El igualitarismo, la ideología de los mediocres

Se habla constantemente de desigualdad en la base misma de las sociedades cuando el verdadero problema social es la igualdad. No nos referimos aquí, sin embargo, a la igualdad como la que pudiera exigirse que hubiera entre blancos y negros, ya que en este caso se trata de una lucha en la que los negros deben conquistar, por la fuerza, no tanto la igualdad como el respeto. Malcolm X declaraba en uno de sus discursos públicos: “Yo no soy norteamericano ni esa es mi bandera”. Hoy hay muchos famosos, sobre todo en el deporte, que se mantienen en cuclillas o no se levantan si están sentados cuando suena el himno nacional de los Estados Unidos –posiblemente, la actitud que más humilla a los blancos anglosajones, pues esos famosos se han convertido, no solo en ciudadanos norteamericanos de pleno derecho, sino que además son los héroes de sus hijos.

Tampoco hacemos referencia aquí a una igualdad que protegiera a las personas de menos de un metro sesenta de altura para que pudieran registrarse en los establecimientos hoteleros, o permitiera a las que pesaran más de 90 kilos entrar en cualquier sala de cine. En primer lugar, porque estas características que acabamos de mencionar nada tienen que ver con el uso propio de esos espacios; En segundo lugar, porque este tipo de normas solo podrían darse en sociedades con un alto y generalizado grado de psicopatía.

De lo que nosotros hablamos aquí es de la igualdad anti natura, una igualdad que pone en peligro la estructura misma de la sociedad y la propia coherencia psicológica de los individuos.

Cuando igualamos a la mujer con el hombre, estamos dislocando la armonía de los contrarios, estamos anulando sus especificaciones y esterilizando su fecundidad. Hay una enfermiza satisfacción en luchar por ser lo contrario de lo que somos. En la mayoría de los casos se trata de una posesión mediática, propagandística, que estimula la rebeldía como un medio de negar una realidad evidente. La mujer feminista odia al hombre, odia a esa entidad con la que quiere igualarse. Sin embargo, las características propias del hombre no pueden ser adquiridas por la mujer sin destruir las que le son propias –de esta forma, se convierte en un maniquí, en una carcasa sin vida interior, siempre insatisfecha, siempre en oposición a la entidad que le complementa.

La misma incongruencia la encontramos en el intento de igualar al niño con el adulto, al alumno con el profesor, al sabio con el ignorante. La misma dislocación, la misma devastadora rebeldía que está sumiendo a nuestras sociedades en un angustioso laberinto. La igualdad va siempre asociada a la mediocridad, cuya principal anomalía es la envidia. El mediocre envidia al fuerte, al que tiene determinación, coraje y es capaz de sacrificarse por llevar a buen puerto un proyecto provechoso.

Sin embargo, hay un aspecto de la igualdad en el que de forma más evidente se muestra su incoherencia y denuncia la incapacidad intelectual y creativa de quienes la promueven. Nos estamos refiriendo a los sistemas educativos que hoy prevalecen en todas las sociedades.

El principio mismo de estos sistemas es la inquietante conclusión de que todos deben estudiar lo mismo al mismo tiempo y durante el mismo número de años. El igualitarismo del que se hace alarde aquí tiende a una robotización del individuo en la que únicamente se tiene en cuenta los factores de esta simple fórmula –ser humano-niño-misma edad.

La primera secuela que se produce en los alumnos como resultado de esta igualitaria imposición educativa es una inevitable frustración –la mayoría de ellos no puede seguir de forma razonable los programas a los que son sometidos. Hay muchas razones para ello –materias que están fuera de sus intereses naturales y lógicos; velocidad en la que son presentadas; desconexión entre ellas e imposibilidad, debido al número de alumnos por clase, de comprobar, uno a uno, la asimilación que están llevando a cabo.

La frustración también alcanza al profesorado, quien ve la dificultad, insalvable, de enseñar a un colectivo que, al poco de empezar, ya se ha divido en numerosos grupos según su grado de comprensión, absorción y retención.

Esta diversidad de niveles en una misma clase, esta frustración diaria, hace que los alumnos se rebelen contra el sistema que les acusa de incapaces, y muestren una actitud violenta, que generará, a su vez, una falta absoluta de disciplina y armonía en el aula –toda su energía la empleará el profesor en lograr salir con vida de aquella situación. A este alarmante estado de cosas hay que añadir que la igualdad juega en contra del profesorado, quien se ve impedido de ejercer cualquier tipo de agresividad para hacer valer sus derechos.

También la universidad es un factor de frustración. No lograr ingresar en esta sacrosanta institución significa, en última instancia, haber fracasado en la vida, formar parte del grupo de perdedores. En este sentido, es interesante la película Accepted, de Steve Pink, estrenada en 2006, donde se muestra la tragedia de unos jóvenes que no han sido admitidos en ninguna universidad, ni siquiera en las estatales.

la igualdad educativa produce un efecto aún más devastador que los anteriores que hemos mencionado, ya que genera una continua depreciación del nivel de enseñanza universitaria. Si todos, con capacidad o sin ella, tienen que ingresar en esta anhelada institución para mostrar el grado de igualdad y democracia que imperan en una sociedad dada, habrá que rebajar el nivel científico hasta que los más mediocres puedan, al fin, graduarse, volviendo, así, a la altura del bachillerato.

Tenemos la experiencia de una madrasa (escuela) para niños en Estambul en la que había 8 alumnos y 9 profesores –no faltaba ni sobraba uno solo de ellos. Se daban clases de árabe, de turco osmanlí, de Corán, de caligrafía, de agricultura, de geografía y de ahadiz [transmisiones del Profeta Muhammad (s.a.s)]. Había partes del día en el que se ejercitaba a los alumnos con gimnasias bien elegidas en las que estaba incluido el tiro con arco, la escalada y una iniciación a la acrobacia. También se contaba con tres momentos en los que se transmitían, a través de charlas, los valores propios del ser humano. Se terminaba el día con una pequeña representación teatral que ellos mismos preparaban. Todavía recuerdan aquella experiencia como los mejores años de su vida.

No hay igualdad entre los individuos ni entre ningún elemento de la naturaleza –mucho menos en la educación, que siempre es elitista. Quien desee esta educación para sus hijos deberá sacarlos de las rutas oficiales, de las rutas igualitarias, y crear, con otras familias, su propia madrasa, su propia escuela, ya que no se trata de producir ingenieros o abogados, sino hombres, hombres capaces de elegir.

Comentarios

One comment on “El igualitarismo, la ideología de los mediocres”
  1. Esto no gusta a feministas y feministos.

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