perder el Paraíso?

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