Fumando espero…

Ya estamos en la playa. Ha sido un extraño paréntesis que parecía que no se iba a acabar nunca. Ya estamos en la playa, pero hay algo inusual, anómalo en todo lo que nos rodea. Hay un silencio que se impone, como si quisiera echarnos. Un silencio que acalla el ruido de las olas, de la brisa del mar, de los gritos… No es una vuelta a una realidad pasada, sino un arrastre que nos arroja a un paisaje lleno de cadáveres. ¿Los reviviremos? Para qué molestar a los muertos. ¿Por qué hemos venido a la playa? Es como si algo se hubiera estropeado en el proyector y se repitiera una y otra vez la misma escena.

¿Cuál podría ser una buena conversación mientras nos bronceamos? Lo mejor sería preguntarnos unos a otros ¿qué es lo que nos espera? Sabemos que los objetivos todavía no se han alcanzado. Se habla de vacunas, de pasaportes especiales para poder viajar, de sistemas de seguimiento, de programas de rastreo. Ese es su asunto. Ellos saben lo que hacen. Nuestro asunto es volver a la playa, sentirnos libres, comer pescaditos fritos. ¿A qué saben estos pescaditos? No saben a nada, son pescaditos del pasado, de un pasado tan irreal como el presente.

No parece que esta sea la conversación más edificante que podamos tener sentados frente a un mar que nos saluda amistoso; un mar que nos ha estado esperando todo este tiempo. El parlamento nos ha dado luz verde para acabar con el confinamiento. Nadie sabe por qué ahora ya podemos bañarnos en el mar, subir al autobús, comprar en cualquier supermercado. Todo parece teledirigido, pensado de antemano. Los contagios siguen, las muertes siguen, el rebrote amenaza con nuevos síntomas, más virulencia… Fase dos, fase tres… Quizás sea este lenguaje de ciencia ficción el que más nos inquieta. Si pudiéramos llamar a las cosas, a los fenómenos, con un lenguaje más cotidiano, menos amenazante… Imposible. Nuestro presente ya es ciencia ficción. Los viajes a Marte están en el desayuno. Las calles nos vigilan con sus cámaras a la vista y con otras escondidas, disimuladas, para que hagamos nuestra vida como si no pasará nada.

Un baño más y a comer pescaditos fritos. La gente sólo habla de conspiraciones. Tiene teorías para todo –contra las vacunas, contra la ciencia, contra el big bang, contra la evolución… Todo está bajo control de la gente buena. Pelosi se arrodilló y se mantuvo en esta posición durante 8 minutos en solidaridad con los negros, con BLM, con la invasión de Siria, con un ataque masivo a los Talibán. Es una mujer alegre, billonaria, con 80 años a las espaldas y que todavía aspira a que su partido gane las próximas elecciones a la presidencia de los Estados Unidos. No se da por muerta. Tampoco los Estados Unidos ni el coronavirus –habrá confinamiento cuando volvamos de la playa. Esta vez no habrá piedad –atacará a los niños, a los jóvenes… Estará en el agua, en el pescado, en el cerdo junto a la triquinosis. Habrá que tomar medidas más severas.

Quizás sea la última vez que pisamos una playa…

Quizás sea la última vez que pisamos una playa, que comemos pescaditos fritos, que miramos absortos la regularidad de los movimientos marinos. Cuando volvamos a casa, nos encontraremos con un mundo nuevo. Un mundo sin playa, sin realidad –todo virtual. Escucharemos el mismo silencio que escuchamos en la playa –la misma virtualidad. Policías, soldados, tanquetas… Todo para proteger nuestras vidas. En este caso, no hay eutanasia que podamos esgrimir como cuartada para romper el aislamiento. Nadie debe morir voluntariamente. Debemos mantenernos firmes y confirmar las estadísticas.

¿Es posible que Pelosi ame a los negros, sienta simpatía por ellos? Se ha arrodillado, en un suelo de mármol, pero llevaba esa bufanda, la misma que llevaban los negreros. Un símbolo, un gesto, una mentira. Pelosi es feliz en su cocina, con su enorme frigorífico en el que hay de todo. Un frigorífico con el que se podría comprar alguna que otra casa para sus amigos los negros, aunque ella prefiere que se la compren ellos con el sudor de la frente. Esto lo ha aprendido de la Biblia –su libro preferido, como el de Pompeo. Todos son muy religiosos en los Estados Unidos. También Trump –habla a menudo con dios en privado. Este entremés no puede durar mucho más. El que venga, cuando covid se quede exhausto, será peor. No habrá playa, pero quizás haya soma –un delicioso viaje a los hornos crematorios.

sondas.blog, 1 de julio de 2020.

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